7. Me pertenecía

POV Oliver Chevalier

Habían pasado tres días desde que ese maldito papel de divorcio estaba inmóvil en mi escritorio.

Lo observaba como un objeto acido capaz de debilitarme. 

Sin llamadas.

Sin replicas.

La ausencia de preguntarme si habia visto el divorcio por parde de ella me estaba consumiendo.

Con la rabia ardiéndome en el pecho, lancé el vaso de whisky contra la puerta. El impacto fue seco. Violento. El cristal estalló en mil pedazos, asi… como mi paciencia. Había estado bebiendo sin parar durante esos días, intentando mermar la tormenta en mi cabeza. 

No funcionaba. 

Segundos después, como si nada hubiera pasado, alguien del personal de limpieza entró. Sin preguntar solo recogió los restos con una eficiencia casi milimétrica que parecía robotizada.

Esta furia me estaba consumiendo lentamente.  Se estaba descontrolando. Con solo tres días en este estado me llevó a despedir, sin justificación alguna, a más de veinte empleados.

Mi mirada bajó al contrato, observando su firma. Elegante. Firme. No titubeó ni un solo segundo. Era una señal de que quería irse… que podría vivir sin mí.

Me molestaba.

No podía tener sentido. Katherine no podía ser de las mujeres que abandonaran. Ella se quedaba donde la ponías. Era fiel a sus principios, según me había dicho mi asistente en Nueva York, encargado de cuidarla… entonces,

¿Por qué?

—Ella me llamará —reí de manera ahogada—. Sí, todo esto es solo para llamar mi atención. Qué manera tan astuta, Katherine. Lo has hecho muy bien. Mira, ya no he podido dejar de pensar en ti ni un maldito segundo. Ahora firmare este contrato. Le exigiré que se mude y se dará cuenta de que el mundo es cruel sin mi protección. Me necesitará. Me rogará volver a mí y todo volverá a ser como siempre. Ella, a mi lado.

Volví a lanzar una carcajada irónica para calmar mis nervios de estar a punto de perder a la unica mujer que me afectaba.

Mi mandíbula se tensó.

—Con esto, ella se dará cuenta de que me necesita. Que pensará en mí, así como yo pienso en ella —susurré apenas.

Me juraba que iba a romperse en la llamada, suplicándome que fuera a verla.

¿No?

Cerré los ojos por un instante, llevando mis dedos al puente de mi nariz. Me encontraba incómodo y exasperado al mismo tiempo. Una incomodidad imposible de comprender.

Ella volveria.

Había repetido esas frases como un mantra hasta que se tatuaron en mi piel. Me obligué a autosugestionarme, repitiéndome una y otra vez que ella no se alejaria por mi maldito ego…

¿Por qué?

Por mi abuelo.

Odiaba que, por él y su absurda imposición, estuviera a punto de ser retirado de mi puesto en la compañía familiar. Todo por lo que luché se me iba a arrebatar. Su condición fue visceral: casarme, o usaría su porcentaje para retirarme de todo. Me lanzarían como un perro a la basura. Según su concepto, yo debía ser el digno representante Chevalier.

Un matrimonio arreglado, como el que tuvo con mi abuela. Ni siquiera me permitió escoger, porque según él yo no lo haría bien. Me frustraba el hecho de que estuve obligado más que ella; no lo aceptaría. Ella era una sensación de que si la aceptaba, daría consentimiento a que rigiera todo lo que tenía.

Se suponía que nunca podría amar a alguien que me escogieron… y ahí estaba Katherine siendo la dueña de mis pensamientos

Apretaba el lapicero con fuerza. La sensación incómoda golpeaba mi pecho. Los latidos de mi corazón se aceleraron. Una irritación, ira e incomodidad me invadían… pero mi corazón latía con fuerza por algo más que no entendía. Llevé mi mano al pecho, apretando mi camisa e intentando respirar.

Era similar a perder algo que era parte de mí, algo que me permitía respirar.

Alguien golpeó la puerta. Respiré un poco para calmarme.

—Pase.

Mi comando fue escuchado. Pierre entró con la elegancia y profesionalismo que solo él podía ofrecer. Mi asistente de tantos años me conocía incluso mejor que yo mismo. Sus ojos color caramelo se posaron en mí, escudriñando cada gesto. Levantó una ceja por unos segundos y carraspeó.

—Señor, ya hemos confirmado que la señorita Katherine ha aplicado a otras compañías. Muy probablemente ya no trabajará en la compañía que, según mis cálculos —llevó la mirada a su carpeta, revisando unos papeles— le doy como máximo ocho meses para que quiebre.

Silencio. Durante unos segundos lo miré, intentando recordar qué había hecho. Mi expresión se mantuvo igual.

—Excelente. Deseo adquirir esa compañía, pero quiero que ella salga, así que si pueden mover contactos para que sea contratada sin pestañear, háganlo —respondí con indiferencia, sentándome en mi escritorio, sosteniendo la mirada en el acta de divorcio—. Revisa mi agenda y, si hay algún cambio, avísame.

—Como desee, señor.

Sin decir nada más, solo se marchó. Moví la mano sobre mi escritorio, provocando que el lapicero cayera; lo recogí mientras recuerdos me invadían.

