5. Celos

Pasos acelerados me obligaban a subir hacia la parte de arriba. Al salir, el aire frío golpeó mi cuerpo. Con una fuerza bestial cerró la puerta con un ruido seco. El sonido de la música…

Desapareció.

Su respiración era errática. Su mirada me atravesaba como cristales. A la distancia se escuchaban los autos, pero en ese instante se distorsionaban en un sonido lejano. Soltó mi mano sin alejarse. Una mirada que parecía un volcán a punto de estallar.

—¿Qué hace? —murmuró con una serenidad letal, como la calma antes de la tormenta.

Ignore su pregunta revisando mi brazo, asegurándome de no tener ningún moretón.

—¡Quieres dejar de ignorarme! —alzó la voz en un gran estallido.

—Oh, ahora tú me pides que no te ignore —mi mirada ácida se posó en él.

—Katherine Chevalier, ¡¿qué demonios estás haciendo?! —replicó con dureza entre dientes, brotando su acento francés—. Mais tu ne vois pas ce que tu es en train de faire ?! (¡¿Pero no ves lo que estás haciendo?!)

Lo observé detenidamente sin entender del todo lo que acababa de decir. Llevé mi mano a la cadera manteniendo un gesto gélido. Por otro lado, la respiración de Oliver era errática, similar a cuando corres un maratón quedando sin aire.

—¿Quieres bajar tu voz?

—Entonces responde —sentenció.

—A ver, según tú estoy haciendo algo —fruncí el ceño—. Recuérdame qué estoy haciendo que te afecta —crucé los brazos con molestia—. ¿Acaso te molesta que respire? Porque eso es lo que estoy haciendo en la fiesta.

—¡No! —rugió—… tú… tú… —se separó caminando de un lado a otro unos segundos, intentando calmarse sin lograrlo. Se detuvo, posando su mirada visceral en mí— ¡Estás coqueteando con Floir!

No fue una pregunta, sino una acusación. Sin poder evitarlo, comencé a reír incrédula de lo que estaba pasando. Era como si un niño que no juega con un juguete se enojara porque alguien quisiera tomarlo.

—No coqueteo con él —desvié la mirada unos segundos.

—¡Claro que sí! Estabas hablando con él. Te reíste. ¡Iba a sacarte a bailar!

—Oh, por favor, él no iba a hacer eso.

—Claro que lo iba a hacer, lo vi ¡Y tú ibas a aceptar! Encima, te sonrojaste cuando pensaste que te compraría ese collar que yo compré para ti. ¡Porque solo yo puedo regalarle cosas a mi esposa! Bordel! (¡Maldita sea!)

Parpadeaba varias veces intentando comprender la situación tan hilarante.

—Oliver, ¿puedes dejar de actuar así?

—¿Así cómo? —replicó con fastidio.

—Como si estuvieras celoso de que otro hombre me mire.

Mis palabras fueron como un balde de agua fría. Su rostro, que estaba irritado, comenzó a endurecerse poco a poco. Hubo un largo silencio entre nosotros, solo interrumpido por el viento.

—¿Celoso? Ja, no confundas las cosas —dijo—. Solo me fastidia que olvides que tienes mi apellido. Debes serme fiel como mi esposa.

Aquello solo fue un golpe en mi estómago. Levanté una ceja, anonadada por la tontería que había escuchado.

—Qué cínico eres, Oliver. ¿Ahora soy tu esposa? Ja, por favor. Hace días, es más, horas atrás me ignorabas queriéndome lejos como si fuera una enfermedad —ladeé la cabeza dejando escapar una risa seca—. Pero no, tú sí puedes estar pegado de tu “no es nada mío” mientras yo debo quedarme callada esperando. Pues no, Oliver, las cosas no funcionan así.

Su mandíbula se tensó.

—Agatha no es nada mío —finalmente dijo—. Es solo una amiga de mi infancia, nada más.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué trajiste a tu supuesta amiga desde Francia en una noche que se suponía yo estaría contigo? Porque, te recuerdo, tú pediste que me arreglara para estar como pareja.

Silencio de nuevo. La tensión se volvió insoportable. Su mirada chispeó.

—Oliver, no me respondes. ¿Por qué viniste con ella? —pregunté con la poca cordura que me quedaba.

—Porque se me da la gana —disparó tenso.

—Oh, por favor. Seguro la trajiste para decirme que este matrimonio es una porquería, que aún estás libre —llevé mi mano al pecho con enojo—. ¡Yo sé que es una basura! Pero yo no ando por ahí agarrada de otro hombre para desprestigiarlo.

Su mirada se oscureció poco a poco, tornándose peligrosa.

—No te atrevas a decir que este matrimonio es una basura, no lo entiendes.

—¡Claro que lo entiendo! —estallé por fin—. Me odias.

Mis palabras parecieron ser el detonante. La gota que rebosó el vaso. Se alejó de mí enseguida, como si mi cuerpo fuera veneno. Se acercó a una pared lejana, golpeando una baranda de hierro. El sonido metálico retumbó. Dio un paso hacia atrás, intentando alejarme. Lo noté. Se volteó rápidamente cuando intenté abrir la puerta, volviéndola a cerrar.

