Mundo ficciónIniciar sesiónDiciembre 1994
A concentrarse en lo importante… tengo que armar los bolsos para arrancar tempranito. Alexandra, mi prima, ya me espera ansiosa. «Serán tres meses repletos de cualquier cosa que no tenga que ver con ya sabes quién», me repito mentalmente. «¿Por qué me está doliendo tanto?» —¡Ah! —exclamo sacudiendo la cabeza. —¿Todo bien? —pregunta mi padre, que acaba de llegar del trabajo. —Hola, papi, sí, todo bien, es que tengo que elegir qué llevar en la maleta —respondo tirando la cabeza hacia atrás, resignada. —Felicidades, ya me enteré que salvaste el último examen. ¿Ves que no era difícil? ¿No te parece que era mejor ponerle un poquito de ganas durante el año? —me increpa, pero no le sale ser el papá rezongón, no con su princesa. —Sí, papá —volteo los ojos en redondo, desganada. —Ya veo que no puedo contigo. Va, va, va, termina de empacar —sabe que no hay forma de hacerme entender. —Papi… ¿puedo salir esta noche con mis amigas? —hago un puchero y pongo cara de borrego degollado. —¿Y no te vas mañana temprano? —Sí, pero me quiero despedir de ellas… además voy a celebrar que ahora sí aprobé el grado. —Bueno, pero no vengas demasiado tarde y… nada de alcohol —enarca una ceja, advirtiendo. —¡Gracias, pá! —lo abrazo agradecida. Bajo las escaleras corriendo y llego hasta la mesita del teléfono, en una esquina del living. Tomo el tubo y marco 02465677. Escucho tres tonos antes de que alguien responda. —Aló —responde una voz conocida. —¡Dani! Soy yo, me dieron permiso. Llama a Sabrina, nos vemos en dos horas, ¿okey? —hablo con prisa. —Okey. Nos vemos —cuelga al mismo tiempo que yo. Voy a la cocina, saco de la heladera la leche, busco en el armario la cocoa y el azúcar. De otro mueble tomo una taza y una cuchara chica. Coloco cuatro cucharadas de azúcar y otras cuatro de cocoa, echo un pequeño chorrito de leche para revolver bien y formar una pasta chocolatosa sin grumos. Después agrego el resto de la leche fría hasta casi colmar la taza y revuelvo otro poco. —¡Excelente! Qué rico —hablo sola. Busco unas galletas dulces que mamá había comprado y me siento en la mesa del patio a merendar mientras hojeo una revista de chimentos. Paso las páginas buscando fotos de mis cantantes y actores favoritos, que recorto para pegar en la pared de mi dormitorio. Ya casi la tengo repleta: Patrick Swayze, Jean-Claude Van Damme (amo a Jean-Claude), Guns N’ Roses, Madonna, The Doors y otros tantos más. Algunos actores ni los conozco, pero son lindos, así que merecen un lugar en mi pared. «El día que tengamos que pintar, vas a tener que arrancar todo», me dice mamá, pero yo no le hago caso. La hija de una amiga de ella tiene una placa de espuma plástica donde coloca recortes con alfileres, pero a mí me gusta mucho más así, pegado con cola vinílica. Termino de merendar y subo a mi dormitorio. Primero busco la cola vinílica en el escritorio y pego los recortes nuevos, cada cual en el lugar que ya tenía reservado. Ahora sí: saco mis jeans negros rasgados por mis hábiles tijeras a la altura de las rodillas. También hay un pequeño corte debajo del bolsillo trasero, desgastado para simular uso. Tampoco soy tan audaz como para hacerle los cortes grandes que dejan ver demasiada piel. Saco mis botas de lona All Star color celeste jean oscuro, una remera de The Doors blanca pintada a mano por mi hermana y, como abrigo, una camisa de manga larga a cuadros marrón clarito que era de mi abuelo. Obvio, mi ropa interior negra de algodón. Me encierro en el baño de arriba y paso tranca a la puerta. Es vieja, sin pestillo, y solo se cierra con un pasador. Tiene dos: uno del lado de adentro y otro del de afuera. Cuando nos peleamos con mis hermanas, solemos pasar tranca desde afuera y dejar encerrada a la que está dentro. A veces lo hacemos solo por bromear: de repente te estás bañando y, sin hacer ruido, alguna te pasa tranca; después salís a los gritos