A la mañana siguiente, el ambiente en la casa era denso, casi irrespirable.
Enzo apenas había dormido. Tenía ojeras profundas y no dejaba de mirarme de reojo mientras desayunábamos. Carla, como siempre, fingía ser la perfecta amiga preocupada. Preparó café para todos y se sentó frente a mí con esa sonrisa falsa que ya conocía demasiado bien.
—¿Cómo amaneciste, Laila? —preguntó con voz melosa.
—Con dolor de cabeza —respondí sin mirarla—. Y con el recuerdo de una cachetada.
El silencio que cayó s