Capítulo 32
Amanecimos enredados en los brazos del otro, mi cabeza apoyada en su pecho, escuchando el latir de su corazón. Aún duerme, y prefiero dejarlo un poco más. Me levanto en silencio y preparo el café. Hoy estamos solos: Pedro no está. Enciendo el horno y hago sus galletas favoritas, esas con sabor a limón.

El aroma lo despierta. Aparece en la cocina con una sonrisa que ilumina mi día, aún en ropa interior. Se acerca y me besa con las mismas ganas del primer día, y yo caigo otra vez en sus brazos,
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