CUATRO

La música dentro del club se había vuelto más densa, envolvente, casi peligrosa.

Catalina había vuelto a entrar después de tomar aire en la terraza. El frío de la noche le había despejado un poco la mente, pero la risa de sus amigas y el ritmo contagioso la empujaron de nuevo hacia la pista.

Llevaba la mirada brillante, la sonrisa suelta y un ligero rubor que no venía del maquillaje. Quizás era el vino blanco, o el simple deseo de olvidarse de todo por unas horas.

Su cuerpo se movía con naturalidad, al compás de una canción que hacía vibrar el suelo bajo sus pies.

La luz dorada del techo caía sobre ella como si la eligiera, y cada movimiento, cada gesto, atraía sin querer las miradas ajenas.

En el área VIP, Axel Fort seguía sentado, aparentemente imperturbable, pero su mente no lo estaba.

Había intentado concentrarse en una conversación superficial con Daniel, un amigo cercano y un par de empresarios, pero la imagen de aquella mujer de vestido claro seguía repitiéndose ante sus ojos.

No sabía por qué. No quería saberlo.

Hasta que, entre un giro de luces y risas, la vio nuevamente.

Allí estaba.

Bailando como si el resto del mundo no existiera, con una gracia que no buscaba impresionar a nadie.

Su vestido se movía con cada giro, dejando ver apenas el contorno de sus piernas, y su cabello, algo suelto ya por el calor del lugar, caía sobre su espalda en ondas suaves.

Axel dejó el vaso sobre la mesa.

Algo, una mezcla entre curiosidad y dominio, lo empujó a levantarse.

Apenas fue consciente de cruzar el salón; la gente se apartaba a su paso, más por instinto que por cortesía.

Cuando estuvo lo bastante cerca, una corriente eléctrica lo recorrió.

No sabía por qué lo hacía.

Solo sabía que tenía que detenerla.

Sin pensarlo, la tomó del brazo.

Catalina se giró con brusquedad, sorprendida, su respiración entrecortada por el baile.

Sus ojos se abrieron, incrédulos.

—¿Tú? —exclamó, su voz cargada de asombro.

Axel se quedó quieto.

Durante un segundo, ni siquiera respiró. No podía creer que fuera ella.

Catalina Cruz. La amiga de Sofía, la mujer tranquila, reservada, casi invisible en los encuentros familiares.

Pero esa noche no tenía nada de invisible.

Sus facciones se endurecieron, intentando recuperar el control.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó con un tono que más parecía una orden.

Catalina frunció el ceño y se soltó con fuerza.

—¿Qué te pasa? ¿Estás loco?

Axel no respondió. Solo la observó, su mirada fría pero ardiendo por dentro.

Catalina lo empujó ligeramente hacia atrás.

—Te he hecho una pregunta, Axel. ¿Qué crees que haces agarrándome así?

El aire entre ambos se volvió espeso, tenso.

Ella lo miraba con desafío, él con una mezcla de ira contenida y desconcierto.

No estaba acostumbrado a que una mujer le hablara de esa manera.

No estaba acostumbrado a perder el control.

Axel dio un paso hacia ella.

—No vuelvas a ponerme las manos encima —dijo en voz baja, pero firme.

Catalina soltó una risa sarcástica.

—Entonces no me agarres como si fueras mi dueño.

Axel apretó la mandíbula. No sabía si quería gritarle o reírse de lo absurdo del momento.

—No te confundas, Catalina. No tengo interés en ti. Solo me pareció… imprudente que estuvieras aquí, sola.

—Oh, claro —replicó ella, cruzándose de brazos—. Porque tú eres el guardián moral de Madrid, ¿verdad? Un hombre que cambia de acompañante de cama cada semana.

Axel entrecerró los ojos.

—Ten cuidado con lo que dices.

—¿Por qué? ¿Porque dices ser un Fort? —Su tono fue más bajo, casi un susurro desafiante—. ¿O porque crees que tus trajes caros te dan derecho a controlar a quien se te antoje?

El silencio que siguió pareció eterno.

Axel la miró con intensidad, y por un instante, algo en su mirada cambió. No era rabia, ni deseo, sino confusión.

No entendía por qué esas palabras le afectaban.

No entendía por qué ella lograba provocarlo de esa forma.

