Capítulo 30. Desnudándonos el alma
Me quedé ahí, tragando la realidad como si tuviera esquinas filosas. Ella se recostó en la silla, mirando un punto inexistente entre su copa y la vela.
—Lo siento —dije al fin. No por lástima. Por respeto.
Sus ojos volvieron a los míos, analíticos, desconfiados, como si intentaran decidir si mi disculpa era genuina o una simple postura cortés. Y ahí estaba yo, completamente expuesto, esperando ser evaluado.
—No quiero tu lástima, Leandro —respondió con una voz que arañaba la piel.
—Y yo no quie