— La heriste. No sé cómo… pero ella te ama —me acusa Ethel.
— ¿Cómo? —pregunto incrédulo.
— Fernando… —mueve la cabeza de un lado a otro— sabes de qué hablo.
No tenía idea de cómo lo sabía, de cómo se había enterado de que sus lágrimas eran por mí, pero ella lo sabía.
— Querido… —prosiguió con un suave suspiro— lo supuse desde que la presentaste como mi sucesora. Podía ver la luz en sus ojos tanto como en los tuyos. Se sentía de lejos lo que las palabras callaban.
— Ethel… eres un