El volante temblaba en las manos, transmitiendo cada bache como un latido frenético.
El olor a caucho quemado se mezclaba con el rugido animal de los motores, mientras los reflejos rojos y azules de las sirenas pintaban las ventanas y los rostros como si la ciudad entera fuera un carrusel enloquecido de luces y ruido.
Dos autos, dos rutas.
Valentín y Alma tomaron un sedán robado con los cables a la vista.
Enzo e Isabela se treparon a una camioneta con las puertas abolladas.
Patrick, arriba, era