De pronto, la música cambió. Un ritmo más lento, más íntimo, comenzó a llenar el aire.

Catalina intentó apartarse, pero Axel volvió a tomarla del brazo, esta vez con menos fuerza, como si temiera que escapara.

—No vuelvas a hablarme así —murmuró, inclinándose apenas hacia ella.

—Entonces no me sigas ni me toques —le respondió con el mismo tono desafiante—. No hay ninguna razón para que me traigas aquí.

Axel la observó unos segundos, y entonces la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo.

—No juegues conmigo, Catalina —susurró, sus palabras heladas.

Ella lo miró directamente a los ojos.

—¿Jugar contigo? —Su voz tembló, pero no de miedo—. No tengo tiempo para tus juegos, Axel Fort. No soy una de tus mujeres.

Aquello lo golpeó con la fuerza de un golpe real.

Nadie le hablaba así.

Nadie lo desafiaba.

—Ten más cuidado con tu lengua —dijo él, conteniendo la furia que crecía en su interior.

—¿Por qué? ¿Vas a hacerme callar como haces con todas? —replicó ella, irónica.

Axel dio un paso atrás, respirando hondo.

La miró de arriba abajo, intentando volver a su habitual frialdad.

Pero no podía.

Catalina Cruz no encajaba en ninguna de sus categorías.

Y eso lo irritaba más de lo que quería admitir.

Ella se giró para marcharse, pero él volvió a interceptarla.

—No he terminado contigo.

—Pues yo sí —respondió ella, sin detenerse.

Axel la observó alejarse, su vestido moviéndose con la misma elegancia con que había comenzado la noche.

No podía creerlo.

Esa mujer lo había desafiado frente a todos, lo había mirado sin miedo, lo había empujado.

Y aún así… había algo en su interior que ardía más que la rabia.

Se pasó una mano por el cabello, intentando calmarse.

Desde la distancia, Andrea lo observaba con una sonrisa apenas contenida, sin comprender del todo qué acababa de suceder.

Axel, sin embargo, lo entendía bien: Catalina Cruz había logrado hacer tambalear su control.

La vio desaparecer entre la multitud.

Por un momento, pensó en dejarla ir.

Pero luego, la voz interior que tanto temía —la misma que no escuchaba desde Geraldine— le susurró algo incómodo:

"No todas son iguales."

Negó con la cabeza, molesto consigo mismo, y tomó su vaso, terminando de un trago el contenido.

El ardor del alcohol no era suficiente para borrar la sensación que le había dejado aquella discusión.

Por primera vez en mucho tiempo, Axel Fort no tenía el control.

Y en algún lugar de la pista, entre risas y luces, Catalina Cruz tampoco podía borrar de su mente la dureza de su mirada ni la fuerza con que la había tomado del brazo.

El reloj marcaba la medianoche y la fiesta seguía en su punto más alto.

Las luces del bar se movían al ritmo del bajo, y las risas llenaban el aire mezcladas con el aroma de vino y perfumes caros. Madrid seguía latiendo, sin detenerse un segundo.

Catalina, aún un poco desorientada por la discusión anterior, decidió que no permitiría que un hombre como Axel Fort arruinara su noche.

—Por favor, no más caras largas —le dijo su amiga Clara, tendiéndole otra copa de vino espumante—. Es una noche para disfrutar, ¿no crees?

Catalina asintió con una sonrisa. El alcohol había suavizado el peso de sus pensamientos, y aunque una parte de ella seguía molesta, la otra se dejaba llevar por la euforia del momento.

—Está bien —aceptó, alzando la copa—. Por una noche sin problemas.

Las burbujas le hicieron cosquillas en los labios mientras reía, recordando su propio atrevimiento con Axel. No solía comportarse así, pero algo en aquel hombre la irritaba más de lo que podía admitir.

¿Quién se cree que es para tratarme de esa manera? pensó, sin imaginar que él seguía observándola desde el otro extremo del salón.

Axel, mientras tanto, se mantenía en silencio junto a Daniel, su amigo de siempre y socio ocasional en los negocios.

No hablaba, solo observaba.

Catalina Cruz seguía siendo el centro involuntario de su atención, incluso cuando intentaba concentrarse en otros temas.

