Enzo salió esa mañana temprano, como si nada hubiera pasado. Dijo que iba por pan fresco al pueblo y que volvería pronto. Llevaba la misma camisa blanca de siempre, arremangada, y esa sonrisa que usaba cuando salía a la calle, la que hacía que la gente lo saludara con respeto y miedo disfrazado de admiración. Yo me quedé en la cama, con el cuerpo todavía dolorido, mirando el techo y contando las grietas en la madera como si fueran días que me quedaban por soportar.
Mientras tanto, en la panader