El amanecer en Madrid llegó con un cielo grisáceo, cargado de nubes que parecían arrastrar un presagio. Catalina observó ese color apagado mientras se servía un vaso de agua. Apenas había dormido un par de horas. Sus pensamientos, enredados con la cercanía de Axel la noche anterior, no le habían permitido descansar.
Y sin embargo, allí estaba, cumpliendo con su rutina: su mochila lista, documentos por retirar, y un nudo en la garganta que no sabía explicar.
Se vio en el espejo antes de salir. S