—No pensé verte tan callado —comentó Daniel con una sonrisa nerviosa—. ¿Ocurre algo, Axel?

—Nada que valga la pena mencionar —respondió él, con la voz baja y seca.

Daniel lo conocía bien. Sabía que cuando Axel hablaba así, era mejor no insistir. Pero el destino —o el capricho del azar— estaba a punto de unirlos de nuevo.

Minutos más tarde, mientras Axel se dirigía hacia la barra, escuchó la voz de Daniel a sus espaldas.

—¡Catalina! —llamó el hombre con entusiasmo—. ¡Cuánto tiempo!

Axel se detuvo en seco.

El nombre bastó para que el aire a su alrededor se volviera más denso. Giró la cabeza apenas, lo suficiente para ver cómo ella se acercaba, con su habitual elegancia descomplicada y una sonrisa más amplia de lo normal.

Catalina se veía diferente: sus mejillas estaban ligeramente sonrosadas, sus ojos brillaban con la ligereza del vino, y su andar tenía esa mezcla de firmeza y desenfado que solo aparece cuando la mente deja de medir cada paso.

—¡Daniel! —exclamó ella, abrazándolo con cariño sincero—. No sabía que estabas aquí.

—Ni yo que tú frecuentabas estos lugares —respondió él, riendo—. ¿Qué haces en Madrid? Pensé que seguías en Barcelona.

—Estoy con una capacitación universitaria. —Catalina dio un sorbo de su copa—. Decidí salir a despejarme un poco.

Fue entonces cuando Daniel, entusiasmado, cometió el error.

—Oh, déjame presentarte a alguien. Seguro ya se conocen, pero no en este ambiente. Catalina, él es—

Catalina levantó la mirada, y el aire se le atascó en el pecho.

Allí estaba.

Axel Fort.

El hombre la observaba en silencio, con una expresión indescifrable.

Sus ojos grises eran tan fríos como la primera vez, pero había algo diferente esta vez: un destello de algo más oscuro.

Catalina dio un paso atrás, con una sonrisa forzada.

—Sí —interrumpió antes de que Daniel terminara la presentación—. Ya nos conocemos.

El silencio fue breve, pero incómodo.

Axel mantuvo las manos en los bolsillos, sin apartar la vista de ella.

Daniel, confundido, intentó suavizar la situación.

—Bueno… eso facilita las cosas.

Catalina soltó una pequeña risa, aunque su tono era claramente irónico.

—Oh, claro. Aunque en ni humilde opinión, los payasos deben de estar en el circo.

El comentario cayó como un vaso roto en el suelo. Era claro que Catalina estaba hablando de Axel y llamándolo payaso.

El grupo que los rodeaba quedó en silencio. Daniel abrió la boca, pero no supo qué decir.

Solo Axel no se movió.

Ni una palabra.

Ni un gesto.

Solo la mirada.

Una mirada que bastó para helar el ambiente.

Catalina, sin remordimiento, giró sobre sus talones y se alejó con paso decidido, el sonido de sus tacones resonando sobre el mármol del suelo.

—Dios mío —susurró Daniel, llevándose una mano al rostro—. ¿Están enojados?

—Ni siquiera la topo—respondió Axel, finalmente esbozando una media sonrisa, peligrosa—. Solo somos los padrinos de nuestros sobrinos, pero... —Hubo silencio y una rosa perversa de Axel.

El tono de su voz era suave, pero contenía algo que Daniel no había escuchado antes. No era enojo. Era decisión.

Daniel intentó suavizar la situación.

—No te lo tomes personal. Catalina es buena chica, solo que… tiene carácter — Daniel trató de calmar la situación.

—Carácter —repitió Axel con un leve suspiro, observando la dirección por donde ella se había ido—. No lo llamaré así.

—¿Entonces cómo lo llamas?

Axel giró la copa entre los dedos, observando el reflejo del líquido ámbar.

—Provocación.

Sus palabras fueron tan bajas que Daniel casi no las escuchó. Pero el brillo en los ojos de Axel era inequívoco.

Ese hombre no olvidaba.

Y menos cuando alguien hería su orgullo.

Mientras tanto, Catalina caminaba hacia la salida, sintiendo aún el calor del lugar pegado a su piel.

