Salimos cuando ya era tarde.
Nos despedimos, agradecimos, prometimos vernos “un día de estos” que no sabíamos si existiría.
La puerta se cerró detrás de nosotros y la calle nos recibió con ese aire fresco que parece limpiar un poco todo.
Caminamos en silencio los primeros metros.
No un silencio incómodo, un silencio lleno.
De esos que quedan cuando algo fue suficiente.
—Así que… —dije al fin, mirando al frente— soy tu novio.
Lo dije como quien comenta el clima.
Como si no fuera nada.
Ginevra se detuvo medio paso.
No del todo.
Lo suficiente para que yo lo notara.
—Yo… —dijo— bueno… sí.
Y se sonrojó.
No mucho.
Pero lo suficiente para que la luz del farol le tomara las mejillas y se las volviera un poco más rosadas.
Sonreí.
—¿Ginevra Valentini sonrojada?
Se llevó una mano a la cara de forma instintiva.
—No digas eso.
—¿Eso?
—Mi nombre así.
—¿Así cómo?
—Entero —dijo—. Con apellido. Me hace sentir… como si estuviera en problemas.
Reí bajito.
—Ginevra Valentini —repetí despacio—. Sonrojada.