Ilusa fui.Ilusa al creer que el amor llegaba envuelto en promesas brillantes y que, una vez que lo tenía en mis manos, nada podría empañarlo.Ilusa al pensar que todo sería color de rosa.Lo que no sabía era que, poco a poco, Enzo iba a ir pintando mi mundo de negro. Un negro que al principio parecía solo sombras suaves, casi románticas, pero que con el tiempo se volvió tinta espesa, imposible de borrar.Lo conocí en la universidad, en el último año de psicología. Yo tenía 23 años, estaba terminando mi tesis sobre resiliencia emocional en mujeres víctimas de violencia, y él apareció como uno de los inversores principales del proyecto de investigación que mi grupo había presentado a una fundación privada. Enzo Vitale, 25 años, heredero de una fortuna familiar italiana que nadie cuestionaba demasiado. Alto, elegante, con esa sonrisa lenta que parecía saber más de lo que decía. Cuando entró a la sala de presentaciones, todos nos quedamos callados un segundo. No por intimidación, sino po
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