Mundo ficciónIniciar sesiónToda la escena me pareció nauseabunda. Me dirigía hacia la mesa de los bocadillos. Mis emociones estaban desbordadas. Golpeé la copa contra la mesa, que vibró con fuerza en mi mano. El sonido fue suficiente para hacerme retumbar por dentro. La furia que recorría mi cuerpo era inigualable.
—Vaya —una voz masculina, pero suave, retumbó—. Debe estar muy enojada para estrellar la copa contra la mesa. Levanté la mirada y noté a un hombre de cabellos azabache y ojos como neblina. Sus ojos, curiosos, podían hacer a cualquiera estremecer. Me dedicó una amable sonrisa. —No te preocupes, puedes expresar tu enojo. Solo me preocupa que termines rompiendo una copa y hiriéndote. Parpadeé varias veces al desconocido, que mantuvo un aire sereno. —No tiendo a hablar con desconocidos. Mis palabras parecieron causarle gracia, no por burla, sino por curiosidad. —Ya veo. Me llamo Jeremy. Jeremy Floir, abogado y dueño de la firma Floir Association. —¿Un simple abogado estando aquí? —intenté bromear un poco. Él no se enojó; por el contrario, dejó escapar una carcajada natural y amable. —Si consideras simple al abogado que ganó el caso contra la empresa Castillo por haber robado a sus artistas… Al escucharlo, parpadeé de manera acelerada, ligeramente sorprendida. —¿Hablas del caso del que dicen que los abogados ganaron alrededor de tres millones? —El mismo —relajado, levantó su copa dándome un leve guiño. Imposible no reconocerlo. No había visto fotos de él, pero en la noticia se hablaba de una firma feroz que acabó con sus contrarios. Habían dicho que los abogados y socios eran de élite, pero jamás imaginaría que alguien de su calibre estuviera en aquella fiesta. Observó mi rostro, luego mi joyería, sonriendo de manera calmada. —¿Andas sola? —Se puede decir —hice una leve mueca. —Perfecto, me hace falta una compañera de baile —sonrió levemente. Cuando estuve a punto de responder, como un huracán algo se metió entre nosotros. Era el tifón que entró a destrozar todo y dejarnos sin respiración. Delante de mí, una pared impenetrable de un metro noventa y siete se interponía entre Jeremy y yo. —Claro que tiene a alguien, Floir. A mí —su voz masculina aseveró, no dijo—. Agradecería que no molestes a la señora Chevalier. Palabras que calaron en mi piel. Un tono de pertenencia y posesión. Mi mirada se posó en él. Oliver. Unos ojos asesinos que se clavaban en Jeremy. Imponente. Dominante. Su mirada jade con destellos caramelo se oscureció. Entre los tres hubo un aire indescriptible donde todo pareció desaparecer. —¿Esposa? —Jeremy repitió con calma, intentando buscar mi mirada—. ¿Es ella tu esposa? —Así es, Floir. Así que te recomiendo que te mantengas alejado de mi mujer. Su mujer. Unas palabras que gritaban más de lo que decían. Entre los dos hubo un aura masculina de pertenencia y control imposible de descifrar. —Chevalier, dices que es tu mujer, pero si no me equivoco viniste con Agatha, ¿no es así? —apuntó con calma hacia una esquina donde ella estaba hablando con unas mujeres—. En mi entendimiento, cuando un hombre está casado viene a este tipo de evento con su esposa, ¿no lo crees? Hubo un silencio penetrante entre los dos. Nadie se dignó a hablar. Oliver mantenía su mirada visceral, como un lobo bien adiestrado listo para atacar. —Como no contestarás, me despido —Jeremy levantó su copa con calma—. Hasta luego, señora Chevalier —le dio un ligero sorbo para camuflar su tono de sarcasmo. Cuando Jeremy por fin se fue, Oliver se giró hacia mí. Su rostro tenso y ojos fruncidos se mantuvieron en los míos. Era alto; no me había puesto a pensar en eso hasta ahora, que quedaba como una muñeca delante de él. —¿Qué haces? —farfulló. —¿Yo? Disfrutar la noche —mascullé, mordiendo cada palabra. —Claro que lo disfrutas, con otro hombre —respondió seco. Su mirada se tornó cortante. —Ah, no. A mí no me vengas a hacer estas escenas cuando tú fuiste el que vino con otra mujer a la fiesta. Frunció el ceño. Su mandíbula se tensó; noté que imitaba una calma forzada. —Ella no es nada —respondió finalmente, con dureza contenida. —Perfecto, entonces vete con tu “no es nada” a otro lado. Enfurecida, caminé hacia el otro lado de la mesa. Oliver me seguía detrás, irritado. Sentí varias miradas inquisidoras siguiéndonos, pero las ignoré. No estaba ese hombre que me miraba con frialdad ni desdén. Tampoco el que tenía un aire glacial con una distancia calculada. Ahora mismo había un hombre que parecía sacado de su zona de confort, siguiéndome hacia la otra mesa de bocadillos. No dijo nada, solo me siguió. Toda la noche fue un tango de miradas pétreas