Capítulo 29

— La heriste. No sé cómo… pero ella te ama —me acusa Ethel.

— ¿Cómo? —pregunto incrédulo.

— Fernando… —mueve la cabeza de un lado a otro— sabes de qué hablo.

No tenía idea de cómo lo sabía, de cómo se había enterado de que sus lágrimas eran por mí, pero ella lo sabía.

— Querido… —prosiguió con un suave suspiro— lo supuse desde que la presentaste como mi sucesora. Podía ver la luz en sus ojos tanto como en los tuyos. Se sentía de lejos lo que las palabras callaban.

— Ethel… eres una bruja, ¿sabes?

— Claro que sí. Quien no lo sabía eras tú —se ríe burlona.

¿Tan mal se sentía? ¿Era tanto el daño que le había causado? No logro entender cómo amar puede doler tanto y, aun así, seguir siendo amor.

Decidí que no la dejaría sola, aunque ella lo hubiera pedido. Era un problema de ambos y debíamos resolverlo juntos. Cualquiera fuera el desenlace, lo afrontaría a su lado.

Golpeé la puerta del taller para anunciarme; no sé por qué lo hice, si antes nunca lo hacía, pero creo que esta vez era lo correcto. Me acerqué como amigo, preparé un café para ambos y la invité a sentarnos para conversar.

— Mírame a los ojos —llamé su atención y puse mi mano sobre la suya, encima de la mesa—. Te amé desde el primer día, cuando te vi llegar tímida, con la falda hasta las rodillas y la camisa blanca del uniforme. Llevabas el cabello atado en una trenza y el flequillo alborotado. Recuerdo tu rostro confundido, pero firme, el de alguien que impone su presencia. Y lo supe… Creí que sería capaz de todo por ti, pero no lo hice en aquel entonces. Ahora sé que soy capaz, y lo haré.

— ¿Por qué debió pasar tanto? —responde conteniendo el llanto.

— No lo sé, pero ya no importa. Ahora estamos aquí, y eso es lo que debemos afrontar.

— Para ti es fácil… tú estás solo —los labios le temblaban y los ojos se empañaban.

— No es fácil, porque para ti no lo es, y eso me duele aún más. ¿Quieres que me vaya? Lo haré. ¿Quieres que desaparezca? También. Solo dime qué quieres…

— ¡No lo sé! —exclama—. No lo sé —repite, más suave, con las lágrimas a punto de explotar.

— Está bien.

— No, no lo está. Te amo, y eso no va a cambiar nunca. Pero… —el miedo se instaló en mí al escuchar ese “pero”— debo dejar a mi esposo. No es justo para él… ni para mí.

— Es lo correcto —traté de no sonar demasiado emocionado, pero lo estaba.

— ¿Y qué pasará con nosotros? —pregunta incrédula.

— ¿Cómo que qué pasará? Lo que siempre debió ser, si tú lo quieres.

Solo sonrió y apretó mi mano, asintiendo en silencio. Ya estaba todo dicho. Era momento de hacerle caso al destino: habíamos desaprovechado demasiados años, demasiadas vidas.

Me incliné sobre la mesa y besé con dulzura sus labios salados por las lágrimas. Limpié su rostro y acomodé un mechón de cabello detrás de su oreja. La miré detenidamente, perdido en su mirada; incluso ahora podía hipnotizarme sin saberlo.

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