Frente a frente. Sus manos en la pared, a ambos lados de mi cabeza. Su mirada jade con miel, tornándose ennegrecida.

—No te odio —finalmente dijo—. Solo no te acepto. Me niego a que me obliguen a estar contigo. Yo no te elegí, y cuando te tengo cerca es el recordatorio.

Sus palabras, heladas. No respondí. Su mirada bajaba de mis ojos a mi collar, volviendo otra vez a mirarme. Era como un animal enjaulado.

—Cada vez que te veo, recuerdo que fuiste la opción que no se me dio. Eres lo que escogieron para darle mi apellido, a quien debo presentar como mi esposa. No me dejaron escoger: era aceptar o renunciar a lo que construí.

Su tono masculino se quebró. Su mirada volvió a mi collar, tan intensa que juraría que mi cuello se estaba quemando.

—Si sientes eso, no tienes que descargarlo conmigo —apenas susurré—. Yo no te obligué a ponerte el anillo. Yo tampoco tuve opción, y no por eso ando haciendo tonterías ni provocando que te sientas como si no existieras. Si tanto me detestas, pide el divorcio. Yo hablaré con tu abuelo y le diré que no puedo estar casada contigo y asumiré las consecuencias.

Sus ojos volvieron a los míos. Había una intensidad imposible de describir. Se clavaban en mí y, en su mirada, todo desapareció.

—No es tan simple como lo pones.

—Oliver, no me quieres, no me aceptas, apenas me soportas. Si no puedes tenerme cerca porque te escogieron, entonces terminemos esto.

Bajó su mano lentamente. Dio un paso hacia atrás. Un destello de rabia.

—No me dirás qué hacer. Sí, no soporto que no seas mi decisión. No acepto que seas una esposa impuesta obligada. Pero sigues siendo mi esposa, al menos por tres años lo eres.

Sus palabras dolieron. Eran como una sentencia difícil de procesar. Mordí mi labio por la rabia y, sin pensarlo, dije:

—Déjame ir. Probablemente estaré muchísimo mejor con otro hombre que me aprecie. Ya no te quiero, Oliver.

Sus ojos se abrieron. Hubo un cambio en su expresión. Rabia. Orgullo golpeado. Un fuego que se encendió de repente. Dio un paso hacia mí y todo cambió…

Fue devorador. No había suavidad ni romance, era una necesidad carnal. Un beso salvaje. Ardiente. Exigente. Su mano me tomó con una posesión imposible de entender. Su mano izquierda sostuvo mi nuca, acariciando mi cuero cabelludo con la yema de sus dedos.

Su lengua, esa parte de su cuerpo, se volvió un látigo. Me poseyó, me invadió. Me hizo suyo donde me dejé. Había dado besos antes, sí, pero ese superaba todos los que había dado por mucho. Su boca hambrienta buscaba más, deseaba más, y yo se lo di. Mi cuerpo comenzó a reaccionar cuando su mano derecha bajó. Como si fuera una pluma, me cargó con una mano, y lo abracé con las piernas para no caer.

Me movió un poco de la pared para volverme a pegar. Me arquee siguiendo el voraz beso. Mi mano se dirigió a su cabello, apretándolo con fuerza contra mí. Su pecho se frotaba contra el mío. Detuvo el beso y me miró. Su mirada se había nublado en algo que no comprendía. Nuestras respiraciones eran irregulares. Una necesidad abrupta. Volvió hacia mi cuello, mordiendo mientras su mano se apretaba contra mi muslo. Me arrancó un jadeo sin querer mientras susurraba en un exhalo de placer:

—Oliver…

Algo pasó de repente. Se detuvo. Me bajó de su pierna separándose de manera brusca. Fue tan rápido que parecía que me había quemado. Sus ojos no dejaban de escudriñarme, pero esta vez estaban extraños.

No eran fríos…

Tampoco molestos…

Sus ojos jade estaban tan oscuros que podrían competir con el ónix.

—Esto… esto fue un error —dijo finalmente con voz ronca.

Sus palabras golpearon mi cuerpo cruelmente. Poco a poco, su mirada glacial volvió a mí.

—Todo esto no pasó.

Con su mano me alejó de la puerta, abriéndola con ferocidad. Nuestros ojos se sostuvieron cuando estuvo a punto de cerrarla. Se giró, cortando el contacto visual, para finalmente decir:

—No eres ni serás nada para mí. No me busques, solo eres mi esposa por este maldito contrato.

Sus palabras se cortaron al cerrarse la puerta. Mi cerebro aún analizaba lo que había pasado. Mis labios ardían. Mi cuerpo temblaba. Las emociones estaban a flor de piel. No supe cuánto tiempo me tomó recomponerme, pero bajé buscando a Oliver.

Se había ido.

Por lo poco que pude escuchar, había salido casi corriendo. Tras eso regresé a la casa que me asignaron intentando llamarlo. Todas mis llamadas iban al buzón de voz. Y mientras iba en el auto supe algo: este matrimonio sería mi infierno.

¿Estaba lista para lo que venía?

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