Mundo ficciónIniciar sesiónLaila creyó haber encontrado el amor perfecto en Enzo: un hombre que la hacía sentir especial, que le regaló un consultorio y un paraíso con vista al mar. Pero detrás de los besos apasionados y las promesas, empezaron los celos, las puertas cerradas, las preguntas constantes y las mentiras que ella misma se contaba para sobrevivir. Cada paciente que atendía era un espejo de su propia vida: mujeres que decían “exagero”, “me caí por las escaleras”, “él me ama demasiado”. Poco a poco, Laila entendió que no estaba loca… la volvían loca. Y cuando el control se volvió insoportable, decidió que ya no iba a correr solo en su mente. Un thriller psicológico que denuncia cómo el abuso emocional fabrica la duda, el silencio y la culpa… hasta que una mujer decide romper el ciclo.
Leer másEsa misma noche, mientras Enzo dormía a mi lado con la respiración tranquila de quien cree que aún controla el mundo, decidí dar el primer golpe real.No con el cuchillo.Todavía no.Con algo mucho más peligroso: un recuerdo.Me moví un poco en la cama, gemí bajito y abrí los ojos de golpe, como si acabara de despertar de una pesadilla. Empecé a respirar agitada, temblando.Enzo se despertó al instante.—¿Laila? ¿Qué pasa, amore?Me senté en la cama con los ojos muy abiertos, mirando al vacío. Dejé que mi voz saliera entrecortada, asustada, como si estuviera reviviendo algo.—Te… te vi… estabas encima de mí… me golpeabas… me… me…Dejé la frase colgando. No terminé. Solo empecé a llorar.Enzo se quedó rígido. Su cara cambió en menos de un segundo. El pánico le inundó los ojos.—¿De qué estás hablando? —preguntó con voz ronca—. Fue un accidente, Laila. Te caíste por las escaleras, ya te lo dije.Negué con la cabeza, fingiendo confusión y terror al mismo tiempo.—No… no fue una caída. Tú
Tres días después de fingir amnesia, el plan ya no era solo una idea en mi cabeza.Era un animal vivo, respirando, caminando a mi lado.Enzo seguía creyendo que yo era la Laila confundida, frágil, la que no recordaba nada después de la boda. Me hablaba despacio, como a una niña. Me traía flores. Me preguntaba si quería ver fotos “de nuestra vida juntos” para ayudarme a recordar. Yo sonreía con cara de agradecimiento y le decía:—Poco a poco, cariño… todo está volviendo, pero muy lento.Y por dentro pensaba:“Sí, todo está volviendo… pero no como tú crees.”Esa mañana Carla salió a hacer compras al pueblo. Enzo tenía una reunión en Nápoles y no regresaría hasta la noche. Era la primera vez que me quedaba completamente sola en la casa desde el “accidente”.No perdí el tiempo.Bajé al consultorio, cerré la puerta con llave y saqué el teléfono de Jennifer. Tenía un mensaje nuevo:“Abogado listo. Se llama Marco Rossi. Especialista en divorcios de alto riesgo y bienes matrimoniales. Puede r
A la mañana siguiente desperté antes que Enzo.Me quedé quieta en la cama, fingiendo dormir, mientras él se levantaba, se duchaba y se vestía. Lo observé por las pestañas entrecerradas: cómo se ajustaba la corbata, cómo se peinaba el pelo hacia atrás, cómo se miraba en el espejo con esa seguridad que ya empezaba a resquebrajarse.Cuando salió de la habitación, esperé diez minutos más. Luego me levanté despacio. La cabeza todavía me dolía, pero el dolor ya no era enemigo. Era combustible.Bajé a la cocina. Carla estaba preparando café. Me miró con esa falsa preocupación que ya conocía demasiado bien.—Buenos días, Laila. ¿Cómo amaneciste?Sonreí débilmente, como si todavía estuviera confundida.—Un poco mejor… pero todo sigue borroso. ¿Tú eres… Carla, verdad?Ella asintió, aliviada.—Sí, soy yo. No te preocupes, todo va a volver poco a poco.“Poco a poco”, pensé.Claro que va a volver. Pero no como tú crees.Enzo bajó minutos después. Me besó en la frente, me sirvió café y se sentó fre
Lo primero que sentí fue el dolor.Un dolor profundo, pesado, como si alguien me hubiera metido la cabeza dentro de una campana y la estuvieran golpeando lentamente desde afuera.No abrí los ojos.Pero podía escuchar.Voces.La voz de Enzo.Y la voz de Carla.—Tenemos que llevarla al hospital —decía Carla—. Lleva dos días inconsciente, Enzo. ¿Y si tiene una contusión cerebral?Dos días.Habían pasado dos días.Sentí una rabia tan grande que me recorrió el cuerpo como fuego.Malditos desgraciados.Pero no me moví.Seguí con los ojos cerrados.—No puedo creer que me haya pegado —decía Enzo—. ¿La viste? ¿La viste? Me pegó como una loca. Esa mujer está enferma.Tuve que apretar los dientes para no levantarme en ese momento y arrancarle la cara.—Lo importante no es eso —dijo Carla—. Lo importante es cómo se enteró.—¿Sabía lo nuestro?—¿Tiene pruebas?Silencio.—No lo sé —dijo Enzo—. Pero si tiene algo, tenemos un problema muy grande.—Enzo, debimos habernos ido hace tiempo —dijo Carla—.
Último capítulo