Cayendo lento

Cayendo lentoES

Romance
Última actualización: 2026-06-01
Señorita Mimi   En proceso
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Resumen
Índice

El que diga que la apariencia no importa ha mentido de manera descarada y cruel, y Serena más que nadie lo sabe. La mayor parte de su vida ha estado sufriendo por el cómo se ve. Para su amargado jefe no es más que una gorda muy inteligente que por suerte alcanzo el estándar para obtener el empleo, para sus compañeros solo es la pobre mujer obesa que soporta el temperamento del imbécil de su jefe. Pero Serena sabe que ella, es más, es mucho más que una simple secretaria. Mucho más que una chica obesa, y claro, mucho más que la tonta, pobre e indefensa gorda que tiene que aguantar al monumental imbécil jefe que tiene. Esta más que dispuesta a probárselo a todos y cada uno de ellos. Ella es capaz de grandes cosas, solo le hace falta obtener la confianza necesaria para volar y no terminar cayendo lento.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Tengo hambre, mis tripas me indican que les estoy sobre exigiendo más de lo que pueden soportar. Un vacío doloroso se instala en mi estómago, recordándome que la última vez que probé bocado fue hace demasiadas horas. Pero me niego a ceder, menos viendo la cantidad de donas glaseadas y bollos dulces, aún tibios y despidiendo un insoportable aroma a azúcar y mantequilla, encima de mi escritorio. El muy desgraciado los dejó en recepción a propósito, sabiendo perfectamente que estoy intentando mantener la fuerza de voluntad. Es un juego psicológico cruel, una tortura silenciosa perfectamente calculada.

—No voy a caer —me repito a mi misma en susurros bajos, un mantra que ya suena gastado y que no parece surtir mucho efecto, puesto que mi estómago vuelve a crujir con un eco que me resulta vergonzoso en la quietud de la oficina.

—Pareces estar a punto de desfallecer, Serena.

Es el mismísimo demonio encarnado. No tengo la certeza absoluta de su origen místico, pero, sin embargo, no hay duda alguna de que lo sea. Se pavonea frente a mí con su rostro pétreo, esa máscara de frialdad que usa con todo el mundo, pero puedo jurar que veo un deje de diversión en el brillo de sus ojos cafés. Disfruta mi miseria, saborea mi resistencia a los dulces como si fuera su propio entretenimiento personal.

—Se equivoca, señor, estoy más animada que nunca —miento descaradamente, forzando una sonrisa profesional. Mi estómago parece contribuir un poco al quedarse callado un segundo, así que relajo un poco mi expresión, esperando que no note el temblor en mis manos.

—Eso espero. Si quieres morir, ten la decencia de avisarle a recursos humanos para que busquemos tu reemplazo a tiempo.

Desgraciado. Debería haber escupido en su café esta mañana. Es un pensamiento mezquino, pero el único que me reconforta en este momento.

—Gracias por la preocupación, señor —respondo, destilando un sarcasmo que él decide ignorar.

Aunque si me muero y voy al infierno, tengo la certeza de que no hará falta enviar ningún fax de notificación; el mismo Logan Hart estará allá abajo para recibirme en las puertas del averno. A lo mejor tiene la misma oficina elegante y minimalista allá abajo, dictando órdenes entre las llamas.

Me echa una mirada corta, evaluándome de arriba abajo con esa frialdad analítica suya, antes de partir de regreso a su despacho. Quien viera su comportamiento infantil y tiránico no diría que tiene treinta y seis años; su cuerpo también lo contradice, ya que su postura firme y sus hombros anchos indican tener unos veintisiete al menos. Se mantiene en una forma física impecable, lo cual solo hace que odiarlo sea un poco más difícil para las secretarias de la planta. Lo único que arruina todo el paquete es esa actitud de que todos le valemos m****a, algunos hasta más que otros. Y yo, claramente, estoy en el tope de su lista de desdenes.

Antes de poder mofarme de él a sus espaldas o hacerle una mueca, reaparece asomándose por la puerta de imprevisto. Mi corazón casi escapa de mi cuerpo, dando un vuelco violento contra mis costillas. Me salvé por poco de que me atrapara con los ojos entornados.

—Ah, y Serena —se detiene, sosteniendo el pomo de la puerta como si hubiera leído mi mente. Por cómo es, ya debió haber notado lo que hago apenas me da la espalda; tiene un sexto sentido para la insubordinación—. Hoy te toca hacer horas extra. Me quedaré hasta tarde y necesito que proceses los informes de auditoría.

Y regresa dentro, cerrando la puerta con un clic definitivo.

Y yo vuelvo a alzar mi dedo medio en dirección a donde está, con una punzada de rabia tiñéndome las mejillas. Lo maldigo a él y compadezco genuinamente a la mujer que tenga que soportarlo por más horas que yo en el futuro, si es que alguna vez existe alguien con la paciencia o el masoquismo necesario.

Las nueve con cuatro minutos de la noche. El reloj digital de la recepción parece avanzar a paso de tortuga, y el demonio aún no ha salido de su oficina. Tal vez actúa así porque cree que todos tenemos un auto último modelo esperándonos en el estacionamiento subterráneo con el que regresarnos a nuestra casa de forma segura. O ni siquiera eso; la verdad es que no le importa en lo más mínimo cómo tenga que regresar yo a mi hogar. Por suerte, tengo dinero ahorrado para un taxi; me da más terror ir en autobús a esta hora de la noche por estos rumbos de la ciudad que pagar la tarifa del taxi, la verdad. La oscuridad de las calles vacías no augura nada bueno.

