Pasaron tres días desde que Jennifer se fue. Tres días en los que la casa se sintió más pequeña que nunca. Enzo apenas me hablaba, pero su presencia lo llenaba todo: sus pasos en el pasillo, el sonido de la llave girando en las puertas, la forma en que me miraba como si estuviera midiendo cuánto miedo aún me quedaba.
Yo guardaba el teléfono que Jennifer me había dado como si fuera dinamita. Lo tenía escondido dentro de un calcetín, en el fondo del cajón de la ropa interior. Cada vez que Enzo sa