Ella se estaba alejando de esa compañía que estaba al borde de la quiebra. La dejaba… así como a mí. Volví a mirar mi teléfono. Sin llamada, sin lucha. Volví a reírme.

—Increíble, qué mujer tan testaruda.

Con la rabia pintada en mi piel, firme, me levanté de nuevo, mirando por el ventanal del edificio. Ser el único heredero de tanto era imposible de sostener solo con decirlo. En mi cargo tenía no solo uno de los complejos hoteleros más prestigiosos de Europa, también inmobiliaria y una constructora. Siempre me había gustado ganar, siempre a mi modo, siempre a mi visión, y esa pequeña compañía donde trabajaba mi esposa era un diamante en bruto.

No sabía quién era el que estaba aplicando a tantas competencias que terminaban ganando, pero quería esos dotes en mi equipo. Era un talento nato que no permitiría que nadie más que yo tuviera.

Coloqué ese papel dentro de la carpeta como si fuese una bomba. Mi mandíbula estaba tensa. ¿Quién se creía ella? ¿Desde cuándo una mujer me dejaba a mí, al gran Oliver Chevalier?

—Volverás a mí, mi querida exesposa. Rogarás que te acepte, pero haré que te arrodilles ante mí por tu insolencia de querer dejarme. El mundo será cruel sin mí, me asegurare que me necesites como yo a ti.

Una furia contenida. El orgullo de que ella fuese la que decidiera irse, y no yo. Odiaba no tener control, odiaba que Katherine tuviera esa capacidad de afectarme con solo pedirme el divorcio. Me frustraba.

Ella…

Me pertenecía.

Comencé a caminar hacia la sala de juntas; ese día había una reunión importante con unos inversionistas. Pasé por el escritorio de Pierre, colocando la carpeta sobre su mesa.

—Envíalo hoy mismo —dije con firmeza—. Quiero que le digan estrictamente que debe salir antes de las doce del mediodía del día siguiente.

Pierre parpadeó ligeramente, mirándome.

—Señor Chevalier, ¿no cree que es muy poco tiempo?

Dejé escapar una sonrisa triunfante. Sabía que ella no iría a casa de su abuelo y probablemente no tendría dónde mudarse. Llevé mi mano al cabello, con una sonrisa enorme.

—Así es. Quiero que la amenacen: si está en mi propiedad, me encargaré personalmente de ella.

Pierre dudó un poco, pero al final asintió. Comencé a caminar hacia la sala de conferencias. Ya la imaginaba llamándome, pidiéndome que no la echara. Que se quedaría conmigo.

Entré a la sala de conferencias, donde comenzó una reunión de dos horas primero con los directivos e inversionistas. Observaba expectante mientras quien presentaba apuntaba a los gráficos de la pantalla.

—Europa ya no es competencia —dije con firmeza, calculador—. Los Chevalier han dominado todo el mercado, tanto que no se puede tener más.

—Entonces lo mejor sería expandirnos —murmuró uno de los ejecutivos.

—¿Pero dónde? Debemos buscar un mercado rentable. ¿Qué le parece Asia? Probablemente entraremos siendo una competencia fuerte.

Lo era. Era respetado de tal manera en Europa que, incluso en otros continentes, debieron escuchar sobre mis empresas. Comencé a pensar y, de repente, ella apareció en mi cabeza. Fruncí el ceño.

—Bien, si quieren que los aplaste allá, iré por ustedes… —murmuré apenas.

Uno de los inversionistas me miró extrañado. Me erguí con firmeza, hablando con frialdad.

—No. No quiero expandirme en Asia.

Mis palabras provocaron murmullos entre los presentes. Mostré una sonrisa arrebatadora.

—Iremos a expandirnos a Estados Unidos, para ser más específicos: empezaremos desde Nueva York. Es el centro financiero más agresivo del mundo. Si entramos y ganamos terreno, todo lo demás caerá como naipes.

Miré a las personas que me observaban con ligera confusión.

—Chevalier, llevar a nuestros empleados allá será un problema por el visado, tomará tiempo.

—Así es, por eso comenzaremos con lo más fácil: las constructoras e inmobiliarias. Quiero buscar compañías desesperadas por vender, porque están a punto de quebrar —levanté el rostro, triunfante—. Esas que estén dispuestas a vender sus almas.

Hubo un silencio sepulcral.

—De acuerdo —hizo una pausa uno de los directivos—. Entonces prepararemos a varios de nuestros arquitectos para que viajen.

—Oh, de eso no se preocupen —sonreí de manera visceral—. Tengo la mira puesta en una que tiene un equipo brillante. Creo que un arquitecto llamado Anthony ganó la puja por Dubái.

Todo eso provocó silencio. Sí. Esa competencia fue feroz. Mi equipo nunca había perdido, y que una compañía tan pequeña se llevara los aplausos me sorprendió al punto de querer investigar. Mi sorpresa al saber que Katherine estaba allí fue abismal… aunque supuse que trabajaba como ayudante de arquitecta o algo así porque era muy joven aún.

—Entonces…

—Así es —con mi dedo índice comencé a tamborilear—. Me llevaré esa empresa entre tantas que pienso absorber.

Aunque mi cuerpo me pedía ir por Katherine, me negué. Ya no era mi esposa, no sería mi problema. Sabía que ella vendría a mí tarde o temprano.

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