La mujer se quedó unos minutos inmóvil después de que Axel Fort saliera del departamento, aunque su presencia todavía parecía impregnar el aire. El reloj del salón marcaba las doce del mediodía, y el sonido del segundero se le clavaba en los nervios.
La carpeta seguía allí, sobre la mesa. El peso de ese documento era mucho más que el de unas simples hojas: era una sentencia.
Se llevó una mano al pecho. Sentía el corazón desbocado, y las manos le temblaban. No podía pensar con claridad.
—No... no puede ser —murmuró para sí—. No voy a firmar esto. Esta loco este chico si piensa que todos debemos de ser arrastrados por sus actos.
El nombre de Axel Fort impreso en el membrete era una amenaza en sí mismo. Y la manera en que él la había observado mientras hablaba, con esa calma peligrosa, con esa seguridad de quien está acostumbrado a que todos cedan… la hizo sentirse acorralada.
Durante años había aprendido a defenderse sola, a no depender de nadie, pero esta vez sentía que la batalla era