Capítulo 125. El fantasma de la depresión
Se quedó dormida sin darse cuenta.
Fue lento.
Primero dejó de hablar y después dejó de moverse.
Después la respiración se le fue haciendo más honda, más pareja, como si el cuerpo hubiera decidido por fin rendirse.
Tenía la cabeza apoyada contra el respaldo del sofá y un mechón de pelo cayéndole sobre la mejilla. Los labios apenas entreabiertos. Las manos flojas sobre las piernas.
Dormía como duerme alguien que ya no puede sostener nada más.
Yo no me moví.
No porque tuviera miedo de despertarla, sino porque había algo casi sagrado en verla así.
Quietamente confiada, quietamente a salvo.
La miré dormir un rato largo.
Con esa sensación extraña de estar mirando algo que no debería estar pasando y, sin embargo, estaba.
En algún momento noté que el cuello se le iba inclinando de una manera incómoda.
Me levanté despacio.
Busqué una manta y se la acomodé sobre los hombros con un cuidado absurdo, como si fuera de cristal.
No se despertó, respiró un poco más hondo y nada más.
Y ahí entendí que