Ya hace más de tres horas que terminó mi turno oficial y el inhumano de Logan Hart no da señales de salir ni de liberar mis responsabilidades por hoy.

Sintiéndome al borde del colapso, me levanto de mi lugar para ver si es mucho el trabajo que le queda pendiente. De ser el caso, prefiero llamarle a mi padre de una vez para avisarle que no me espere despierto y que cerraré con llave al llegar. Llego a la imponente puerta de madera de su oficina y toco suavemente con los nudillos. Nadie contesta. El silencio al otro lado es sepulcral. Vuelvo a intentar, golpeando un poco más fuerte. Nada otra vez.

Con extrema delicadeza, empujo la puerta intentando no hacer mucho ruido, pero el silencio del piso es tal que resulta imposible; mis tacones resuenan en el piso de madera pulida como martillazos. Cierro mis ojos con fuerza por un segundo, encogiéndome de hombros y esperando el inevitable regaño por irrumpir en su espacio personal sin autorización y… Nada. El silencio continúa.

Termino de entrar con paso vacilante, buscando al hombre con la mirada en algún lado del espacioso sitio. Lo encuentro finalmente metido detrás de su escritorio, profundamente dormido en su silla de cuero negro. Los papeles importantes que debió haber tenido en sus manos se encuentran ahora desparramados en el piso, formando un abanico blanco alrededor de sus pies. Tal vez mi cuerpo no sea el más ligero o el mejor para ser sigilosa, pero hasta ahora el sonido de mis pasos no lo ha despertado.

Me quedo de pie junto al escritorio, contemplando a Logan Hart dormido e indefenso. Sin esa expresión dura y de superioridad que siempre lleva, casi parece un ser humano normal. La tensión de su mandíbula ha desaparecido. Tal vez podría… Un impulso irracional y cargado de frustración me golpea. Aprieto mis puños regordetes, sintiendo la humillación de las horas extra y el hambre acumulada de todo el día. Inhalo y exhalo el aire atrapado en mis pulmones. Ya a esta hora podría estar descansando en mi cama, cenando algo caliente, así como él debería estar haciéndolo en su departamento. Su negligencia me está costando el sueño.

Cuento hasta tres mentalmente. Respiro profundo, intentando que la lógica domine mis acciones, pero mi cerebro cansado no procesa todo como lo haría estando recién descansado. El cansancio borra mis filtros de prudencia. Me lo pienso un poco más, mirando su mejilla expuesta. Me encojo de hombros; al diablo las consecuencias, ya no hay vuelta atrás.

Mi mano se estampa con poca fuerza, pero con la suficiente firmeza, sobre su mejilla. El eco de la bofetada resuena nítido en el espacio cerrado de la oficina. Mi respiración se corta al instante, el pánico congelándome la sangre cuando él se remueve bruscamente, soltando un gruñido vago y llevando su propia mano de manera instintiva a la zona afectada, que empieza a teñirse de un leve tono rosado. Sin embargo, para mi absoluto asombro, no abre los ojos. No despierta.

En cambio, su mano libre se mueve con rapidez, llegando a alcanzar mi muñeca, la cual yo aún tenía alzada por la inercia del golpe. Tira de mí hacia él con una fuerza sorprendente para alguien que está inconsciente. Mi corazón se acelera a un ritmo frenético, un vuelco de puro terror me sacude cuando pierdo el equilibrio y caigo sentada directamente encima de sus piernas. El contacto es firme y la cercanía es abrumadora. Pensé que si el golpe no lo había despertado, definitivamente el impacto de mi peso sobre él sí lo va a hacer. Me preparo mentalmente para el grito, para la furia de mi jefe y el inminente despido, sin embargo, este hombre parece tener un sueño mucho más pesado e intratable de lo que jamás creí. Es una sorpresa mayúscula que no hubiese despertado con la cachetada, ¿pero con mi peso encima sobre él? Eso sí es un puro milagro de la física o un cansancio extremo que roza el coma.

—No te vayas, por favor —murmura entre sueños, con una voz ronca y una vulnerabilidad que jamás le había escuchado. Su agarre en mi muñeca se afloja un poco, volviéndose más un ruego que una imposición.

Yo no me hago de esperar ni me quedo a descifrar a quién va dirigido ese ruego. El pánico me devuelve la agilidad. Aprovecho inmediatamente que no ha abierto los ojos para zafar mi brazo de su agarre con un tirón limpio y ponerme en pie de un salto.

Me marcho de la oficina a paso apresurado, sintiendo que voy como alma que lleva el diablo por el pasillo alfombrado. Que me grite mañana todo lo que él quiera, que busque videos de seguridad o que me exija explicaciones, pero no me voy a quedar aquí a esperar que despierte para que vea la marca que tiene en la mejilla y me descubra en una posición tan comprometedora. Después de todo, mi jornada laboral oficial terminó muchas horas atrás y ya he cumplido con creces. Llego a mi escritorio en la recepción, tomo mi bolso con rapidez junto con la caja de donas que habían quedado intactas, marchando a paso veloz hasta el ascensor. Presiono el botón repetidamente, rezando para que las puertas se abran antes de que el demonio despierte de su letargo.

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