Los primeros meses después de la boda fueron como vivir dentro de un sueño que se había materializado demasiado perfecto para ser real.
Nos quedamos en Italia, en una villa en las montañas de la costa amalfitana, una de esas casas antiguas de piedra blanca y techos de tejas rojizas que se aferran al acantilado como si tuvieran miedo de caer al mar. Desde el balcón principal se veía el Tirreno infinito, azul profundo en las mañanas y plateado al atardecer, con el sol hundiéndose detrás de Capri como si alguien lo apagara con un interruptor. El camino para bajar al pueblo era largo y serpenteante: curvas estrechas, olivos retorcidos, un muro bajo de piedra que separaba la carretera del vacío. Enzo siempre decía que era “nuestro paraíso privado”, y yo le creía. Porque desde ahí arriba el mundo parecía lejano, pequeño, manejable.
La casa era enorme para nosotros dos: salones con techos altos y vigas vistas, una cocina de mármol donde yo intentaba cocinar pasta como mi nonna me había enseñado, un dormitorio con cama king size que daba directamente al mar. Enzo había insistido en que nos quedáramos ahí “por ahora”, hasta que sus negocios se estabilizaran. “Aquí estás segura, amore. Nadie te molesta. Nadie te mira como si fueras un trofeo”. Y yo sonreía, porque sonaba protector. Porque sonaba a amor.
El consultorio lo instaló él mismo, en una pequeña casita de piedra que estaba a unos cien metros de la villa principal, bajando por un sendero empedrado rodeado de limoneros. Era preciosa: una habitación amplia con ventanas que daban al mar, un escritorio de madera vieja, un sofá beige para las pacientes, estanterías que llené con mis libros favoritos. Tenía su propio baño y una terraza pequeña donde podía tomar aire entre sesiones. Cuando lo vi terminado, abracé a Enzo y le dije:
—Es perfecto. Gracias.
Él me besó la frente.
—Todo para ti. Pero es un poco lejos del pueblo, ¿no crees? Las pacientes van a tener que caminar o tomar taxi por ese camino.
Yo asentí, un poco preocupada.
—Sí… puede ser complicado para algunas. El camino es largo y empinado.
Enzo sonrió con esa calma suya que siempre me tranquilizaba.
—No te preocupes. Ofreceré transporte. Tengo un chofer de confianza que puede recogerlas en el pueblo y traerlas hasta aquí. Así no tienes que salir tú, y ellas llegan cómodas. Es más seguro también. Con este camino tan aislado, mejor que no andes sola por ahí.
Me pareció una idea generosa. Práctica. Protectora.
Así que acepté.
Y poco a poco, sin darme cuenta, el mundo empezó a encogerse.
Al principio no lo noté. Seguía saliendo alguna vez a la semana al pueblo con amigas, tomaba un café en Positano, compraba flores en el mercado. Pero cada vez que volvía, Enzo estaba esperándome en la puerta con esa sonrisa suave y la pregunta inevitable:
—¿Dónde estabas tanto tiempo?
—Solo en el mercado, amore. Compré limones para hacer limoncello.
Él asentía, me abrazaba, pero sus manos se quedaban un segundo más de lo normal en mis hombros.
—Avísame la próxima vez. Me preocupo cuando no sé dónde estás.
Yo reía.
—Está bien, lo haré.
Y lo hacía. Mensajes cada hora. Fotos de lo que compraba. Ubicación activada en el teléfono. Pensaba que era normal. Que era amor intenso. Que los hombres como Enzo, que habían heredado tanto y perdido tanto, necesitaban esa seguridad.
Tonta.
Las pacientes empezaron a llegar gracias a la página web. La primera fue una mujer de Salerno, 38 años, que había visto mi anuncio en un grupo de F******k. La chofer la trajo puntual, la dejó en la puerta del consultorio y se quedó esperando en el auto con el motor encendido. Ella entró nerviosa, con un pañuelo en las manos.
—Me siento sola —dijo—. Mi marido dice que exagero cuando lloro. Que estoy loca por sentirme atrapada en casa. No sé si soy yo la que está mal.
Mientras la escuchaba, sentí un pinchazo extraño en el pecho. Sus palabras eran demasiado parecidas a frases que Enzo me había dicho en discusiones pequeñas: “Siempre estás sensible, Laila. ¿Por qué no puedes ser feliz conmigo? ¿Qué más necesitas?”.
La validé. Le dije que sus sentimientos eran válidos. Que el aislamiento emocional era una forma de control. Que merecía apoyo. Cuando se fue, me quedé mirando el mar desde la terraza, con el viento moviéndome el pelo.
Y por primera vez pensé: ¿Y si yo también estoy empezando a sentirme atrapada?
Sacudí la cabeza. No. Era diferente. Enzo me amaba. Me cuidaba. Me había dado todo esto.
Pero las sombras seguían creciendo.
Una tarde quise bajar al pueblo sola, caminar por la costanera, sentir el sol en la cara sin que nadie me preguntara dónde iba. Le dije a Enzo que necesitaba aire fresco.
Él me miró desde el sofá, con el teléfono en la mano.
—¿Sola? El camino es largo. Y ya está oscureciendo. Mejor espera al chofer.
—No necesito chofer para caminar, Enzo. Solo quiero un rato para mí.
Se levantó despacio. Se acercó. Me tomó las manos.
—Amore, no me gusta la idea. Hay turistas, hay gente que no conocemos. ¿Y si te pasa algo? ¿Y si alguien te molesta? Te amo tanto que no podría soportarlo.
Sus ojos se llenaron de algo que parecía preocupación… pero también algo más oscuro. Algo posesivo.
Cedí.
—Está bien. Mañana entonces.
Me besó. Me abrazó fuerte.
—Gracias por entender. Eres lo mejor que me ha pasado.
Y yo, ilusa, me convencí de que era por amor.
Esa noche, mientras dormía a mi lado, miré el techo y pensé en Anna, mi paciente. En cómo ella también había cedido poco a poco. En cómo su mundo se había encogido hasta que solo quedaba su casa y su marido.
Y por un segundo, el mar que se veía desde la ventana dejó de ser azul.
Se volvió negro.