Capítulo 31. Lo que queda después del fuego
La habitación todavía vibraba con los últimos latidos del orgasmo cuando ella se apartó. Ni un segundo de tregua. Ni un respiro compartido.
Ginevra rodó hacia un lado, acomodándose sobre su espalda, con el brazo cubriéndole la frente como si necesitara bloquear la luz, el aire, el recuerdo inmediato de cómo me había dejado entrar en cada rincón de su cuerpo. Su pecho subía y bajaba con violencia, tratando de volver a un ritmo normal. Un ritmo que no fuera el mío.
Yo me quedé quieto, boca arriba