La tarde se deslizaba lentamente por Madrid, bañando las calles con un tono dorado. El tráfico rugía a lo lejos, los cafés rebosaban de vida y las risas se confundían con el sonido de las copas brindando.
Catalina Cruz caminaba junto a dos de sus compañeras de la universidad, intentando ignorar el cansancio que le había dejado la clase de Axel Fort.
El aire fresco de la tarde apenas lograba aliviar la tensión que seguía instalada en su pecho.
—Vamos, Cata, tienes que venir —insistió Lorena, una morena de ojos vivaces—. Nos merecemos una cena después de ese maratón de clases.
—Sí, y así dejamos de pensar en ese profesor que tiene a todas con los nervios de punta —añadió Iris, sonriendo traviesa.
Catalina arqueó una ceja.
—¿De verdad están hablando de Axel Fort?
—¿De quién más si no? —respondió Lorena con un suspiro dramático—. Si ese hombre entra en una habitación, el aire cambia.
—O se congela —replicó Catalina con ironía.
Ambas rieron, aunque ella lo decía completamente en serio.
Ter