Esa misma noche, después de que Enzo bajara las escaleras como alma que lleva el diablo, me quedé en la cama con los ojos abiertos, mirando el techo. El corazón me latía fuerte, pero no de miedo… sino de excitación.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba ganando.
Escuché voces abajo. La de él, alterada, baja y urgente. La de Carla, más calmada, intentando controlarlo. No lograba entender todo lo que decían, pero capté algunas palabras claras: “recuerda”, “video”, “peligro”, “hay que