Mundo ficciónIniciar sesión–¡Hey! –grita y alza la mano llamando a alguien a lo lejos–. ¡Rafa, Nando!
Me quiero morir, justo a él… La verdad es que sí quiero que se acerque; mi cara dice una cosa, pero mi corazón dice lo contrario. Bajo la mirada indiferente y aprieto los labios a la vez que suspiro. No sé cómo reaccionar si es que viene. Sin levantar la cabeza, miro hacia un lado y veo la emoción de Sabrina al observar a su amor platónico acercarse. Creo que ha estado enamorada de Rafa desde la primera vez que lo vio, cuando ella estaba en kínder y él en primer grado. Por otro lado, Dani observa con decepción, pues no ve que Pablo esté cerca; a ella le gusta el morocho de pelo largo y delgado, de ojos negros. –Hola –escucho voces al unísono saludar frente a nosotros, aunque una más tímida que la otra–. ¿Qué hacés, Luis? ¿Nuevas amigas? –pregunta Rafa con una risita que derrite a Sabrina. –Hola –responde ella, nerviosa, con la voz casi temblorosa mientras se pierde en sus ojos azules. –Hola –le responde él, sonriéndole solo a ella. –¿Festejando? –pregunta Nando, dirigiéndose a mí. –Por supuesto… –respondo cortante, irguiendo la cabeza y dirigiendo la mirada hacia él, pero vuelvo a bajarla de inmediato. –¿Festejo? ¿Por qué? –pregunta Luis, curioso–. ¿Se conocen? –Salvé mi último examen hoy –le respondo–, y casualmente estábamos en la misma mesa de exámenes. La tensión que hay entre los dos es muy notoria. –Mmm… –murmura Dani, casi devorando con la voz al detectar la presencia del morocho que se encamina en nuestra dirección. Formamos una ronda improvisada todos sobre el césped, bajo la luz de la luna y las luminarias de la plaza. Ponemos los cigarrillos y el encendedor en el medio para compartir, y los chicos traen unas cervezas en lata que pasamos de unos a otros, tomando un par de sorbos cada uno. Nando se ha sentado a mi lado, mientras que Luis se encuentra frente a mí. Pablo se ubicó a un lado de Luis y Rafa, por defecto, quedó junto a Sabrina. Las miradas entre Dani y Pablo eran más que evidentes; ella lo mira y muerde su labio de tanto en tanto, provocándolo. Nos reímos y hacemos tonterías, entre risas y frases provocadoras que invitan a alejarse de allí en busca de un lugar oscuro para besarse sin tabú. Me encuentro en una encrucijada, entre la espada y la pared, como dice el dicho. Luis lanza indirectas que más que eso son directísimas, y a mi lado Fernando se hace el tonto, buscando hacerme reír para que no caiga en los brazos de ese musculoso, sexy y seductor amigo suyo. «Jugátela, amigo…» pensaba, mirándolo insistente. Pero él prefirió ser leal a su amigo sin importar nada más. Pensándolo bien, creo que es un acto valiente anteponer la amistad; yo hubiera hecho lo mismo también… pero… ¿y yo? ¿Yo no cuento? ¿No importa lo que yo quiera? Pasadas las once, nosotros seguíamos con charlas existenciales y todas esas cuestiones tontas de los adolescentes. –Voy al baño –dijo Sabrina, poniéndose en pie y sacudiendo su trasero con las manos, a la vez que le sonreía a Rafa. Y no tuvo que decir nada más: era más que obvio que no era precisamente al baño donde iba. Casi de inmediato, es Daniela quien hace lo mismo, y yo quedo allí como payaso sin gracia. Pintada… –Bueno… creo que me voy… –digo, amagando a ponerme en pie. –No… quédate un ratito más –escucho decir a Luis, que estira la mano para sujetar la mía. Miro mi mano tomada por la de él y luego, a mi derecha, disimuladamente, noto la mirada suplicante pero tímida de Nando, que me pide sin hablar que no me vaya, apretando los labios con los dientes para evitar decir lo que yo tanto quiero escuchar. –Está bien… –vuelvo a acomodarme sobre el césped, pero ahora en una posición más cómoda, casi acostada sobre un lado, sosteniendo mi cuerpo con el antebrazo derecho. Quería aparentar soltura y despreocupación, pero me sentía totalmente frustrada y un tanto enojada con mis “amigas”; me habían dejado en una horrible situación. Tampoco