Preparo la cena, como todos los días. Acomodo la ropa limpia recién sacada de la secadora, ayudo a Pedro con sus tareas. Igual que siempre. Aquí la rutina no ha cambiado, aunque yo sí lo haya hecho.
Pasadas las nueve llega mi esposo: cabizbajo, cansado… pero extraño. Lo saludo al entrar, pero apenas me responde. Noto que algo sucede, aunque no lo diga. Alza a Pedro en brazos y lo besa amorosamente —al menos para él sí hay sonrisas—.
Dejo que se quite la ropa de trabajo sin decir nada, y ce