El amanecer en Madrid llegó con un cielo grisáceo, cargado de nubes que parecían arrastrar un presagio. Catalina observó ese color apagado mientras se servía un vaso de agua. Apenas había dormido un par de horas. Sus pensamientos, enredados con la cercanía de Axel la noche anterior, no le habían permitido descansar.
Y sin embargo, allí estaba, cumpliendo con su rutina: su mochila lista, documentos por retirar, y un nudo en la garganta que no sabía explicar.
Se vio en el espejo antes de salir. Su rostro estaba limpio, cansado, pero firme.
—No es momento para estupideces, Catalina… —se dijo a sí misma, estirándose un mechón rebelde detrás de la oreja.
Cuando salió del departamento, respiró el aire frío de la mañana madrileña. Las calles estaban comenzando a despertar: cafeterías abriendo, estudiantes cruzando, motos pasando con prisa. El sonido de la ciudad la tranquilizó un poco.
Caminó hacia la parada del bus y esperó. Aunque Axel le había ofrecido llevarla, ella insistió en ir sola.