FERNANDO
«Ahí viene, cruzando la calle», me hablé a mí mismo, mirando lo más disimuladamente posible por encima del hombro. Ella me gusta, me gusta mucho, pero soy incapaz de hablarle. Está más allá de mi alcance. Además, a Luis le gusta; a Luis y a casi todos mis amigos.
El corazón casi se me detiene al verla caminar con tanta soltura, con ese atuendo totalmente nuevo en ella. Sus pies se entrecruzan con naturalidad, uno delante del otro, sin tambalear, meneando las caderas de un lado a otro, siguiendo una línea recta frente a ella.
—¡Fa! ¡Mirá, ahí viene! —escucho que dicen Luis y Pablo, y todos los demás se voltean a verla.
Yo hago el desentendido y bajo la cabeza, como si no me importara quién es. Al menos la indiferencia me sale bien actuada; de algo sirven las clases de teatro. Agacho la cabeza y, con el cabello tapándome el rostro, la observo sin ser visto. «Es linda», pienso, controlando mis palpitaciones. Avanza un par de metros más y ya no puedo verla. Ahora sí puedo levantar la mirada.
—¿La viste? —me pregunta Rafael, que aunque yo crea que no, conoce mi secreto.
—¿A quién? —respondo con otra pregunta.
—A nadie… ya veo que no viste a nadie —suspira con una mueca. Sabe que no voy a decir nada, pero también sabe que sí la vi.
—Pásame un cigarro, que se me terminaron —estiro la mano hacia Pablo.
Esperaba el momento en que volviera a aparecer. Siempre lo hacían: iban hasta el final de la calle, donde la principal se une a la carretera, y regresaban nuevamente a la plaza. No pensaba moverme hasta verla volver; esa era mi dosis diaria de felicidad.
Me estaba impacientando al no ver indicios de su regreso. Ya me ponía de pie para ir tras ella, simulando ir a comprar cigarrillos, cuando escucho:
—¡Uhh, no! ¡Se cambió!
Sí, era ella. Venía de la dirección contraria y con otro atuendo: el que siempre usaba y más me gustaba. Ya estaba casi de pie, así que tuve que terminar de pararme.
—Voy al quiosco. ¿Alguien necesita algo? —pregunté sin obtener respuesta.
Rafa me miraba, esperando alguna muestra de interés, pero no consiguió nada.
—Te acompaño —me dijo, saliendo tras de mí de un salto.
Desde el quiosco podía verla mejor y, en una de esas, quizás hasta nos cruzáramos quedando frente a frente. Pero eso solo era un deseo oculto.
Rafa me daba sermones de no sé cuántas cosas, pero no lo escuchaba. Parecía que lo hacía, pero no era así: mis ojos estaban fijos en ella, y yo quedaba sordo y mudo.
—¡Hablale! —alcancé a escuchar en un destello de raciocinio.
—¿Estás loco? —me perdí en su mirada. Pasó justo frente a mí y estoy seguro de que ella también me miró, pero fui tan tonto que giré la vista hacia otro lado.
Juro que podría pintarla de memoria si fuera pintor. Sus ojos tímidos, color ámbar, son mi perdición.
No tenía ganas de volver donde todos para escucharlos hablar de qué harían o qué dirían si se diera la oportunidad. La sangre me hervía cada vez que los escuchaba, sin poder defender su amor… un amor que me pertenecía aún sin su consentimiento.
—Nos vemos más tarde, muchachos —me despedí desde lejos, encendiendo un cigarro.
Caminé solo, cabizbajo, aturdido en un solo pensamiento: «Qué estúpido que soy». No prestaba atención a la gente a mi alrededor, hasta que una voz, a solo dos pasos frente a mí, me pidió fuego. Era dulce y casi temblorosa, con un dejo de vergüenza. Alcé la mirada con la sangre congelada, tosiendo, pues la sorpresa me había hecho ahogarme con el humo del cigarro.
—Sí, claro —saqué el encendedor del bolsillo rápidamente y se lo ofrecí.
—Gracias, Nando. ¿Puedo decirte así? —ella sabía mi nombre.
—Sí, todos me llaman así —qué idiota; en lugar de aprovechar la oportunidad, mostré indiferencia.
Encendió su cigarro y lentamente estiró su pálida y delicada mano para devolverme el encendedor, pero no lo acepté.
