La tarde se deslizaba lentamente por Madrid, bañando las calles con un tono dorado. El tráfico rugía a lo lejos, los cafés rebosaban de vida y las risas se confundían con el sonido de las copas brindando.
Catalina Cruz caminaba junto a dos de sus compañeras de la universidad, intentando ignorar el cansancio que le había dejado la clase de Axel Fort.
El aire fresco de la tarde apenas lograba aliviar la tensión que seguía instalada en su pecho.
—Vamos, Cata, tienes que venir —insistió Lorena, una