La luz tenue del amanecer se filtraba por las ventanillas del jet privado, tiñendo de dorado el interior del avión.
El murmullo constante de los motores era casi hipnótico.
Valentín dormía profundamente, con la cabeza apoyada sobre el pecho de Alma.
Ella, sin moverse, pasaba suavemente los dedos por su barba incipiente, sintiendo el vaivén del vuelo y la calidez del cuerpo ajeno.
Tenía el rostro sereno, como un niño que por fin había encontrado un momento de paz.
Alma lo observó en silencio, y