Capítulo 124. La visita inesperada
Llegué a casa con las llaves en la mano y no supe durante unos segundos qué hacer con ellas.
Me quedé parado frente a la puerta como si no fuera mía, como si entrar implicara aceptar que no había ningún otro sitio al que ir.
Abrí.
El departamento estaba exactamente como lo había dejado.
La taza en la mesa. La luz apagada. El silencio intacto.
Eso fue lo que más me golpeó: que nada hubiera cambiado afuera, cuando todo había cambiado adentro.
Cerré la puerta y me apoyé contra ella.
Y ahí sí. Ahí se me aflojaron las piernas.
Me dejé caer despacio hasta quedar sentado en el suelo, con la espalda contra la madera, la cabeza apoyada, los ojos cerrados.
No fue un llanto grande al principio.
Fue un goteo.
Las lágrimas saliendo solas, sin permiso, sin escena.
Respiré hondo una vez.
Otra.
Y me reí.
Una risa seca, rota, absurda.
—Idiota… —murmuré.
Idiota.
Porque lo sabía, porque lo había sabido todo el tiempo.
Porque Elena no me había dicho nada nuevo. Solo había puesto palabras limpias d