para que te abran. Otras veces soy yo la que lo hago y las dejo gritando un rato. Eso sí, no cuando están mamá y papá, porque sino viene el rezongo detrás. Me meto bajo la ducha caliente. Aunque es verano, el agua tiene que ser bien caliente; agua fría ya habrá en la playa. Lavo mi cabello largo mientras canto a todo pulmón Roadhouse Blues de The Doors, seguida de Sweet Dreams de Eurythmics, y le meto algún It’s My Life de Dr. Alban. Obvio no puede faltar Fabi Cantilo con Mi enfermedad. «Estoy perdida porque el mundo me hizo así, no puedo cambiar, soy el remedio sin receta y tu amor mi enfermedad…» No puedo contener las lágrimas mientras canto estas frases con sentimiento. Sí, mi baño es mi mejor escenario para la cantante frustrada que llevo dentro. Termino cuando ya no queda agua caliente en el calefón y salgo envuelta en toallas. En mi dormitorio me visto y seco mi cabello con la toalla. Lo cepillo bien para desenredarlo y lo dejo secar al natural. Después de vestirme y atar la camisa alrededor de la cintura, me pongo frente al espejo y paso un poco de labial marrón en mis labios. ¡Listo! Ya estoy pronta para salir. –¡Me voy! –grito mientras bajo las escaleras. –Ray, ven –me llama mi padre desde su habitación–. Nada de “me voy”, venís hasta acá y nos das un beso a mamá y a mí antes de salir. Volteo los ojos y, con un gesto cansino, me dirijo hasta donde se encuentran. –Ya sabes… –Nada de alcohol… –termino la frase por él–. Lo sé, papá. Me despido con un beso de ambos y salgo como rayo del dormitorio. Bajo las escaleras corriendo de dos en dos escalones, paso por la cocina y tomo dos cigarrillos de la caja que dejó mamá olvidada encima de la mesada. Me llevaría todos, pero cuando recuerde que los dejó ahí vendrá a buscarlos. Dos cigarrillos no harán notar la falta, pero más ya sería abuso, y obvio, la potencial sospechosa sería yo. Los guardo en el bolsillo de la camisa que llevo atada a la cintura, junto a un encendedor que tomé de la alacena. De esos hay un montón y siempre se están tirando y reponiendo. Camino dos cuadras y media hasta llegar a casa de Daniela. Luego pasaremos a buscar a Sabrina, que vive media cuadra más allá. –Hola Sharon, ¿está lista Dani? –pregunto a su madre apenas abre la puerta de entrada. –Hola, Rayhan querida, pasa –me invita y cierra la puerta tras de mí–. ¡Daniela! Llegó Ray –grita para llamarla–. Pasa, querida, está en su dormitorio. –Gracias –respondo mientras avanzo. –¡Vamos! –golpeo la puerta y me anuncio antes de entrar. –¡Ya, ya, ya! –exclama, terminando de pasarse labial. A diferencia de mí, ella usa rojo victoria. –Apresúrate, tenemos que ir por Sabrina. Sabes que ella no tiene permiso aún y toca convencer a su mamá –la apuro, porque si no, se va a querer poner más maquillaje y no tenemos tiempo. –Qué pesada –me hace muecas–. Vamos… –esboza una sonrisa a la vez que toma su chaqueta de jean. Luego de despedirnos de Sharon salimos rumbo a casa de Sabrina, a tan solo unos cincuenta metros más adelante. Golpeamos la puerta y, tal como lo habíamos planeado por teléfono, Sabrina se queda en su habitación para que sea su madre quien abra la puerta. Así la abordamos de una para convencerla y sacar permiso. –Hola, ¿está Sabrina? –decimos al unísono. –¿A dónde tienen pensado ir? –nos interroga Aurora, que ya imagina la razón de nuestra visita–. Hoy es lunes… –mueve la cabeza negando. –¡Ay, Aurorita! Queremos ir a celebrar que ahora sí todas pasamos de grado –le hacemos pucheros con la boca y ponemos nuestras manos suplicando. –Bueno… está bien, pero… –hoy está de buenas y no nos cuesta tanto convencerla– nada de portarse mal, ¿eh? –advierte. –Prometido –cruzamos los dedos detrás de la espalda, pues no estamos seguras de poder prometer nada. –Pasen… –nos señala en dirección al dormitorio. Entramos casi corriendo, emocionadas, hasta la habitación de Sabrina que nos espera con la puerta apenas entreabierta, porque