FERNANDO«Ahí viene, cruzando la calle», me hablé a mí mismo, mirando lo más disimuladamente posible por encima del hombro. Ella me gusta, me gusta mucho, pero soy incapaz de hablarle. Está más allá de mi alcance. Además, a Luis le gusta; a Luis y a casi todos mis amigos.El corazón casi se me detiene al verla caminar con tanta soltura, con ese atuendo totalmente nuevo en ella. Sus pies se entrecruzan con naturalidad, uno delante del otro, sin tambalear, meneando las caderas de un lado a otro, siguiendo una línea recta frente a ella.—¡Fa! ¡Mirá, ahí viene! —escucho que dicen Luis y Pablo, y todos los demás se voltean a verla.Yo hago el desentendido y bajo la cabeza, como si no me importara quién es. Al menos la indiferencia me sale bien actuada; de algo sirven las clases de teatro. Agacho la cabeza y, con el cabello tapándome el rostro, la observo sin ser visto. «Es linda», pienso, controlando mis palpitaciones. Avanza un par de metros más y ya no puedo verla. Ahora sí puedo levanta
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