Capítulo 125. El fantasma de la depresión
Se quedó dormida sin darse cuenta.
Fue lento.
Primero dejó de hablar y después dejó de moverse.
Después la respiración se le fue haciendo más honda, más pareja, como si el cuerpo hubiera decidido por fin rendirse.
Tenía la cabeza apoyada contra el respaldo del sofá y un mechón de pelo cayéndole sobre la mejilla. Los labios apenas entreabiertos. Las manos flojas sobre las piernas.
Dormía como duerme alguien que ya no puede sostener nada más.
Yo no me moví.
No porque tuviera miedo de despertarla,