TRES

La mansión Zalazar se alzaba imponente en el corazón del barrio de Salamanca. Entre columnas de mármol, cortinas de terciopelo y lámparas de cristal, el lujo tenía su propio lenguaje, y Eduardo Zalazar lo hablaba con fluidez. Aquella tarde, el empresario se encontraba sentado en su sillón favorito, con un whisky en la mano y una expresión pensativa.

Después de que Axel Fort lo había rechazado sin rodeos. Un “no podré asistir” tan seco y humillante que aún le ardía en los oídos. Había pasado gran parte de las horas planeando su siguiente movimiento. Si Axel creía que podía despreciarlo sin consecuencias, estaba muy equivocado.

—Isabella —llamó con voz firme.

Unos pasos suaves resonaron sobre el suelo de mármol antes de que una mujer de porte impecable entrara en la habitación. Isabella Zalazar tenía el cabello rubio ceniza, perfectamente recogido en un moño elegante, y unos ojos negros como la tinta, profundos y calculadores. Su belleza era innegable, pero lo que más destacaba en ella era su aura de autoridad. Cada movimiento estaba medido, cada palabra era un golpe preciso.

—¿Me llamabas, padre? —preguntó, acercándose con una sonrisa casi mecánica.

Eduardo la observó con orgullo. Isabella era su reflejo: ambiciosa, fría y acostumbrada a que el mundo se inclinara ante ella.

—Siéntate —le indicó, señalando el sofá frente a él.

Ella obedeció con elegancia, cruzando las piernas mientras se servía una copa de vino.

—¿De qué se trata esta reunión tan formal?

—De tu futuro —respondió su padre, dejando la copa sobre la mesa con un suave golpe—. Y del nuestro.

Isabella arqueó una ceja.

—Me preocupa más la segunda parte —dijo con ironía—. Cuando dices “nuestro” suena a negocio, no a familia.

Eduardo soltó una breve risa.

—Siempre tan perspicaz. Efectivamente, se trata de un negocio. Pero uno que podría hacerte la mujer más poderosa de Madrid.

El brillo en los ojos de Isabella se intensificó.

—Te escucho.

—Axel Fort —pronunció su padre con lentitud, saboreando el nombre.

Ella parpadeó, sorprendida.

—¿El Director de Fort Enterprises?

—El mismo. El consejo está inquieto. Cometió un error importante y ahora su reputación está en juego. La prensa lo sigue, los socios desconfían y su hermano trata de sostener la imagen familiar. —Hizo una pausa antes de continuar—. En resumen, necesita estabilidad. Una esposa que dé credibilidad a su nombre.

Isabella apoyó el codo en el sofá, observándolo con atención.

—¿Y tú quieres que esa esposa sea yo?

—Exactamente.

La rubia sonrió, pero no de sorpresa, sino de satisfacción.

—Padre, sabes que Axel Fort no es un hombre fácil de manejar. Tiene fama de arrogante, mujeriego y orgulloso. No se casará con alguien solo porque se lo propongan.

Eduardo asintió lentamente.

—Lo sé. Por eso, si no acepta el acuerdo… tu misión será otra.

Ella lo miró con curiosidad.

—¿Cuál?

—Perseguirlo. Mantenerte cerca, aparecer donde él aparezca, convertirte en su sombra. —El tono de Eduardo se volvió más bajo, más calculador—. Si no podemos comprar su consentimiento, lo ganaremos con presión. Lo que no se doblega, se desgasta.

Isabella se recostó, pensativa.

—¿Y de cuánto dinero, poder y estatus estamos hablando? —preguntó finalmente, con una sonrisa perezosa.

Eduardo la observó con orgullo; su hija siempre iba directo al punto.

—De todo, Isabella. Si logras convertirte en su esposa, serás la mujer más influyente de Madrid. El apellido Fort abre puertas que ni el dinero puede tocar. Tendrás prensa, eventos, prestigio, y sobre todo… poder.

El silencio se prolongó unos segundos antes de que ella sonriera con malicia.

—Entonces no tienes de qué preocuparte, padre. —Se levantó despacio, alisando la falda de seda color crema que llevaba puesta—. Seré la sombra de Axel Fort hasta que me convierta en su esposa.

Eduardo la observó, complacido.

—Eso quería escuchar.

Isabella caminó hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y se volvió hacia su padre.

—Dime algo —preguntó con una sonrisa intrigante—. ¿Y si Axel Fort se enamora de otra?

Eduardo soltó una carcajada baja.

—Entonces la eliminamos del tablero, hija. En este juego, el amor no sirve de nada.

Al otro lado de la ciudad, el ambiente era muy distinto.

