Capítulo 129. El fin
No ocurrió de manera solemne. No hubo velas, ni música, ni un momento preparado.
Ocurrió una noche común.
Una de esas en las que el día se ha ido sin dejar restos, y el cuerpo se queda blando, disponible, honesto.
Estábamos en la cama de Ginevra, con la ventana entreabierta y el sonido lejano de la ciudad entrando como una respiración ajena. Yo tenía un libro en las manos que estaba leyendo. Ella estaba recostada contra mí, con la cabeza en mi hombro y una pierna cruzada sobre las mías, como si su cuerpo hubiera decidido que ese era su lugar ahora.
Llevaba un rato en silencio.
No un silencio tenso, uno lleno.
—Leandro —dijo.
Cerré el libro.
—Sí.
Se movió apenas para poder mirarme. No se incorporó. No se alejó. Solo giró la cara.
—Te amo.
No lo dijo como una confesión dramática. Lo dijo como una constatación.
Sentí algo físico en el pecho. Como si el cuerpo recibiera antes que la cabeza.
No hablé. Y ella continuó.
—Te amo porque me sacaste de todas mis zonas de confort. Porque me oblig