2. Esposa invisible

La sala de espera era un caos. Entre lágrimas, risas nerviosas y un olor a medicamento que se mezclaba con el blanco frío de las paredes. Allí, sentada en uno de los asientos de la sala de espera, estaba yo con mi vestido de novia.

Noté miradas fortuitas llenas de curiosidad, pero nadie dijo nada.

Mi vestido de novia, blanco y arruinado, que costaría dos meses de trabajo y ahora solo servía de pantomima. Mirando la puerta, escuché un caminar pausado acompañado del sonido de un bastón. Miré por el rabillo del ojo, notando quién era.

Mi abuelo.

Una mirada cansada, apretando con fuerza el bastón mientras caminaba. Al reconocerme, frunció el ceño, provocando que sus arrugas se notaran más.

—¿Qué haces aquí? —preguntó con calma, sentándose a mi lado.

—Están operando a Leila, no podía irme.

—¿Dónde está él?

Sus ojos, indagadores, comenzaron a buscar por la sala. No debía decirme a qué se refería; ya sabía de quién hablaba. Dejé escapar un largo exhaló de esos que no sabes qué esperar.

—Él no puede, abuelo. Tuvo que regresarse a Francia —mentí con suavidad, intentando no romperme—. Tenía unos negocios importantes, por lo que dijo que me quedara aquí.

—¿Sola?

—Sí —sonreía con una falsa alegría—. Me pidió que me quedara con mi hermana y que no me moviera hasta que todo terminara. Estaba preocupado por Leila, pero le convencí de que estaría todo bien si se iba.

Pareció agradarle mi respuesta. Asintió aliviado con una sonrisa paternal.

—Si es así, me alegra. Es un buen hombre, con nobleza —sus ojos se mantuvieron en la puerta—. Es igual a Jean, un hombre que siempre cumple pero nunca deja de pensar en su amada.

Sus palabras parecieron unos clavos clavándose en mi cuerpo. Provocaban dolor, no por él… sino por la mentira que le había dicho a mi abuelo. No respondí porque todo esto… lo de Leila, seguramente lo había hecho para cumplir con nuestro contrato más por honor.

Las horas fueron eternas. Un minuto parecía un siglo y el tic-tac parecía congelado. Mis manos temblaban en un rezo silencioso donde todo parecía desaparecer. No pude más. Me levanté, caminando de un lado a otro sin importarme ensuciar mi vestido, hasta que después de unas cinco horas, la puerta se abrió. Un hombre con gesto cansado buscó por la familia de Leila, haciendo que mi abuelo y yo nos levantáramos.

—Leila es una chica muy fuerte —habló con calma—. Gracias a su resistencia, la operación fue todo un éxito.

Mi corazón, por fin, volvió a latir. Mi abuelo llevó su mano a su rostro, respirando. El aire nos volvió a ambos. Tras un tiempo, trasladaron a Leila a una habitación enorme. Al mirarla, supe que eso solo podía ser de alguien…

—Mi yerno se ha asegurado de que nuestra pequeña esté bien —sonrió de orgullo al ver la habitación VIP.

—Sí, es un buen hombre —intenté camuflar mi sarcasmo.

Miraba a mi hermana con los ojos cerrados. Pálida y tan frágil que parecía poder romperse con solo respirar mal. Los tubos le ayudaban a respirar mientras el bip de los monitores marcaba sus latidos constantes.

—Abuelo, ve a descansar —murmuré apenas—. Yo me quedo.

—Katherine, ¿estás segura? Debes estar cansada por tu boda.

—No te preocupes, abuelo. Soy joven y fuerte. Tú descansa en tu cama cómoda y cambiamos mañana, ¿te parece?

No insistió. Se despidió después de asegurarse de que cenara algo del hospital y, tras esto… la habitación se volvió silencio. No quise admitirlo, pero la paz de ese momento no podía arruinarse con nada. Coloqué mi teléfono a cargar y, tras esto, me senté junto a la cama de mi hermana. Acariciaba su mano con suavidad, tras quitarme los tacones que puse al borde de la cama.

—Leila, lo hiciste —sonreía levemente—. Mamá y papá estarían orgullosos de ti.

No respondió. Por los sedantes tenía los ojos cerrados.

—Me aseguraré de que en cuanto te recuperes, te llevaré a comer un helado —intenté sonreír aunque mis lágrimas salían.

El sonido de mi teléfono sonando interrumpió mi conversación con mi hermana. Me levanté, revisando la pantalla. Un número internacional… desde Francia. Contesté.

—¿La operación fue un éxito?

No saludó, solo fue al grano. Su voz profesional, como si estuviera preguntando por una compra inmobiliaria.

—Sí. Ya está descansando.

Un largo silencio. Gelido.

—Perfecto.

El teléfono casi cae de mis manos. Mi voz tembló y se quebró:

—¡No soy una piedra! —grité—. ¡Finge que soy humana, aunque sea una vez! ¿Es demasiado pedir un mínimo de cortesía?

