La noche en Madrid tenía un pulso propio. Las luces de neón destellaban con ritmo irregular, y el murmullo constante del tráfico se mezclaba con el sonido vibrante de la música proveniente de los clubes más exclusivos de la ciudad.
Uno de ellos, Le Mirage, era el refugio elegido por los poderosos y los que deseaban sentirse cerca de ellos, aunque fuera por una copa o una mirada.
En una de las mesas del área VIP, Axel Fort observaba el movimiento de la pista con esa calma impenetrable que lo caracterizaba.
Su camisa negra, desabrochada apenas en el cuello, dejaba entrever la firmeza de su torso. Los ojos grises, siempre atentos, parecían analizar cada detalle, cada gesto, cada persona.
Había mujeres a su alrededor —modelos, socialités, herederas— todas ansiosas de captar un mínimo de su atención.
Pero él estaba allí por inercia, no por deseo.
El hielo tintineó en su vaso de whisky mientras lo giraba entre los dedos.
Era una noche más, una distracción conveniente para no pensar en lo qu