La fiesta después de la boda fue un sueño que yo misma ayudé a construir… y que, sin saberlo, ya empezaba a convertirse en una jaula dorada.
El salón era impresionante: un viejo palacio restaurado en las afueras de la ciudad, con techos altos de madera oscura, candelabros de cristal que colgaban como estrellas congeladas y paredes cubiertas de enredaderas blancas y luces diminutas. Las mesas estaban vestidas con manteles de lino crema, centros de flores altas (rosas blancas y eucalipto que olían a frescura y promesas), y vajilla de porcelana fina que Enzo había insistido en alquilar porque “mi esposa se merece lo mejor”. La comida era un banquete italiano con toques modernos: antipasti de prosciutto y burrata, risotto de trufa, filete en salsa de vino tinto, tiramisú en copas individuales y una mesa de postres que parecía sacada de una revista. Había champagne francés fluyendo sin parar, y un cuarteto de cuerdas que tocaba melodías suaves mientras la gente reía y brindaba.
Todo era perfecto. Demasiado perfecto.
El primer baile como esposos fue mágico. Enzo me tomó de la mano con esa sonrisa que me derretía, me llevó al centro de la pista y pidió que tocaran “Perfect” de Ed Sheeran. Me abrazó por la cintura, me acercó a su pecho y susurró al oído: “Eres mía para siempre, Laila. Nadie te va a querer como yo”. Bailamos despacio, mis pies apenas tocaban el suelo, y por un momento sentí que el mundo entero se había detenido solo para nosotros. Cerré los ojos y pensé: “Esto es lo que siempre soñé”.
Ilusa.
Después del primer baile, la pista se llenó de gente. Uno de los socios de Enzo —un hombre alto, de traje gris impecable y sonrisa demasiado amplia— se acercó y me extendió la mano con cortesía.
—¿Me permites este baile, señora Vitale?
Antes de que pudiera responder, Enzo apareció a mi lado como una sombra. Su mano se cerró alrededor de mi muñeca con fuerza disimulada.
—Disculpa, Marco —dijo con voz suave pero fría—. Mi esposa ya tiene pareja para el resto de la noche.
Me llevó casi arrastrándome hacia un pasillo lateral, lejos de las luces y la música. Entramos a un pequeño salón vacío, con cortinas pesadas y solo una lámpara tenue. Ahí soltó mi brazo, pero solo para zarandearme con más fuerza.
—¿Qué hacías coqueteando con ese hombre? —siseó, su rostro a centímetros del mío—. ¿Cómo puedes hacerme eso en nuestra propia boda?
Me quedé helada. El corazón me latía en la garganta.
—Enzo… ¿cómo puedes pensar eso de mí? Tú eres mi esposo. Yo te amo a ti. Iba a rechazarlo de inmediato.
Él me zarandeó otra vez, los dedos clavándose en mi brazo.
—¿Me amas? ¿Seguro que me amas?
En ese momento entró Carla, su prima. La misma que siempre parecía saber exactamente cuándo intervenir.
—Primo, cálmate —dijo con voz baja pero firme—. No vayas a hacer una escena aquí.
Enzo me soltó de golpe, respiró hondo, se pasó la mano por el pelo y salió sin decir más. Carla se acercó, me puso una mano en el hombro.
—Calma, querida. Son solo los tragos que se tomó. No le prestes atención a esto. Mañana ni se acordará.
Volví a la fiesta con las piernas temblando. Una de mis amigas más cercanas, Sofía, me detuvo en el pasillo.
—Laila… ¿qué te ha pasado? Pareces que acabas de ver un fantasma.
Sonreí lo mejor que pude.
—No… solo creo que he tomado demasiado.
(Aquí comenzaron las mentiras. Aquí comencé a mentirme yo misma.)
Sofía se rió y me tomó de la mano.
—Ven, bailemos un rato antes de que seas totalmente de Enzo.
Esas palabras me resonaron tan fuerte en la cabeza ese día… como un eco que no quería escuchar.
En ese momento apareció Enzo de nuevo. Sonrió con esa calidez que reservaba para el mundo exterior.
—¿Me permites a mi esposa un momento? Quiero bailar con ella.
Era un encantador de serpientes. Amable con todos, atento, encantador… pero nadie podía ver su verdadera cara. Nadie excepto yo, y aun así, no quería verla.
Me tomó de la cintura, me llevó a la pista y me dio un beso apasionado frente a todos. La gente aplaudió. Él se separó un poco, me miró a los ojos y susurró:
—Amore, perdóname por lo de hace un rato. Me volví loco en cuanto vi que ese hombre intentaba bailar contigo. Ha tenido múltiples quejas de acoso… lo siento, creo que me pasé. Laila, yo te amo. Eres el sol de todos mis amaneceres. Te amo.
Sonreí. Lo besé.
—También te amo, Enzo.
Tonta. Muy tonta.
El encantador de serpientes me había encantado.
Y de ilusa, caí.