No se arrepentía. Tal vez había sido impulsiva, pero no soportaba los hombres que creían tener derecho a mandar sobre los demás.

Y Axel Fort era el mejor ejemplo de eso.

No le debía nada, se dijo. Ni respeto, ni simpatía.

Afuera, el aire fresco de Madrid la recibió con un soplo de libertad.

Pidió un taxi y se apoyó en la baranda mientras esperaba. Las luces de la ciudad se reflejaban en sus ojos, y por un instante, volvió a pensar en él.

En su mirada.

En cómo la había sujetado.

Y en la extraña sensación que le había recorrido el cuerpo cuando lo desafió.

Negó con la cabeza, molesta consigo misma.

No, Catalina. No cometas el error de pensar en él.

Dentro del Bar, Axel seguía de pie, inmóvil, observando el lugar donde ella había estado minutos antes.

No podía borrar sus palabras de la mente.

"Los payasos deben de estar en el circo."

Una sonrisa cínica se dibujó en sus labios.

—Te voy a hacer participar en el circo, Catalina Cruz —murmuró en voz baja, con un tono tan controlado que parecía una promesa.

Daniel lo miró de reojo, preocupado.

—Axel, no estarás pensando en...

—No pienses, Daniel —lo interrumpió sin mirarlo—. Solo disfruta de la fiesta.

Su mirada volvió hacia la salida.

Por primera vez en mucho tiempo, Axel Fort había encontrado algo —o alguien— que le despertaba una emoción distinta al aburrimiento.

Y no pensaba dejar pasar la oportunidad de usarlo a su favor.

La rabia de su orgullo herido se transformó lentamente en una idea.

Una idea peligrosa.

Si el consejo quiere que me case para limpiar mi imagen… pensó, alzando la copa.

Entonces será con ella.

No por amor.

No por necesidad.

Sino por algo mucho más oscuro: por venganza.

Mientras el cristal chocaba suavemente con el borde de la mesa, Axel Fort sonrió apenas, esa sonrisa que solo anunciaba tormenta.

La decisión estaba tomada.

Y Catalina Cruz, sin imaginarlo, ya formaba parte del nuevo plan del hombre que había decidido marcarla para siempre.

Madrid despertaba lentamente.

El sol asomaba tímido entre los edificios, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y dorados. Las calles aún conservaban el silencio de la madrugada, roto solo por el murmullo distante del tránsito que empezaba a fluir.

En el corazón financiero de la ciudad, el edificio Fort Enterprises se alzaba imponente, con su fachada de cristal reflejando el amanecer.

A esa hora, pocos empleados habían llegado. Sin embargo, en el piso más alto, la oficina del CEO ya estaba iluminada.

Axel Fort había llegado antes que nadie.

No por costumbre, sino por necesidad.

El hombre caminaba hacia el ventanal con paso firme, sosteniendo una taza de café entre los dedos.

El reflejo del vidrio devolvía su imagen: impecable, con el traje oscuro perfectamente entallado, el cabello ligeramente despeinado y una sombra de seriedad que no abandonaba su rostro.

Sus ojos grises observaban la ciudad con la misma calma con la que un depredador vigila a su presa.

Catalina Cruz.

Aquel nombre le había rondado la mente toda la noche.

Los payasos deben de estar en el circo.

La frase le regresaba una y otra vez, encendiendo en él una mezcla de fastidio y fascinación. Nadie lo desafiaba así. Nadie lo trataba con esa irreverencia, mucho menos una mujer que no tenía ni idea del poder que estaba provocando.

Dejó la taza sobre el escritorio y presionó el botón del intercomunicador.

—Dígale al señor Álvarez que suba —ordenó con voz baja, pero firme.

Pasaron apenas diez minutos antes de que la puerta se abriera con suavidad.

El asistente personal de Axel, un hombre de mediana edad con el rostro tenso, entró con un portafolio en la mano.

—Señor Fort, ¿me mandó llamar?

Axel no respondió enseguida.

Levantó la vista lentamente, dejando que el silencio pesara unos segundos más de lo necesario.

Luego caminó hacia su silla de cuero negro y se sentó, apoyando ambos antebrazos sobre el escritorio.

—Necesito un informe —dijo finalmente—. Completo.

—¿De qué tipo, señor? —preguntó el asistente, tragando saliva.

