Catalina no podía apartar la mirada de aquella carpeta.
La textura del papel, gruesa, pulida, con el sello en relieve de un despacho jurídico de prestigio, le gritaba que lo que contenía no era un simple documento.
Sus dedos temblaban cuando la tomó entre las manos.
Era como si el aire se hubiera vuelto más pesado, como si el pequeño departamento que tantas veces había sentido cálido y acogedor ahora se transformara en una jaula invisible.
Axel, de pie frente a ella, no dijo nada.
No necesitaba