La casa respiraba como un animal herido.
Madrugada cerrada, lámparas en penumbra, vasos con marcas de labios sobre la mesa, olor a pólvora vieja, a vino agrio y a polvo húmedo que se desprendía de los marcos viejos.
Valentín caminaba con el celular en la mano sin marcar a nadie; Isabela miraba por la rendija de la cortina como si afuera hubiera mares; Michelangelo desarmaba y armaba su pistola por pura costumbre.
El reloj del pasillo insistía en un tic-tac insolente, impune, que hacía más lenta