—Te lo regalo, quizá lo necesites más tarde y así no tienes que pedírselo a nadie más —qué tarado, tal vez lo tomó a mal.
—Gracias, pero si estás cerca, tal vez podría pedírtelo nuevamente.
—Es que ya me estaba yendo —quería morirme; los nervios me jugaban en contra.
—Bueno, entonces te lo devuelvo mañana. Mi nombre es…
La interrumpí antes de que terminara:
—Rayhan, lo sé. —Y, agachando la cabeza, me fui.
Apresuré el paso lo más que pude sin delatar mi ansiedad hasta llegar a casa. Me encerré en la habitación y maldije mil veces lo estúpido que había sido. Era mi oportunidad y no la aproveché. ¿Qué tenía ella que me volvía un niño asustado? Seguramente pensaba que era un tonto en ese momento. Yo lo haría, si fuera ella.
Era tanta la rabia que sentía por mí mismo que no recordé el “mañana te lo devuelvo”. Lo mejor sería olvidar todo, y tal vez Mery ayudara en eso. Así que tomé el teléfono de la sala y marqué su número; ella siempre venía cuando la llamaba, y más cuando estaba solo en casa.
—¡Obvio voy! —respondió Mery apenas la invité.
Podía ser insensible de mi parte, pero nunca nos habíamos prometido nada. Solo pasábamos el rato, sin ataduras ni cuestionamientos.
Antes de que mis padres volvieran, ventilé la habitación y acomodé un poco la cama. Mery se despidió con un “hasta luego” y se fue a quién sabe dónde; yo no le pregunté, como siempre, y ella tampoco lo dijo. Así era mejor: no quería nada de novios ni bobadas de esas. Según ella, eso era de tontos, y yo no la contrariaba para nada.
«Rayhan», repetía su nombre una y otra vez, y una sonrisa se dibujaba en mi rostro involuntariamente. Estaba casi dormido cuando la voz de mi hermano golpeó la puerta.
—Te buscan, Nando.
Era Rafael, que no podía dejarme en paz. Quería hacer de cupido a toda costa, o al menos darme el empujón necesario.
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Encerrada otra vez en mi habitación, con la música alta, un vaso de agua y un par de cigarros escondidos junto al encendedor negro que me dio, trato de estudiar para los exámenes que se aproximan cada vez más rápido. Pero, a diferencia del resto de los días, hoy me cuesta mucho concentrarme.
¿Por qué me dijo que así no necesitaba pedir fuego a nadie más? ¿Será que le gusto y no quiere que hable con alguien más? ¿Pero entonces por qué es tan indiferente? ¡Ahh! —grito aturdida, dándole muchas vueltas—. A mí sí me gusta, y si supiera cuánto, tal vez no se atrevería a ser tan despectivo.
“¡Estúpido! ¿No ves que tiras mi rebeldía por el piso?”, le replico enojada como si estuviera frente a mí en esta habitación. Mejor me olvido de él y me concentro en lo que tengo que concentrarme: ¡los exámenes!
Trato de leer mis libros y cuadernos, pero no entiendo nada de lo que dicen, es como si las letras se distorsionaran y sólo viera manchas en las páginas. Cierro el libro de un golpe sobre el escritorio y tomo un cigarrillo del último cajón. Allí estaba… el maldito encendedor negro como un recordatorio.
—¡Déjame en paz! —le grito, como si el encendedor tuviera la culpa y fuera a responderme.
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Hay un día horrible, está lloviendo torrencialmente y tengo que salir a la calle obligada a rendir examen en el colegio. Peor no podía ser. Mamá ya salió a trabajar, al igual que mi padre, y mis hermanas duermen: ellas sí estudiaron para pasar de grado durante el año.
Llego corriendo al colegio, casi se me hace tarde esperando que dejara de llover, pero nunca lo hizo. Cansada de correr, empapada aunque llevaba paraguas, y con algo de tos por la agitación, entré al salón pidiendo disculpas por la demora. Los profesores le restaron importancia pues la lluvia era mucha.
¿Cómo podía llover tanto si casi era Navidad? Sí, lo sé, una cosa no tiene que ver con la otra, pero para mí Navidad y lluvia no iban de la mano.
Me pasaron un par de toallas desechables para secarme las manos y la cara antes de entregarme la hoja con las preguntas del examen. Era de matemáticas. Odio matemáticas.
