Mundo ficciónIniciar sesión"Eu não tenho um namorado... Porque eu tenho um marido." Para Isabella, essa deveria ser a frase que encerraria qualquer investida. Mas para Oscar, um empresário charmoso com um olhar que promete o mundo, foi apenas o começo do desafio. Presa em um casamento em ruínas com Pedro, um homem que se tornou um estranho frio e distante, Isabella está prestes a desistir do amor. No entanto, um encontro inesperado a coloca na mira de Oscar, que não aceita um "não" como resposta e está determinado a provar que ela merece mais. Enquanto Pedro se afunda em seus próprios erros, Oscar lança uma ofensiva de sedução, prometendo não apenas um novo romance, mas um novo começo. Poderá Isabella resistir a um homem que a deseja a ponto de roubá-la de sua antiga vida? E o que acontece quando o marido que a dispensou decide que não está pronto para abrir mão do que era seu?
Leer másPOV ANDREW THORNE
El reloj marcaba las 5:00 p.m., pero la oficina, con sus paredes de cristal y vistas a Manhattan, ya estaba sumida en una oscuridad artificial. Yo estaba metido hasta el cuello en proyecciones trimestrales. La frustración era un nudo caliente en mi pecho, y no era por el balance de la empresa. Era por el maldito teléfono vibrando sin parar sobre el escritorio. Alison. —¿Ya saliste, cariño? —Decía su voz en el décimo mensaje de voz—. Date prisa. Quiero llegar a los Hamptons antes de que anochezca. Ella no pedía, exigía. Y yo, Andrew Thorne, el heredero de todo esto, el hombre que le decía a la gente qué hacer, me apresuraba a complacer a una mujer. Me puse la chaqueta de seda sin abrochar y agarré las llaves del Bentley, dejando un desastre de papeles y una junta de directores a medias. “Un fin de semana perfecto,” pensé, con una ironía amarga. Solo éramos perfectos si yo le daba lo que quería. Salí del rascacielos y me lancé al tráfico denso, haciendo rugir el motor. La velocidad era mi única forma de sacar la rabia contenida. El coche era una extensión de mi voluntad, abriéndose paso entre los lentos y los precavidos. El cielo se había vuelto de un gris plomizo, a juego con mi humor. Alison quería llegar rápido, así que conducía como un loco. A cien millas por hora, la tensión era adictiva. En ese momento, el teléfono vibró de nuevo, no un mensaje, sino una llamada entrante. Su foto, su rostro perfecto y ligeramente irritado, parpadeó en el display. No pude ignorarlo. No si quería tener paz el resto del viaje. —¿Qué quieres, Alison? Estoy conduciendo. —¡Por fin! ¡Andrew, el chófer de mis padres dice que la carretera está libre si tomas la 93 Oeste! ¿Me escuchas? ¡Gira en el próximo cruce! Me llevé el teléfono al oído, forzando la atención en su voz estridente en lugar de la carretera. —Estoy en la Quinta Avenida, Alison. La 93 Oeste está a la… —¡Gira ya, Andrew! ¡No seas lento! ¡Te estoy dando un atajo! Su voz, empujándome, el ligero reproche por mi supuesta incompetencia. Hice lo que me dijo. Dejé de mirar el flujo del tráfico que se acercaba. Dejé de concentrarme en las señales. Mi única meta era acallar esa voz. El cruce. La luz del semáforo. La vi en amarillo, casi rojo, pero no me detuve. Estaba a medio camino cuando la voz de Alison se hizo un eco lejano, como si la hubieran ahogado en agua. Lo último que vi fue un muro de metal oxidado y rojo. Un camión, con el conductor probablemente haciendo su trabajo con más diligencia que yo, que me crucé. El conductor no tuvo tiempo de frenar. El impacto no fue solo un sonido; fue una explosión sorda que me arrancó el aliento. Fue el crujir de metal retorciéndose alrededor de mi cuerpo. Fue el estallido del airbag, el olor a quemado y la sensación más horrible de todas: el silencio. Un silencio absoluto, interrumpido solo por el débil goteo de la gasolina. Mi cuerpo era un amasijo de dolor. Intenté mover las piernas, sacarlas de entre los restos del motor, pero no sentí nada. Solo un frío y paralizante vacío desde la cintura hacia abajo. —Alis… —Intenté articular, pero solo salió un gemido ronco. El teléfono había volado. Su voz ya no estaba. La oscuridad se apoderó de mí, y el último pensamiento consciente fue: “El precio de la prisa. La idiotez de querer complacer.” El despertar fue una tortura. No el dolor sordo y generalizado que esperaba de un accidente, sino una confusión punzante. Luces blancas, pitos agudos, el olor a antiséptico. Estaba entubado, con el cuerpo inmovilizado. Tardé dos días en poder hilar una frase coherente. —¿Qué pasó? —Le pregunté a mi padre, cuya cara estaba cubierta por una sombra de preocupación y culpa que no me creí. —Un accidente grave, hijo. Gracias a Dios que estás vivo. El coche… pérdida total. Intenté mover los dedos de los pies. Una leve tensión en el músculo de la pantorrilla. Bien. Intenté mover toda la pierna. Nada. Volví a intentarlo. Con todas mis fuerzas. La frustración crecía, volviéndose histeria. Un par de horas después, el Dr. Evans entró, un hombre de rostro serio y barba impecable. Se sentó a mi lado y me habló con la voz pausada que usan para dar malas noticias. —Andrew, el camión impactó directamente tu lado. Tuviste múltiples fracturas, pero lo más grave fue la columna vertebral. La vértebra T12. Su voz era un murmullo distante, aunque el mundo entero se había silenciado. Solo escuchaba un zumbido. —¿Y qué significa eso, doctor? Dígamelo claro. Evans suspiró, apretando el clipboard. —La