La mañana había amanecido fresca y luminosa, y Catalina Cruz disfrutaba del pequeño placer de caminar por las calles madrileñas con una bufanda beige y una sonrisa distraída. No era habitual que se diera ese tipo de gustos, pero aquella mañana había despertado con antojo de algo dulce.

Entró en una pequeña cafetería de esquina, de esas que siempre olían a café recién molido y mantequilla.

Pidió un café con leche y un par de medialunas, pero mientras esperaba su pedido, su atención se desvió hacia el estante junto a la caja, donde los periódicos se amontonaban.

En la portada del Diario de Economía de Madrid, un titular resaltaba en letras grandes:

“Axel Fort enfrenta la peor crisis de imagen en su carrera.”

Catalina frunció el ceño y tomó el periódico.

La fotografía mostraba a Axel saliendo de un edificio, con su habitual expresión fría y distante. Parecía tan seguro de sí mismo como siempre, aunque el texto que acompañaba la imagen hablaba de errores financieros, cuestionamientos y rumores dentro del consejo.

Pagó por el ejemplar, lo dobló con cuidado y lo metió en su bolso. Luego volvió a concentrarse en su pedido.

Mientras el aroma de las medialunas recién horneadas la envolvía,

Tomó su café y caminó de regreso a casa.

—Axel Fort… —murmuró para sí, con una leve sonrisa burlona—. Que el cielo se apiade de la mujer que termine casada con él.

Y siguió su camino, sin imaginar que, en algún punto invisible del destino, los hilos de su vida y la del hombre más arrogante de Madrid ya habían empezado a entrelazarse.

El reloj marcaba las seis en punto cuando la puerta del despacho de Axel Fort se abrió.

Elías Doménech, impecablemente vestido, entró sosteniendo un portafolio de cuero negro. Su expresión era seria, aunque una sombra de incomodidad cruzaba su mirada.

Axel levantó la vista de su ordenador.

—¿Lo tienes? —preguntó con tono seco.

—Sí, señor Fort —respondió Elías, acercándose con paso firme.

Colocó el portafolio sobre el escritorio y extrajo un documento grueso, perfectamente encuadernado, con el título en la primera página:

“Contrato Matrimonial Privado. Acuerdo de Unión Civil bajo Cláusulas de Confidencialidad y Limitación de Derechos.”

Axel lo observó con detenimiento antes de abrirlo. El olor del papel recién impreso se mezcló con el aroma del café que aún humeaba sobre la mesa.

—Leí cada línea con cuidado —dijo Elías—. Es legal, discreto y… como usted pidió, contundente.

Axel asintió sin expresión alguna.

—Léemelo.

El abogado ajustó sus lentes y comenzó con voz firme, mientras el sonido de la lluvia golpeaba los ventanales.

“Contrato Matrimonial Privado”

Entre las partes:

I. Axel Fort, en adelante denominado El Contratante, ciudadano español, empresario y Director de Fort Enterprises Madrid.

II. [Nombre de la Contratante], en adelante denominada La Contratada, ciudadana mayor de edad, en pleno uso de sus derechos civiles.

Ambas partes acuerdan celebrar matrimonio bajo las condiciones y estipulaciones siguientes:

Cláusula 1 – Naturaleza del Acuerdo

El presente contrato se celebra con el único propósito de mantener una imagen pública estable y reforzar la credibilidad empresarial del Contratante.

Ambas partes reconocen expresamente que no existe vínculo sentimental, afectivo ni conyugal entre ellos.

Cláusula 2 – Carácter Privado y Confidencialidad Absoluta

Las partes se comprometen a mantener total confidencialidad sobre la existencia, contenido y duración de este contrato.

Cualquier divulgación, directa o indirecta, será considerada una violación grave del acuerdo y resultará en sanciones económicas equivalentes a cinco millones de euros (€5.000.000).

Cláusula 3 – Duración

El matrimonio tendrá una duración mínima de doce (12) meses y máxima de veinticuatro (24) meses, con opción de disolución anticipada solo si ambas partes lo acuerdan por escrito.

Cláusula 4 – Separación de Bienes y Patrimonio

Ambas partes mantienen independencia económica y patrimonial absoluta.

La Contratada no tendrá derecho sobre bienes, acciones, propiedades, participaciones empresariales ni herencias del Contratante.

Cláusula 5 – Compensación Económica

La Contratada recibirá mensualmente la cantidad de doscientos mil euros (€200.000), destinados a cubrir gastos de manutención, imagen pública y compromisos sociales.

Esta suma no constituye salario, herencia ni donación; es una compensación por la ejecución del presente acuerdo.

Cláusula 6 – Imagen Pública y Obligaciones Sociales

La Contratada deberá acompañar al Contratante a eventos sociales, empresariales y mediáticos, según se le solicite.