—De una persona —precisó él, cruzando una pierna sobre la otra con elegancia controlada—. Quiero que investigue todo lo que se pueda sobre Catalina Cruz.

El asistente parpadeó, confundido.

—¿Catalina Cruz…? ¿Podría especificar el motivo?

La mirada de Axel fue suficiente respuesta.

El hombre sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Perdón, señor —balbuceó—. Solo intento comprender el nivel de detalle que desea.

Axel apoyó el codo en el escritorio y llevó una mano al mentón, pensativo.

Su voz sonó más baja, pero con una claridad que no admitía dudas.

—Todo. Quiero saber quién es exactamente, qué lugares frecuenta, a quién ve, qué le gusta, qué teme, con quién habla por teléfono con más frecuencia —sus labios se curvaron apenas— incluso cuál es su punto débil más insignificante.

El asistente lo observó con nerviosismo.

Era consciente de lo que significaba una orden así. Cuando Axel Fort pedía algo con ese tono, era porque no pensaba detenerse hasta conseguirlo.

—¿Desea que… utilice los canales habituales o… algo más discreto? —preguntó con cautela.

Axel entrelazó los dedos sobre el escritorio y lo observó fijamente.

—Discreto —respondió al fin—. No quiero que ella sepa que está siendo observada.

El hombre asintió lentamente, aunque su respiración se había vuelto más pesada.

—Entiendo, señor Fort. Tendré un primer informe esta misma tarde.

Axel no respondió. Simplemente inclinó ligeramente la cabeza, dándole permiso para retirarse.

El asistente dio un paso atrás, haciendo una reverencia torpe antes de girarse hacia la puerta.

Cuando ya estaba por salir, la voz de Axel volvió a sonar.

—Ah, Álvarez.

El hombre se detuvo en seco.

—Sí, señor.

—Asegúrese de que nada quede fuera de ese informe. Quiero conocerla mejor de lo que ella misma se conoce.

La manera en que lo dijo no fue un grito ni una amenaza. Fue algo peor: una sentencia.

El asistente asintió con rapidez y desapareció tras la puerta, dejando la oficina en un silencio casi solemne.

Axel permaneció quieto unos segundos, escuchando el lejano murmullo de la ciudad a través del vidrio.

Luego se puso de pie, se acercó al ventanal y se quitó el reloj para ajustarlo en su muñeca con precisión.

El gesto era automático, casi ritual.

—Catalina Cruz… —susurró, dejando que el nombre se escapara entre los labios con una mezcla de frialdad y placer.

Había algo en ella que lo desafiaba, algo que despertaba en él un interés distinto al que solía sentir por las mujeres que se acercaban a su mundo.

No era deseo.

Era algo más primitivo.

Esa mujer me ofendió delante de otros. Me subestimó.

Y ahora… será mía.

La sonrisa que se dibujó en sus labios era apenas perceptible, pero bastaba para revelar lo que se escondía detrás de sus pensamientos.

Axel Fort no solo había decidido casarse.

Había decidido a quién arrastraría con él en esa unión.

Y lo haría a su manera: sin amor, sin permiso y sin remordimiento.

Desde el ventanal, observó cómo el sol ascendía por completo, bañando Madrid con su luz dorada.

Aquel amanecer marcaba el inicio de algo más que un día de trabajo.

Marcaba el inicio de su juego.

Caminó de regreso al escritorio, abrió un cajón y sacó el contrato matrimonial que su abogado había preparado. Lo deslizó sobre la mesa y lo observó detenidamente, repasando cada cláusula.

Era un documento frío, cruel, sin espacio para los sentimientos.

Perfecto.

Acomodó el reloj en su muñeca una vez más, con ese gesto meticuloso que lo caracterizaba.

Luego, dejó escapar una exhalación breve, casi satisfecha.

—Te advertí que no se juega conmigo —murmuró, mirando el contrato—. Y ahora, Catalina, te lo voy a demostrar.

El reflejo del amanecer iluminó sus ojos grises, tornándolos metálicos, impenetrables.

El hombre que el mundo admiraba como empresario ejemplar, en ese instante, se mostraba como lo que realmente era: un cazador.

Y en su mente, ya no había duda.

Catalina Cruz había sido condenada por Axel Fort.

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