—Espero hayas estudiado —me dijo en tono de burla una de las profesoras. Yo sólo le sonreí.
Luego de pasada una hora entrego mi hoja y salgo del salón. Al ver hacia mi derecha, veo salir del salón contiguo a Nando. ¿Por qué tenía que verlo ahora? Ya suficiente mal había pasado en mi semana como para verlo ahora y que me tratara con indiferencia.
«No, no te voy a dar las ganas de tratarme así», pensé y salí a su cruce. Tomé el encendedor de mi bolsillo trasero del pantalón y lo llamé chistando:
—¡Chh, chhh! Hola, Nando.
—Hola, Ray.
Bueno, empezamos bien: al menos dijo mi nombre y abreviado, eso era buena señal.
—¿Examen? —pregunté, obvia yo, ¿qué haría en pleno diciembre en el colegio?
—Sí. También tú, supongo…
—Tengo tu…
Una voz no muy lejos me interrumpió.
—Hola, Nando, ¿cómo te fue? —preguntó colgándose de su hombro y besándole la mejilla.
Mery… Yo sabía que tenían algo. Estúpida yo, pensando que podía llegar a haber algo entre nosotros. Le entregué su encendedor de mala gana y me fui con un nudo en la garganta. Él no dijo nada, y con eso dijo todo. Yo ya no tenía esperanzas.
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No sé por qué Mery hizo eso. Sí antes estaba perdido… ahora lo estaba más. Ray no me hablaría más y la única posibilidad que tenía de acercarme a ella se esfumó. Claro, debe pensar que Mery y yo somos novios.
«¿Por qué no dije nada?» —pensé—. Tendría que haberla llamado y que se quedara, explicarle y presentarle a Mery como mi “amiga”, así dejaba eso en claro: que era mi amiga y no mi novia.
Guardé el encendedor en mi mano, tratando de sentir el calor de su mano en la mía. Era lo más cerca que iba a estar de ella.
—Vayamos a fumar —me invitó Mery.
—Bueno —moví mis hombros en señal de aceptación y salí tras ella, buscando mis cigarros en la mochila.
—Préstame fuego, que no traje —pidió.
—No tengo —respondí, apretando el encendedor en mi mano.
—¿Y eso?
—No sirve, está roto.
—Pues tíralo —intentó quitármelo con risas juguetonas, sin éxito.
—Ya no tengo ganas de fumar —le dije, algo ofuscado, y volví a entrar para esperar el resultado de mi examen.
No volteé a verla, pero sé que su rostro cambió. No le gustó mi actitud y menos al darse cuenta de por quién había sido. No me importa, no tengo nada que explicar.
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La lluvia dejó de caer y un arcoíris enorme apareció imponente frente a mí. ¿Sería una señal? Nada de eso. Las señales no existen. ¿Desde cuándo los rebeldes creemos en esas tonterías?
Fernando ya era un capítulo aparte para mí, así que sacudí mi pena, limpié la única lágrima traicionera que quería salir y regresé al salón al escuchar a la profesora nombrarme:
—Rayhan, aprobada.
Era lo único que quería escuchar, era lo único que me importaba. Ya uno menos. Solamente quedaban otros cinco exámenes y me iba a disfrutar el verano a la playa. Mamá lo prometió: si paso de grado, me deja ir las vacaciones enteras a la playa con mi tía y mi prima.
Hemos pasado todo el año planeando las vacaciones junto con mi prima por medio de cartas. Es mejor así, pues no escuchan nuestras conversaciones por teléfono. Me había dicho que su hermano llevaría a un amigo también.
Me encerraba en mi habitación con música y libros y salía solo para rendir examen al día siguiente. Salvé cuatro más, sólo me restaba el último el lunes siguiente. Ya podía verme en la playa, tomando sol y alguna cerveza con mi prima, a escondidas de mi tía obviamente, porque “aún son chicas para andar bebiendo”, nos decían.
Quince años tengo, ya no soy tan chiquita. Y mi prima está a punto de cumplirlos.
Sabrina y Daniela llegaron a buscarme, criticando que hacía una semana no salía, que las tenía abandonadas, decían. A buen entendedor, pocas palabras. Así que me puse un vestido corto, calcé mis zapatillas gastadas, solté mi cabello —que traía en un moño descontracturado— y salí con ellas a ver qué acontecimientos me había perdido en esta larga semana.