Esa misma noche, mientras Enzo dormía a mi lado con la respiración tranquila de quien cree que aún controla el mundo, decidí dar el primer golpe real.
No con el cuchillo.
Todavía no.
Con algo mucho más peligroso: un recuerdo.
Me moví un poco en la cama, gemí bajito y abrí los ojos de golpe, como si acabara de despertar de una pesadilla. Empecé a respirar agitada, temblando.
Enzo se despertó al instante.
—¿Laila? ¿Qué pasa, amore?
Me senté en la cama con los ojos muy abiertos, mirando al vacío.