y silencios incómodos. Comenzaron los eventos para subastar algunas obras para caridad. Me había sentado en la parte de atrás; Oliver se sentó a mi lado, sin dejarme espacio para respirar. Agatha se sentó al otro lado, como si la hubieran llamado. Obra tras obra comenzaron a llegar. Aparecieron envases antiguos e incluso joyas. Mantenía los brazos cruzados, aún enfurecida y sintiéndome incómoda. Las pujas iban y venían, pero para mí no había nada interesante, solo quería irme. —Oh, Oliver, mira —Agatha comenzó a tocarle el hombro—. ¿Puedes comprármelo? Quiero tenerlo en mi sala con los otros regalos que me has comprado —susurró con voz suave y coqueta. —Claro, Agatha, te lo compro —con indiferencia levantó la paleta. —Doscientos mil dólares a la una… a las dos… a las tres. Un cuadro de estilo renacentista había sido la pieza más cara de la noche. Algunos se sorprendieron. Otros silbaron. Oliver se dirigió a la tarima para recogerlo y se lo entregó a Agatha. Su sonrisa era triunfante. Su mirada se posó en mí de manera desafiante. —Oliver, qué lindo. No debiste pagar tanto por mí —su voz aterciopelada buscaba envolverlo. —No es nada —respondió con pocas ganas. Me miró. Yo le rechacé la vista. Entonces llegó una pieza exuberante: un collar de diamante rosa llamado Pink Star. Una de las joyas de la corona de una princesa danesa que lo había vendido siglos atrás. Según la leyenda, la mujer entregó esa pieza tan preciada por amor, para escapar con su prometido, un pintor italiano. Lo habían apodado “el collar del amor”, pues decían que otorgaba felicidad amorosa a quien lo recibía. —¡Oliver, quiero ese collar! —chilló Agatha emocionada. Él no respondió; solo cruzó los brazos. Desde detrás, una voz ronca reventó haciendo que todos nos volteáramos. —Cuatrocientos mil dólares por el collar. Jeremy. Su mirada estaba en la joya mientras daba un sorbo a su copa con calma. Como si notara que lo observaba, posó sus ojos en mí. Me dedicó una sonrisa y un guiño. Sin poder evitarlo, me sonrojé levemente. —Quinientos mil dólares —respondió Oliver con ira. —¿Lo comprarás para mí? —Agatha vitoreó emocionada. —Quinientos mil cuarenta —Jeremy volvió a dar otro sorbo. —Seiscientos mil dólares. Lo que siguió fue un silencio fúnebre. Muchos miraron a Oliver con respeto y sorpresa. Agatha sonreía extasiada; sus ojos brillaban. —Ochocientos mil dólares por el collar —pujó Jeremy con calma. Hubo murmullos desconcertados. —Ochocientos mil dólares a la una… a las dos… De manera acelerada, Oliver se levantó. —Cinco millones de dólares por el collar. La escena descolocó a todos. Las miradas se posaron en Jeremy, esperando que reaccionara, pero no lo hizo. Con imponencia, Oliver se dirigió al escenario. Varias cámaras lo fotografiaron mientras recogía la pieza. —Oh, Dios, Oliver gastó tanto dinero en mí —Agatha pavoneó sus pestañas, abanicándose con la mano. Me causó una furia acumulada, pero decidí ignorarlo. Tras recoger la pieza, se acercó a donde estaba sentada. Agatha se levantó enseguida, sonriendo incrédula. Llevó su cabello hacia atrás, irguiendo el cuello para que le colocaran el collar. Oliver pasó de largo y se colocó delante de mí. Su mirada ennegrecida se posó en la mía. —¿Qué? —Párate. Esto es tuyo —pronunció como si no fuera la gran cosa. Para él, gastar esa cantidad era como ir al supermercado y comprar una paleta. Agatha dejó escapar una risa incrédula. —¿Lo compraste para ella? —dijo perpleja. —Así es. Levántate. Varias miradas se posaron en nosotros. Imaginé que, si no lo aceptaba, no se iría. Me levanté lentamente. El collar reposaba en sus manos y, con una voz cargada de masculinidad, murmuró cerca de mi oído al inclinarse hacia mí: —Permíteme. Su voz me provocó un cosquilleo en el cuello. Apartó mi cabello con cuidado y deslizó la cadena con calma. Sus dedos rozaron mi piel, provocando una electricidad difícil de explicar. Sus nudillos tocaron mi nuca en un leve roce. Mi respiración se tensó; la de él también. Colocó el broche despacio y lo cerró. —Listo —dijo finalmente con voz ronca. Una leve sonrisa se me escapó. Nos miramos unos segundos antes de que volviera a sentarse. Había algo oculto, secreto, solo nuestro. La subasta continuó, pero la pieza en mi cuello se mantuvo como la más costosa de la noche. Más tarde comenzó el baile. Salí a caminar cuando sentí una mirada siguiéndome. Jeremy. Le dediqué una sonrisa nerviosa; él respondió igual. Lo noté caminar hacia donde me encontraba sin dejar de mirarme. Pero lo que pasó después me descolocó. Oliver me jaló del brazo y me llevó hacia la terraza sin darme tiempo a reaccionar.