Silencio. Esta vez más largo que el anterior.

—Katherine…

Arrastró mi nombre, revelando su acento francés. Su voz, baja, oscura, demandante y, sobre todo, asfixiante.

—Aprende cuál es tu lugar, Katherine. No te atrevas a pedirme algo que no te daré. Para mí, solo eres una esposa de papel.

Y tras esto, la llamada se colgó. Miré la pantalla como si quemara y fuese una bobra. Suspiré. No iba a pasar nada más que enojos si esperaba algo de él.

La noche transcurrió tranquila y, en la mañana, llegó mi abuelo para relevarme. Se acercó con un café, dedicándome una leve sonrisa.

—Pequeña, ve a descansar. Seguramente quieres llamar a tu esposo porque le extrañas y no pudieron hablar porque estabas aquí.

—Sí, claro —tomaba mi café—. Nos vemos después, abuelo.

Salía del hospital. Agotada física y mentalmente, en la entrada se encontraba un auto negro impecable. Un hombre con traje bien arreglado, quien al acercarme abrió la puerta con calma.

—Buenos días, señorita Katherine. ¿Lista para volver a su casa? El señor Chevalier pidió que la llevara a la propiedad en cuanto saliera.

Entré con desdén. Ni un mínimo reconocimiento de que yo era la señora Chevalier. Su indiferencia me golpeaba como un puñetazo silencioso. Quería ver la supuesta casa, por lo que entré. El viaje fue silencioso. Por la ventana, observé la ciudad de Nueva York erguirse con sus edificios y sus personas caminando aceleradas. Mi vestido era un grito de cómo estaba… destrozada.

Llegamos a la zona Upper East Side de Manhattan, cercana al icónico Central Park. La hermosa mansión tenía un estilo clásico. Por fuera, era encantadora. El chofer me dejó delante y, al llegar, toqué varias veces la puerta.

Tras el tercer toque, alguien abrió. Una mujer con un uniforme, de apariencia de entre los cuarenta, me analizó con detenimiento, posándose en mi vestido, y tras esto abrió la puerta.

—Bienvenida, señorita Katherine.

Miré a la mujer que se presentó como Luciana. Esta me guió por la sala. Elegante, moderna, impresionante, pero sobre todo fría. Luciana continuó su camino, mostrándome dónde sería mi habitación. Pasamos la principal, según ella… y terminamos delante de una puerta más moderada.

—Esta es la habitación de invitados, señorita Katherine. Le pediré al chef que le prepare algo. ¿Alguna preferencia?

—No —apenas pude decir—, solo quiero descansar.

Entré en la habitación de invitados: lujosa y espaciosa, con ropa de diseñador perfectamente adaptada a mí. Cada detalle recordaba que era su esposa… invisible. Fruncí el ceño. Imaginé que él había imaginado mi medida cuando compró el vestido de novia.

La cama estaba perfectamente hecha, de manera casi milimétrica. Me retiré el vestido con detenimiento. Cayó sobre el suelo mientras me miraba en el espejo. Yo, desde hoy, sería la esposa inexistente.

Me dirigí al baño, el cual esperaba por mí. Era amplio, pero mis pensamientos solo deseaban una ducha de agua caliente. Dejé que el agua se llevara mis problemas y, tras esto, me dejé caer. Dejé que mis dedos se tornaran como pasas, como si eso me ayudara a limpiarme de haber aceptado la locura de ser su mujer.

Salí del baño, cambiándome con una de las tantas ropas nuevas que me compró, la que iba más a mi estilo. Me colocaba un pantalón de jean junto a una blusa floreada. Bajé al comedor, después de perderme unas tres veces.

Una amplia mesa de unas diez sillas…

Había tanta comida que podría alimentar a varios niños hambrientos. Me senté a comer, mirando mi teléfono, hasta que saltó un mensaje de tendencia que me congeló:

“Oliver Chevalier visto con la modelo estadounidense Agatha Monroe”

Tragué en seco. Entré a la foto, notando a Oliver hablando con una mujer. Parecía relajado, para nada el hombre déspota que se casó conmigo. Había una segunda foto donde estaba sonriendo y, debajo, un titular:

¿Acaso el soltero más codiciado de Francia por fin ha asentado cabeza?

Otra imagen de su mano mostrando el anillo, donde el titular decía:

¿Se habrá casado en secreto con Agatha?

Mi corazón se tensó, el dolor subió hasta mi garganta. ¿Cómo podía sonreír con otra mujer mientras yo estaba atrapada en este contrato? Cada palabra de cada publicación me quemaba. No pude evitarlo y le envié un mensaje con la foto:

***Katherine*** “¿En serio? Comprendo que esto es de contrato, pero lo único que te pido es que me respetes.”

Tras unos minutos recibí una respuesta, y lo que leí… solo heló mi piel.

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