Andrea estaba enfurecida, sabía que había perdido terreno, pero no iba a darse por vencida, Axel debía de caer en sus brazos y a ella no le importa que tenga que hacer para lograrlo.
La fría mañana londinense le rozaba la piel, pero ella no sentía el clima: estaba demasiado consumida por la mezcla de humillación, ira y desesperación que hervía dentro de su pecho.
Axel la había rechazado.
Axel había pronunciado aquellas palabras como si le arrancara el corazón y las tirara al suelo.
Y lo peor, lo peor de todo…
Era que había defendido a Catalina.
Catalina.
La simple idea del nombre hizo que Andrea apretara la mandíbula con tanta fuerza que le dolieron los dientes. Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos, pero ni eso la distraía del pensamiento insistente, doloroso, corrosivo:
“Si Catalina no existiera, Axel estaría conmigo.”
Caminó una cuadra entera sin darse cuenta. Estaba tan furiosa que no escuchaba el ruido de la ciudad, ni el paso de la gente, ni siquiera el sonido de su pr