La Primer Grieta Que Sangra

Estábamos cenando en la terraza con vista al mar. El sol ya se había hundido detrás de Capri y el cielo era ese azul profundo que se vuelve casi negro en las noches de verano. Enzo había pedido pescado fresco del pueblo y una botella de Falanghina fría. Todo parecía normal. O al menos, yo quería creer que lo era.

Mi teléfono vibró sobre la mesa. Era Jennifer.

“¿Almorzamos mañana? Hace meses que no nos vemos. Te extraño, loca. Dime que sí”.

Sonreí sin poder evitarlo. Jennifer era de mis amigas más antiguas, de la universidad. Siempre había sido la que me sacaba de mi caparazón cuando me metía demasiado en los libros.

Miré a Enzo.

—¿Te molesta si almuerzo con Jennifer mañana? Hace tiempo que no salgo con ella.

Él siguió cortando su pescado con precisión, sin levantar la vista.

—No, amore. Ve. Disfruta.

Pero hizo un gesto raro. Una mueca mínima en la comisura de la boca, como si hubiera mordido algo amargo y lo estuviera disimulando. Lo dejé pasar. Pensé que estaba cansado. O que era mi imaginación.

Terminamos de cenar en silencio. Él se levantó primero, me dio un beso en la frente —frío, mecánico— y dijo:

—Voy a la oficina un rato. Tengo que revisar unos correos.

Se fue sin más. Yo me quedé recogiendo los platos, pensando que quizás estaba estresado por trabajo.

Pero algo no encajaba.

Cuando intenté salir a la terraza para tomar aire, la puerta principal no abrió. Probé la de la cocina. Cerrada. La del pasillo lateral. Cerrada. Todas las puertas exteriores estaban con llave. Y no eran cerraduras normales; eran de esas que solo se abren con llave desde afuera.

Me quedé parada en el pasillo, con el corazón acelerado.

Miré por la ventana. Vi a los dos guardias de seguridad que Enzo siempre tenía rondando la propiedad. Uno fumaba, el otro hablaba por teléfono. Les grité:

—¡Ey! ¡Ábranme, por favor! ¡Estoy encerrada!

Ninguno volteó. Ni siquiera me miraron. Como si no existiera.

Llamé a Enzo. Una vez. Dos. Tres. Al cuarto intento contestó.

—¿Qué pasa, Laila? ¿Qué es tanta insistencia?

Su voz era fría. Distante. Obsesiva. Como si estuviera hablando con una niña caprichosa.

—¿Por qué me has dejado encerrada? ¿Qué te pasa? ¡No soy una prisionera!

Silencio al otro lado. Luego, una risa baja, seca.

—Escúchame bien, ingrata. Yo soy tu esposo. Desde el momento en que dijiste “acepto” eres mía. Así que harás todo lo que se me plazca. Y hoy no se me place que salgas de esa maldita casa con la prostituta de tu amiga.

Me quedé sin aire.

—¿Es eso? ¿Es porque saldré con Jennifer? Ella es mi amiga, Enzo. Mi amiga.

—No me hagas que me desquite contigo. ¿Acaso no entendiste que no me gusta que salgas con esas amigas tuyas? Te distraen. Te hacen creer que puedes vivir sin mí. Y no puedes.

—No voy a soportar esto —le dije con la voz temblando—. Me iré hoy mismo.

Colgué.

Corrí al dormitorio. Saqué la maleta del armario. Metí ropa a puñados: jeans, camisetas, el vestido que usé en nuestra primera cita. Lágrimas calientes me corrían por la cara, pero no me detuve. Abrí la ventana del baño —la única que no tenía rejas— y tiré la maleta al jardín de abajo. Luego me deslicé por el marco, me raspé las rodillas contra la piedra, pero caí de pie en el césped.

Caminé rápido por el sendero empedrado que bajaba hacia el portón. El corazón me latía en los oídos. El mar rugía abajo, como si supiera lo que estaba pasando.

Entonces vi los faros del auto de Enzo subiendo la curva. Frenó en seco. Bajó como un toro. Me agarró del brazo con tanta fuerza que sentí que me lo iba a romper.

—No vas a ir a ninguna parte.

Me arrastró de vuelta a la casa. Me empujó con tanta violencia que tropecé y caí al suelo del salón. El golpe contra el mármol me sacó el aire.

Y entonces vino la primera paliza.

Me abofeteó tan fuerte que sentí un zumbido en el oído. Me pateó las costillas. Me agarró del pelo y me levantó solo para golpearme otra vez. Gritaba cosas que no entendía: “ingrata”, “puta”, “mía”. Cada golpe era un trueno.

Luego me arrastró hasta la habitación. Me tiró sobre la cama. Me arrancó la ropa. Y me violó.

Pero yo no estaba ahí.

Cuando él me golpeaba tanto que perdí el conocimiento, mi mente se fue lejos. No estaba en esa cama. No sentía su peso encima de mí. No oía sus gruñidos.

Estaba en una playa. Corría descalza por la arena tibia. Sentía cada grano entre los dedos de los pies. El mar me lamía los tobillos. Corrí hacia un campo lleno de flores silvestres, amarillas y violetas, altas hasta la cintura. El viento me movía el pelo. El sol me calentaba la cara. Allí no había dolor. Allí no había Enzo. Solo yo, libre, corriendo, respirando.

Cuando desperté, él estaba acostado a mi lado, respirando tranquilo, como si nada hubiera pasado.

Cada centímetro de mi cuerpo dolía. Las costillas me ardían al respirar. Entre las piernas sentía un dolor sordo, profundo, que me hacía querer gritar. La cara me palpitaba. Me toqué la mejilla y sentí hinchazón. Lágrimas silenciosas me corrieron por las sienes.

Me levanté con cuidado, como si fuera de vidrio. Fui al baño tambaleándome. Encendí la luz y me miré en el espejo.

El labio partido. Un ojo morado empezando a cerrarse. Moretones en el cuello. En los brazos. En las caderas.

Lloré. Lloré tanto que no podía respirar. Me metí bajo la ducha. Dejé que el agua caliente corriera sobre mí. Me froté la piel con jabón hasta que quedó roja, como si pudiera borrar lo que había pasado. Me cuestioné todo. ¿Cómo no lo vi venir? ¿Cómo no vi que Enzo era un abusivo? ¿Cómo llegué a esto?

Lloré hasta que el agua se enfrió. Me quedé dormida en el piso del baño, envuelta en toallas, hecha un ovillo.

A la mañana siguiente, la puerta se abrió. Enzo entró. Me vio en el suelo. Intentó tomarme en brazos para llevarme a la cama.

Me desperté de golpe y grité:

—¡No más! ¡Por favor, no más!

Él me soltó. Me miró un segundo con algo que parecía arrepentimiento… o quizás solo molestia. Luego se fue sin decir nada.

Un par de horas después entró Carla, su prima.

—Querida… pero ¿qué ha pasado?

Me miró los moretones, la cara hinchada. Me ayudó a levantarme. Me llevó al dormitorio. En la mesita de noche había un botiquín de primeros auxilios que no recordaba haber visto antes.

—Ven, vamos a curar esas heridas —dijo con voz suave, como si estuviera acostumbrada a esto.

Me sentó en la cama. Sacó alcohol, gasas, crema. Mientras me limpiaba la sangre seca del labio, yo solo podía pensar en una cosa:

Aquí comenzó el verdadero infierno. Y yo todavía no sé cómo sal

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