Es mi turno de emocionarme por un amor. A lo lejos veo llegar a Ray junto a su hijo, de la mano. Charlan animadamente, y desde aquí alcanzo a distinguir su gran sonrisa. No llego a ver sus comisuras del todo, pero sé que están ahí, dibujadas como siempre, y eso basta para que me deslumbre. Debo verme estúpido, perdido en ella, porque siento cómo mi rostro se curva en una sonrisa idiota, fija, hipnotizada.
–Papá… papá –escucho la voz de Alex–. Papá, ya voy a entrar con mis amigos.
–Sí, perdón…