médula espinal está dañada. Es una lesión completa. Andrew… no vas a volver a caminar. La noticia no fue un golpe, fue una puñalada helada y lenta. No grité. No lloré. Me quedé absolutamente quieto. Me volví una estatua de hielo. Mi vida entera, mi juventud, mi cuerpo, mi futuro, se había reducido a dos palabras: lesión completa. Mi primer instinto fue buscar a Alison. Quería ver su rostro, quería su consuelo. Quería que asumiera su parte de la culpa por haberme apurado. Una semana después, aún en el hospital, ella apareció. No para abrazarme, sino para cortar por lo sano. —Esto es demasiado, Andrew. No puedo contigo. Necesito a alguien que me lleve de viaje, que baile conmigo. No puedo cargar con esto. Lo siento. No, no lo sentía. No había una pizca de remordimiento en sus ojos. Y la bofetada final: antes de que me dieran el alta, la vi en las revistas del hospital. Alison y Gael, mi primo, saliendo de un restaurante. Él la besaba con una familiaridad asquerosa. Ese día, la ira tomó el lugar de mi dolor. La lástima se convirtió en veneno. Si no podía caminar, al menos podía hacer que el mundo que me había traicionado pagara. Y a eso me dediqué los siguientes meses: a ser el ogro, el inválido amargado que aterrorizaba a su personal. El que se preparaba para hacer pagar a la mujer que le dijo que lo amaba y al final lo había abandonado.(Oscar) Um ano desde que a vi caminhar em minha direção, em um vestido que parecia feito de luz do sol, na vinícola de sua família. Um ano desde que prometi, diante de todos que amamos, dedicar minha vida a ela e ao nosso filho. E, esta noite, olhando para a casa que ela projetou, sinto que a promessa se renova a cada pôr do sol. A casa no topo da colina era mais do que uma estrutura de vidro, madeira e pedra, era o nosso lar. Projetada por Isabella, cada linha, cada janela panorâmica, cada ambiente era um reflexo da nossa história. Da ampla sala de estar, a vista do pôr do sol era espetacular, pintando o céu com os mesmos tons de laranja e coral das flores que um dia lhe dei, uma lembrança poética do início de tudo, que me faz sorrir sempre que a vejo. Observo Isabella, agora, concentrada em um esboço, e meu peito se enche de um orgulho que mal consigo conter. A carreira dela decolou. Seu escritório, agora com uma pequena e dedicada equipe, é um dos mais requisitados da cidade.
(Isabella) Três meses. Fazia três meses que eu estava me preparando para deixar de ser Isabella Andrade para me tornar Isabella Almonte, e a paz que eu sentia naquele dia ainda parecia tão vívida quanto a luz do sol que entrava pela janela do nosso quarto esta manhã. Fechei os olhos por um instante, aquele dia, nítido e perfeito. O sol do país Y derramava uma luz dourada e suave sobre os jardins da vinícola da minha família. O lugar, que guardava tantas memórias da minha infância, havia se transformado em um cenário de conto de fadas. Enquanto eu caminhava em direção ao altar, sentia o tecido do vestido que eu mesma desenhei fluir a cada passo, movendo-se como uma extensão da minha própria felicidade reencontrada. Eu não estava apenas deslumbrante; pela primeira vez em anos, eu estava em paz. Ao meu lado, Oscar me esperava. O sorriso em seu rosto não era apenas de alegria, mas de uma profunda reverência que fazia meu coração transbordar. Em seu terno de linho claro, ele parecia
A fúria que impulsionou Oscar do escritório de seu pai até o prédio de Isabella se transformou em uma ansiedade desesperada durante o trajeto. Cada semáforo vermelho era uma tortura, cada carro lento em seu caminho, um obstáculo para o que mais importava no mundo. Ele não estava mais pensando em negócios, em impérios ou em legados. Estava pensando nela. Na dor que ele, indiretamente, causou. Na mentira que ela foi forçada a contar. No amor que ele quase perdeu. Ele parou o carro de qualquer jeito em frente ao prédio, sem se importar com a vaga. Não anunciou sua chegada. Apenas entrou, o coração martelando contra as costelas, e torceu para que o porteiro, que já o reconhecia, o deixasse subir. No apartamento, o clima era de uma calma melancólica. Clara e Patrícia tentavam animar Isabella, que estava sentada no sofá, o olhar perdido, uma taça de vinho intocada na mesinha de centro. A campainha tocou, estridente, quebrando o silêncio. — Ué, está esperando alguém? — perguntou Pat
(Oscar) A imagem de Isabella, de joelhos, chorando em meio a cacos de vidro, se recusava a sair da minha mente. A dor que Pedro descreveu era tão vívida que eu podia senti-la como se fosse minha. Meu pai. Aquele desgraçado. Ele não apenas a ameaçou; ele a quebrou. Saí da sala privativa enfurecido, Rafael e Gabriel em meu encalço. Eu não via nada, não ouvia nada além do sangue pulsando, e em meus ouvidos o nome do meu pai ecoando como uma maldição. O caminho para o escritório do meu pai foi de uma fúria silenciosa. Cada passo que eu dava no mármore polido do lobby era uma batida surda de raiva contida. Rafael caminhava ao meu lado, o rosto sério, uma solidariedade silenciosa que valia mais do que mil palavras. A revelação de Pedro não tinha apenas me chocado, tinha acendido um pavio que queimava em direção a décadas de pressão, de expectativas, da constante sensação de ser uma peça no tabuleiro de xadrez do meu pai, e não um filho. Não bati na porta do escritório dele. Apen
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