Su conducta deberá ser irreprochable, manteniendo discreción, elegancia y respeto hacia el apellido Fort.

Cualquier comportamiento que afecte la reputación del Contratante será motivo de rescisión inmediata del contrato, sin compensación adicional.

Cláusula 7 – Residencia y Convivencia

La Contratada residirá en la misma propiedad que el Contratante, en áreas independientes si así se dispone.

No existirá obligación de convivencia íntima, ni derecho alguno sobre los espacios personales del Contratante.

Cláusula 8 – Conducta Personal y Privacidad

La Contratada no podrá mantener relaciones sentimentales, románticas o sexuales con terceros durante la vigencia del contrato.

El Contratante, por su parte, no se somete a la misma restricción, quedando libre de cualquier limitación de índole personal.

Cláusula 9 – Control Mediático y Declaraciones Públicas

Cualquier entrevista, declaración o aparición mediática deberá contar con aprobación previa y escrita del Contratante o de su representante legal.

El incumplimiento implicará penalización económica inmediata y posible acción legal.

Cláusula 10 – Disolución del Matrimonio

El contrato podrá darse por terminado una vez cumplido el período mínimo estipulado en la Cláusula 3.

La Contratada no podrá solicitar compensación adicional, pensión o beneficio posterior a la disolución.

Cláusula 11 – Firma y Reconocimiento Legal

Ambas partes declaran haber leído, comprendido y aceptado en su totalidad el contenido del presente contrato, firmando en señal de conformidad ante notario público.

Firmas:

---

Axel Fort (El Contratante)

---

[Nombre de la Contratada] (La Contratada)

Fecha: ____________________

Lugar: Madrid, España.

---

Elías cerró el documento con cuidado.

—Cada cláusula fue revisada tres veces. No hay lagunas legales ni ambigüedades. Ella no tendrá ningún poder sobre usted ni sobre la empresa.

Axel permaneció en silencio, su mirada fija sobre la carpeta. Las letras parecían cortadas con bisturí. Todo era exactamente como lo había imaginado: impersonal, calculado y perfecto.

—Bien —dijo finalmente, con voz baja—. Esto servirá.

—¿Desea que prepare una copia para el notario? —preguntó el abogado.

—No todavía. Primero necesito encontrar a la candidata adecuada.

Elías asintió.

—En ese caso, le recomiendo discreción, señor Fort. Este tipo de contratos pueden interpretarse de forma… agresiva.

Axel levantó la vista.

—Doménech, si alguien no está preparado para soportar esto, no merece llevar mi apellido.

El abogado no respondió. Sabía que, detrás de aquella dureza, había un hombre que prefería controlar el mundo antes que volver a ser controlado por alguien.

Cuando Elías se retiró, Axel se quedó solo con el documento sobre el escritorio. Pasó una mano por la cubierta y dejó escapar una sonrisa apenas perceptible.

—Una esposa de papel… —susurró—. Silenciosa, conveniente, reemplazable.

Se levantó, caminó hacia la ventana y miró la ciudad. El sol caía sobre Madrid, tiñendo los edificios de tonos dorados. Desde allí, todo parecía ordenado, bajo su control.

Pero en algún rincón de esa misma ciudad, sin saberlo, alguien se acercaba a cambiar ese orden. Alguien que no firmaría ese contrato sin dejar una huella en su mundo perfectamente calculado.

Madrid respiraba vida esa noche.

Las luces bañaban los edificios del centro como si el cielo hubiera decidido descender a la tierra por unas horas. En las calles, el murmullo constante de autos y risas formaba una melodía urbana; una mezcla entre elegancia y caos que solo la capital española sabía ofrecer.

Catalina Cruz observó su reflejo en el espejo del tocador. No planeaba salir, pero después de una semana larga de clases, bocetos y llamadas con Sofía sobre los rumores de Axel Fort, decidió que merecía una noche fuera.

—Solo unas horas —murmuró, mientras recogía su cabello en una trenza suelta y aplicaba un labial suave.

Se colocó un vestido color marfil que abrazaba su figura con delicadeza y dejó los hombros al descubierto. No era provocativo, pero en ella, la sencillez tenía el poder de lo irresistible.

Un par de amigas la esperaban frente al club Elysium, uno de los lugares más exclusivos de Madrid, conocido por sus fiestas privadas y su ambiente donde el lujo y la música electrónica se mezclaban sin pudor.

Al llegar, el aire olía a perfume caro y a champagne recién abierto. El interior era un universo de luces tenues, cuerpos moviéndose al ritmo de los bajos, y miradas cargadas de intención.

—Catalina, ¡por fin! —exclamó una de sus amigas, entregándole una copa—. Esta noche no vamos a hablar de trabajo ni de hombres. Solo a bailar, ¿entendido? Nada de pensar en nuestro caso en el trabajo y tú en las obligaciones universitarias, fuera todo.

