Capítulo 30

Preparo la cena, como todos los días. Acomodo la ropa limpia recién sacada de la secadora, ayudo a Pedro con sus tareas. Igual que siempre. Aquí la rutina no ha cambiado, aunque yo sí lo haya hecho.

Pasadas las nueve llega mi esposo: cabizbajo, cansado… pero extraño. Lo saludo al entrar, pero apenas me responde. Noto que algo sucede, aunque no lo diga. Alza a Pedro en brazos y lo besa amorosamente —al menos para él sí hay sonrisas—.

Dejo que se quite la ropa de trabajo sin decir nada, y cenamos en silencio. El aire se siente pesado, como si hubiera mucho por decir pero algo nos detuviera. Yo sé que tengo que hablar, pero no delante de Pedro.

—Tengo algo que decirte, Juan —le digo en voz baja, apenas nuestro hijo se va a dormir.

—Sí… también yo —responde, agachando la cabeza, preocupado y algo nervioso.

—Está bien, primero tú —le digo, ganando un poco más de coraje.

—Ray… sabes que no estamos bien hace mucho —me toma por sorpresa—. Hace un tiempo conocí a alguien…

No sé si enojarme o estar feliz.

—¿Cómo que conociste a alguien? No entiendo… ¿por qué no dijiste nada antes? —le pregunto con total calma.

—Es que… no sé, no quería lastimarte. Pero ahora que tienes tu trabajo, y te veo bien, creo que separarnos es lo mejor… para ambos.

—Ay, Juan —río suavemente ante su mirada atónita.

—¿Por qué te ríes? —pregunta, sin entender si es por nervios o por algo más.

—También yo. Pero no sabía cómo decirlo… o cómo reaccionarías.

—¿Tú qué? —pregunta, con el ego herido.

—También conocí a alguien. O más bien… lo reencontré.

Se levanta con rabia de la silla, camina unos pasos y vuelve. Me acusa con el dedo, aunque no dice nada.

¿Qué derecho tiene de acusarme por lo mismo que él hizo?

—Eres… eres… —balbucea, sin terminar la frase.

—¿Eres qué? ¿Acaso no estás diciendo que estás con alguien más desde hace tiempo? Al menos yo no lo dejé pasar: vine a confrontarte. ¡Pero oh, sorpresa!... No puedo juzgarte, pero tampoco lo hagas tú conmigo —respondo, con ira contenida.

Vuelve a sentarse frente a mí, más calmado.

—Tienes razón —dice al fin, posando su mano en mi mejilla.

Charlamos tranquilos, como dos adultos que alguna vez se amaron más de lo que pueden recordarlo ahora. Ninguno preguntó nombres. No hacía falta. Había un respeto silencioso, un reconocimiento mutuo de que lo nuestro se había gastado sin querer, como una tela que el tiempo deshilacha sin que se note.

Buscamos soluciones, no culpables. Pensamos en Pedro, en cómo hacer que su mundo no se desmorone. Él se iría unos días más tarde, y entre los dos trazamos un acuerdo simple: seguir siendo padres, aunque ya no fuéramos pareja. Sin gritos, sin reclamos, sin esas ruinas que dejan las guerras inútiles.

Cuando cerró la puerta de la habitación esa noche, me quedé un largo rato en la mesa, mirando los platos vacíos, escuchando el tic tac del reloj. No sentí tristeza. Tampoco alivio. Solo la certeza de que, de algún modo, ambos habíamos hecho lo correcto.

Al final, Ethel tenía razón…

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App