era que me iba a ir a mi casa: juntas salimos y juntas volvemos, y pobre de nosotras que no fuera así y nos descubrieran. Quedamos en un silencio incómodo por unos minutos, hasta que comencé a reír sola, de la nada. Ambos me miraron desconcertados, preguntando cuál era la causa de ello. –¡Sabrina! –dije–. Por fin se le dio… –¡Porque no le dio bola a Rafa antes! –exclamó Nando, y lo miré cuestionando, confundida–. Rafa hace rato que la busca, pero ella ni la hora. –¿En serio? Son bien raros los chicos… –negué con mi cabeza y no dije más. Ellos creen que nosotras tenemos que leer la mente. Otra vez el silencio incómodo. Estiré mi mano al centro para tomar un cigarro, chocando con la mano de Fernando, que también quiso hacer lo mismo. El roce hizo sentir una corriente por todo mi brazo, erizándome la piel. Sacamos las manos a la vez, nuevamente mirándonos a los ojos sin decir nada. Volví a tomar la caja de cigarros, evitando volver a verlo a los ojos, avergonzada, solo para encontrarla vacía. –Parece que nadie va a fumar más… –dije con una sonrisa fingida y temblorosa, sacudiendo la caja vacía. –Podemos ir por más –sugirió Luis, haciendo señas con sus ojos a Nando para que se fuera y nos dejara solos. Él cree que no lo vi. –Por mí está bien, no es necesario –respondo. –No… está bien… yo voy… –responde, aceptando lo que Luis pide. «No te vayas», suplico en mi mente, y creo que si supiera leer mis ojos se habría dado cuenta. Lo sigo con la mirada sin alertar a mi ahora acompañante, hasta que lo vi llegar a la esquina donde se encuentra el kiosco más cercano, que aún está abierto a pesar de que es más de medianoche. –Bueno… –inhalo–, me voy, mañana toca madrugar –exhalo al ponerme en pie. –Pero… –no lo dejé terminar de hablar. –Mañana tengo que viajar, quédate a esperar a tu amigo y, si ves a las mías, deciles que me fui a casa, ¿sí? –me despido con un beso en la mejilla, esquivando su boca que trató de besarme. –Pero te acompaño… –se ofreció. –No, gracias, espera a tu amigo –digo mientras me voy. Apuré el paso hasta llegar a un punto oscuro de la calle. La luz de mercurio que se encontraba en la esquina, dos calles abajo, estaba rota hacía bastante tiempo. Me senté en el cordón de la vereda, apoyada contra el tronco de un gran árbol de paraíso que tiene más años que yo. Me quedé allí por media hora o poco más, esperando a mis amigas que regresarían. Por suerte no fue tanto tiempo, aunque, sola y aburrida, sin cigarrillos y decepcionada por mi poca suerte, pareció eterno. «Bueno, al menos la tonta facilona de Mary no se apareció», pensaba agradecida; al menos algo había salido bien para mí. —Llegamos… —dice Sabrina, que viene entre nubes, toda feliz. Sabemos que, cuando alguna “situación” acontece para una de nosotras, las demás tenemos que esperar en este mismo lugar para regresar todas juntas. —¡Por fin! —exclamo aliviada—. ¡Ahora contá…! —le ruego, esperando su emocionante relato. —Es un divino… —dice toda derretida de amor—. Es, es… es un amor. Estoy súper enamorada de él. Sus ojos tenían un brillo especial, ese que solo logran las lágrimas de felicidad. Relato de Sabrina —Es un tierno, tímido pero gracioso. Me hizo reír mucho. Al principio pensé que nunca iba a pasar nada porque era un chiste tras otro y otro; decía bobadas, prendía un cigarro y me invitaba con otro. Yo ya me veía como la amiga que solo queda en eso, una amiga. Pero… de repente… se quedó en silencio por unos segundos y me miró apretando la boca, como quien no quiere hacer o decir algo de lo que podría arrepentirse. Estiró su mano y la puso en mi mejilla con suavidad, acariciando con su dedo pulgar lentamente, sin sacar su mirada de la mía. Se hacercó despacio, pero decidido, y me besó. ¡Ay… me besó! —exclama emocionada, dando pequeños brincos—. ¡No lo puedo creer! Y besa tan lindo… Y después me preguntó si quería ser su novia. Obvio que le dije que sí. Me arden los labios de tanto besarlo… —Yo me cogí a Pablo —suelta