El día siguiente amaneció con una luz limpia que parecía prometer cosas sencillas, sin embargo, a Alma la luz le pesó como una verdad que aún no sabía si podía sostener, porque cuando la mujer del traje marfil volvió con las primeras pruebas del vestido, el corazón le trotaba más rápido que los alfileres, y aunque la seda caía obediente y la espalda en lágrima dibujaba una línea de promesa, la cabeza le hablaba con voces que no siempre eran suyas.
—Respire —pidió la modista con suavidad, ajusta