Catalina rió, asintiendo. Quizás por primera vez en mucho tiempo, se permitió dejar la mente en blanco y seguir el ritmo.

Su cuerpo comenzó a moverse con gracia, sin exagerar, como si el sonido la envolviera. La música subía y bajaba, las luces se reflejaban en su piel y cada movimiento suyo parecía calculado por el azar.

No muy lejos, en otro extremo del club, Axel Fort entraba con paso firme.

Traje negro, camisa abierta en el cuello, mirada de hielo. Ninguna sonrisa. Solo ese aire impenetrable que hacía que las miradas femeninas lo siguieran inevitablemente.

No tenía intención de quedarse mucho tiempo. Había pasado el día entre reuniones, documentos y la constante presión del consejo que esperaba su respuesta sobre el matrimonio.

Pero el silencio de su departamento lo había asfixiado.

Necesitaba ruido. Necesitaba olvidar.

—Señor Fort, es un honor tenerlo aquí —dijo el dueño del club, acercándose con una sonrisa nerviosa—. La mesa VIP está lista.

Axel asintió sin prestar atención, aceptó una copa y se dejó caer en uno de los sofás de cuero, observando sin participar.

Desde su posición, tenía una vista perfecta de la pista de baile. Cientos de personas, rostros distintos, ninguno interesante… hasta que una figura lo detuvo.

Entre la multitud, una mujer se movía con una naturalidad hipnótica. No buscaba atención, pero la tenía.

Su vestido claro resaltaba entre el mar oscuro de trajes y lentejuelas, y cada giro sutil dejaba ver destellos de piel y luz.

Axel ladeó la cabeza, intrigado sin saber por qué. Había visto demasiadas mujeres en su vida, todas con el mismo deseo en los ojos, todas predecibles. Pero esa mujer… no parecía actuar.

Había en ella algo distinto.

—¿La conoce? —preguntó su amigo Daniel, tomando asiento a su lado.

—No —respondió Axel sin apartar la vista—. Y no necesito hacerlo.

Pero no era cierto.

Algo en esa mujer —esa presencia tranquila y segura— lo mantenía observando, con el vaso aún suspendido en su mano.

Catalina, ajena a esa mirada, reía con sus amigas. Por momentos se giraba hacia la barra, pidiendo otra bebida, luego volvía a la pista, dejándose llevar por la melodía que hacía vibrar el suelo.

Su sonrisa era ligera, sin artificio, algo que Axel no veía desde hacía años.

El aire se volvió más cálido.

La música cambió a una versión más lenta, de ritmo envolvente. Catalina cerró los ojos, moviéndose apenas, y Axel, sin pensarlo, se levantó de su asiento.

Caminar entre la gente nunca le había resultado difícil; su presencia imponía distancia incluso sin proponérselo. Pero esta vez no buscaba ser el centro. Buscaba verla de cerca.

Sin embargo, antes de llegar, alguien lo interceptó.

—¡Axel Fort! —Una voz femenina, dulce y artificial, lo detuvo.

Giró la cabeza y encontró a una ex amante. Andrea Manzanares, con un vestido negro que parecía diseñado para capturar la atención.

—No pensé verte aquí —dijo ella con una sonrisa calculada—. ¿Vienes solo?

—Siempre —respondió él con frialdad.

Andrea se acercó, rozando su brazo.

—Deberías bailar conmigo. Hace años que no te veo en una pista.

Axel arqueó una ceja.

—No vine a bailar.

Pero su mirada, por un instante, volvió a perderse entre la multitud.

La mujer del vestido marfil ya no estaba en el mismo lugar.

Catalina, en cambio, había decidido salir a la terraza del club para tomar aire. Desde allí, Madrid parecía un océano de luces y murmullos lejanos. La brisa le despeinó algunos mechones, y por un momento, se sintió libre.

Dentro, Axel regresó a su mesa, irritado sin entender el motivo.

Ni el alcohol, ni la música, ni las mujeres que lo rodeaban lograban distraerlo.

Aquel rostro, aquella silueta difusa en medio de la pista… se le había quedado grabada.

Y aunque no lo sabía aún, estaba a punto de cruzarse con ella antes de que la noche terminara.

La música volvió a subir, el ambiente se tornó más denso.

Abdrea, desde lejos, lo observaba, convencida de que esa noche sería el inicio de su juego.

Catalina, en la terraza, respiraba hondo, sin imaginar que el hombre que siempre había despreciado por su fama, acababa de notar su presencia entre cientos.

Madrid seguía viva.

Y el destino, paciente, los esperaba dentro de aquella fiesta aún inconclusa.

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