Capítulo 126. Aprender a no caerse
Esa noche no volvió a dormirse enseguida.
No porque no pudiera, sino porque ahora estaba despierta de otra forma.
No alerta. No ansiosa.
Simplemente… presente.
Se quedó sentada un rato largo en el sofá, con una manta sobre los hombros, mirando la ventana como si afuera no hubiera nada interesante y, sin embargo, no pudiera dejar de mirar.
Yo estaba en la cocina, lavando los platos que en realidad estaban bastante limpios ya. Lo hacía lento. No por prolijo, sino por no romper el clima. Como si cualquier ruido brusco pudiera hacer que algo frágil se rompiera otra vez.
—¿Puedo quedarme acá? —preguntó desde el sofá—. No tengo ganas de ir a la cama todavía.
—Claro.
No dijo “gracias”. Y eso fue bueno. Porque no era un favor. Era un espacio.
Me senté en la otra punta del sofá, no demasiado cerca, no demasiado lejos. Esa distancia nueva que no es frialdad ni intimidad, sino cuidado.
—Cuando era chica —dijo de pronto— pensaba que la tristeza era algo que pasaba. Como una gripe.
La miré.
—Que d