estaba escuchando, obviamente. Toda emocionada nos abre y da pequeños saltos de alegría. Ya está casi lista. Quita su camiseta oversize que usa para dormir y debajo lleva un pantalón palazo de vívidos colores, cual cuadro abstracto. Encima, una musculosa top color negro ajustada al cuerpo y en los pies sus All Star blancas. Lo único que falta es el maquillaje: un labial negro, delineado cat eyes, obviamente negro, y máscara de pestañas. ¡Lista, es una bomba sexy! –Ha sido súper fácil convencerla –no puede creerlo y está muy emocionada. Aurora es la más estricta de todas las madres, pero creo que de a poco se está volviendo más blanda. ¿Será porque se está poniendo vieja? Mejor que no nos escuche decir eso, porque se enfadaría mucho con lo coqueta que es. La plaza está abarrotada de personas, como siempre cuando empiezan los calores y los días más largos. No importa qué día de la semana sea, la plaza se llena. Es lindo ver todo ese movimiento de gente: algunos con niños que juegan corriendo de un lado a otro, parejas de enamorados que se sientan en los bancos acurrucados como torcasas demostrando su amor a todos los que pasan, y otros en grupos de amigos tomando alguna cerveza o simplemente fumando. Y es ahí, donde mis ojos se clavan aun sin quererlo, busco un rostro conocido entre la muchedumbre. Uno que no me cansaré nunca de buscar entre tantos y tantos. Veo que alguien se acerca de a poco. Viene caminando en nuestra dirección. Nosotras nos encontramos sentadas en el cantero lateral derecho, sobre el césped. –Mira, es el bombonazo de Luis –escucho susurrar a las chicas. –¿Está viniendo para acá? –pregunto. –Sí… –susurran, temblándoles la voz y con risitas nerviosas. –¿Pero… para acá, acá? –no caía en cuenta. –No miren, disimulen –dice Sabrina, haciéndose la desentendida, mirando para abajo y jugando tontamente con el césped. Por más que no mirara, sentía esa vibra. Sentía la cercanía y sus ojos fijos en mí. «Que no venga, que no venga», deseaba en mi mente mientras cruzaba los dedos pidiendo que no viniera a hablarme. El corazón se me aceleraba recordando las palabras de Nando: “Le gustas a Luis”, y no quería que fuera así. Me ponía incómoda con solo pensarlo. En los altavoces se escucha cantar a Los Pericos con el tema Runaway, y es justo lo que quisiera hacer en este momento. –Hola –dice, parado frente a nosotras con una sonrisa de oreja a oreja. –Hola –respondemos a la vez, mirando hacia arriba. –¿Puedo sentarme un rato con ustedes? –Si quieres… –respondo encogiéndome de hombros. –¡Claro! –exclaman las chicas muy efusivamente, a la vez que yo les lanzo una mirada matadora. –Las he visto muchas veces. Mi nombre es… –Daniela lo interrumpe. –Luis… lo sabemos. –¿Ah, sí? –Claro, todo el mundo lo sabe –ladeo la cabeza, restando importancia. –¿Ah, y eso por qué? –pregunta, abriendo grande los ojos. –Pues… todo el mundo conoce a la bandita de chicos –Sabrina interrumpe. –¡Guapos! –Daniela lo suelta, y yo la quiero matar con la mirada. –Ah, ya… –ríe con un brillo pícaro en sus ojos, y su mirada se encuentra con la mía. Se queda charlando sentado sobre el césped, al igual que nosotras. Se relaja luego de un rato, todos lo hacemos. La charla fluye amena. Es lindo, sí que lo es. Su cuerpo está trabajado en el gimnasio; la remera blanca que lleva delata sus abdominales pegándose al cuerpo. Es simpático y también gracioso. Se reclina sobre el césped, apoyado en un costado, con su brazo firme en el suelo y una pierna doblada en arco con la rodilla apuntando al cielo. Su torso queda levemente enfrentado a mí, que tímidamente lo observo simulando indiferencia. «Te escucho, pero no te veo», pienso repetidamente, tratando de negar lo bien que se ve. El muy desgraciado sabe que es irresistible y busca llamar mi atención cada que puede: muerde su labio o pasa su mano por el sedoso cabello que cae como una cortina de lluvia por su frente.






