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El Ciclo Que Se Cierra Y Abre De Nuevo

Los días después de esa primera paliza fueron como caminar por un vidrio roto: cada paso dolía, cada movimiento recordaba lo que había pasado, y sin embargo, yo seguía moviéndome porque parar significaba aceptar que todo era real.

Me quedé en la cama la mayor parte del tiempo. Carla venía dos veces al día con el botiquín: limpiaba los moretones con cuidado, ponía hielo en la cara hinchada, me daba analgésicos que Enzo había dejado en la mesita sin decir una palabra. Ella hablaba poco, pero cuando lo hacía era con esa voz suave que usaba para calmarlo a él.

—Los hombres como Enzo tienen mucho estrés, querida —me dijo una tarde mientras me ponía crema en el labio partido—. El negocio, la familia, la presión… a veces explotan. Pero te ama. Ya verás, mañana será otro día.

Yo asentía porque no tenía fuerzas para discutir. Porque una parte de mí —la parte que todavía quería creer en el cuento— necesitaba oír que no era para siempre.

Enzo no me hablaba mucho esos días. Entraba al dormitorio, me miraba desde la puerta como si evaluara un objeto dañado, dejaba comida en la bandeja y se iba. A veces se sentaba en el borde de la cama y me tomaba la mano.

—Lo siento, amore —decía con voz baja—. Me volví loco. No quería lastimarte. Es que cuando pensé que te ibas… no pude soportarlo. Te amo tanto que me duele.

Y yo lloraba en silencio, porque sus palabras eran como un veneno dulce: me hacían sentir culpable por haberlo “provocado”, por haber intentado irme, por haberlo hecho “explotar”.

(Aquí empezó la culpa. Aquí empezó el autoengaño más profundo: creer que si yo era mejor, más obediente, más amorosa, esto no volvería a pasar.)

Pero el cuerpo no miente. Cada vez que intentaba moverme, las costillas me recordaban la patada. Cada vez que me tocaba la cara, el moretón me recordaba la bofetada. Y entre las piernas… ese dolor sordo, constante, que me hacía llorar sola en el baño. Me sentía sucia. Rota. Como si mi cuerpo ya no fuera mío.

Me obligaba a mirarme en el espejo todos los días. “Esto es lo que te hizo”, me decía. “No fue tu culpa. No lo fue”. Pero la voz dentro de mi cabeza respondía: “Si no hubieras intentado irte… si hubieras cancelado el almuerzo con Jennifer… si hubieras sido más comprensiva…”.

La disociación volvía en oleadas. Cuando el dolor era demasiado, mi mente se iba. Volvía a esa playa. Corría por la arena, sentía el sol, el viento, las flores. Era mi escape. Mi forma de sobrevivir sin quebrarme del todo.

Una semana después, Enzo entró al dormitorio con una bandeja de desayuno: café, croissants, flores frescas del jardín. Se sentó a mi lado, me acarició el pelo con ternura.

—Perdóname, Laila. Fui un idiota. No volverá a pasar. Te lo juro por mi vida.

Me besó la frente. Me abrazó. Y por un momento, sentí al Enzo del principio: el que me hacía reír, el que me miraba como si fuera lo único importante en el mundo.

El ciclo había comenzado. La fase de luna de miel. Él era atento, cariñoso, arrepentido. Me traía regalos pequeños: un collar con un colgante de perla, un libro de poesía que yo había mencionado una vez, cenas románticas en la terraza con velas y el mar de fondo. Me decía “te amo” cada cinco minutos. Me hacía el amor con cuidado, como si temiera romperme más.

Y yo… yo quería creerle. Quería tanto creerle que empecé a convencerme de que sí, que había sido un error, un mal día, un exceso de estrés. Que si yo era mejor esposa, si no lo provocaba, si no salía sin permiso, esto no volvería.

Tonta. Muy tonta.

Pero el consultorio seguía ahí, a cien metros de la casa. Carla me ayudaba a bajar el sendero cuando Enzo no estaba. Atendí a dos pacientes más esa semana. Una me habló de cómo su marido la controlaba con “amor protector”. La otra me dijo que después de las peleas, él siempre volvía con flores y promesas.

Cada sesión era un espejo. Y cada espejo me devolvía mi propia cara magullada.

Empecé a anotar cosas en un cuaderno escondido en el fondo del cajón del escritorio: fechas, palabras que él decía, golpes que recordaba. No sabía para qué. Solo sentía que necesitaba documentarlo. Como prueba. Como recordatorio de que no estaba loca.

Una noche, mientras Enzo dormía a mi lado, abrí el cuaderno y escribí:

“No soy prisionera. No soy suya. Un día saldré. Un día dejaré de mentirme.”

Pero al día siguiente, cuando él me abrazó y me dijo “eres lo mejor que me ha pasado”, volví a dudar.

El ciclo seguía girando.

La tensión volvía a construirse, lenta pero segura.

Y yo, todavía en la fase de luna de miel, seguía creyendo que podía cambiarlo

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