Daniela, cortando el momento de dulzura. Sabri y yo largamos una carcajada, carraspeando la garganta. Así es Dani, ella es única. Ella era la única que no era virgen de las tres; había perdido su virginidad a los 14 años y medio con un chico de 17 que le gustaba mucho y que le rompió el corazón luego de robarle la inocencia. Sufrió mucho por casi un año, hasta que dijo ¡basta!. —Y yo… las odio —les dije, negando con la cabeza y ladeando la sonrisa—. Me dejaron sola. —Sola no… —responden torciendo la boca y negando a la vez—. Estabas con Nando… —Y con Luis, no se olviden —respondo—. Me dejaron con Luis, que quería comerme con la mirada, ya que no le di oportunidad de hacerlo literalmente, y con un Nando que es más fiel a su amigo que a él mismo, y por más que lo intenté, no logró descifrar lo que yo quería. Así que aquí estoy, sola esperando a mis malas amigas —hago un puchero. POV Nando —¡Puta vida! —maldigo—. «Doy un paso adelante y cincuenta hacia atrás. Así ya es mejor olvidar la estúpida idea de intentar acercarme a ella, al menos como yo quiero», pienso mientras voy en busca de cigarros. Estoy enojado conmigo mismo, con Luis, con Mery y con ella. Sí, con ella también, porque no me presta atención, porque ella me gusta, porque… porque yo la quiero y ella a mí no. —Hola, amigo, ¿me das una cajilla de cigarros? —pido al chico que atiende el kiosco a esta hora y giro para ver dónde están Luis y Ray a lo lejos, esperando que él no se le haya abalanzado y la esté besando. Para mi sorpresa, veo cómo Ray se aleja caminando en dirección opuesta, verticalmente a la mía. Parece que se va a su casa, supongo. Solo espero que no haya pasado nada malo con Luis o… ¿tal vez eso sí estaría bien? ¡No! —grito para mis adentros—. No tuve oportunidad de saber dónde va a estar este tiempo de vacaciones, solo sé que se va y nada más. ¿Y si se va al Caribe, o a Alaska, o qué m****a sé yo dónde? Lo único que sé es que se va, y no la voy a ver por tres meses, y eso me duele. Una leve sonrisa se me dibuja en el rostro sin quererlo. Me creé mil imágenes que odié en mi mente; todas tenían a Luis y Ray de protagonistas, y las odiaba totalmente. Todas y cada una de ellas. Me apresuro para llegar donde Luis nuevamente y tratar de averiguar qué pasó y si sabe algo de su viaje, sin levantar sospechas de mis sentimientos hacia ella delante de mi amigo. —¿Te dejaron solo? —pregunto en afirmación—. ¿Qué pasó, te declaraste… o al menos la besaste? —espero que no, pero simulo lo contrario. —¡Nah! No me dio ni tiempo —se encoge de hombros—. O sea, no la quise atosigar y, cuando quise acercarme, ya se había puesto de pie para irse, por más que quise insistir… —golpea suave sobre el césped con su puño, desanimadamente. —Bueno, mañana tal vez… ya verás —trato de saber si le mencionó algo sobre su viaje. —Sí, tal vez mañana —hace una mueca, ladeando la boca y alzando un hombro—… mañana será otro día, si es que la veo. Dijo que tenía que viajar, pero no dijo si volvía en el día. Parece que no le dijo nada de sus vacaciones. Le acerco la caja de cigarros para que tome uno sin decir nada. Quedamos así en silencio por unos minutos más, fumando y compartiendo otra lata de cerveza que traje, hasta que vemos regresar a Pablo y Rafa junto a las chicas. —¿Y Ray? —preguntan ellas a la vez cuando llegan hasta donde nos encontramos. —Dijo que se debía ir y que les avisara a ustedes —responde Luis, cabizbajo. —Ah, bien, entonces nos vamos —dicen. —Quedate un rato más —le pide melosamente Rafa a Sabrina, su ahora novia. —No puedo, pero nos vemos mañana, ¿sí? —responde esta, dándole un tierno y escueto beso en los labios. Ahí entiendo que ellas no irán con Ray de vacaciones, pero mañana tal vez pueda conseguir información. Pablo, apenas llegó, se sentó junto a nosotros y encendió un cigarro sin prestarle más atención a Daniela, que parece no importarle, mientras espera de brazos cruzados a que su amiga termine de despedirse.






