La mujer se quedó unos minutos inmóvil después de que Axel Fort saliera del departamento, aunque su presencia todavía parecía impregnar el aire. El reloj del salón marcaba las doce del mediodía, y el sonido del segundero se le clavaba en los nervios.
La carpeta seguía allí, sobre la mesa. El peso de ese documento era mucho más que el de unas simples hojas: era una sentencia.
Se llevó una mano al pecho. Sentía el corazón desbocado, y las manos le temblaban. No podía pensar con claridad.
—No... n