Mundo ficciónIniciar sesiónEl sol se filtraba por la ventana del pequeño departamento que Catalina alquilaba en el centro de Madrid. La tarde se sentía tranquila; había regresado hace poco de la universidad, cansada, con los apuntes abiertos sobre la mesa y un sándwich a medio comer entre las manos.
El sonido de su teléfono interrumpió el silencio. Al ver el nombre en pantalla, una sonrisa suave se dibujó en sus labios. —Sofía —respondió, con ese tono cálido que siempre usaba con su amiga—. ¿No deberías estar jugando con tus hijos ahora? —Están en el jardín —contestó Sofía con una risa ligera. Catalina levantó una ceja mientras tomaba un sorbo de jugo. —. Naven está en Madrid. Ha ido por un asunto de la empresa. Catalina dejó el sándwich en el plato y se recostó en la silla, curiosa. —¿Y eso? Pensé que él estaba manejando las cosas desde Barcelona. —Lo estaba, pero… —Sofía hizo una pausa, bajando un poco la voz— Axel cometió un error. —¿Axel? —repitió Catalina, sorprendida, aunque con una leve sonrisa irónica—. Eso sí que no me lo esperaba. —No fue algo grave, pero sí lo suficiente como para que los socios y el consejo empezaran a cuestionarlo. Catalina apoyó la barbilla en la mano. —Entonces supongo que el orgullo de Axel Fort debe estar sufriendo. Sofía suspiró, divertida pero también con un dejo de preocupación. —No tienes idea. Y lo peor es que ahora todo el consejo le exige limpiar su imagen. —¿Limpiar su imagen? —preguntó Catalina, frunciendo el ceño—. ¿Y cómo se hace eso exactamente? ¿Dando una conferencia de prensa o donando millones? —No —contestó Sofía, y su tono cambió, más serio—. Le han sugerido que se case. Catalina soltó una carcajada sincera. —¿Qué? ¿Casarse? —Sí. Quieren que busque una esposa, algo formal, para que su vida personal parezca estable. Catalina se llevó una mano a la frente, incrédula. —¿Y alguien se va a prestar para eso? —No lo sé —respondió Sofía, algo incómoda—. Naven dice que fue una propuesta del consejo, y uno de los miembros tiene mucho interés en que Axel lo considere. Catalina tomó el sándwich de nuevo y dio un mordisco distraído. —Ya me imagino todos los cuernos que va a tener la pobre mujer que acepte semejante trato —dijo con ironía, mientras masticaba lentamente—. Casarse con un hombre como Axel Fort… qué castigo. —No hables así —replicó Sofía, con una mezcla de ternura y reproche—. No sabes lo que hay detrás. Tal vez Axel cambie. Catalina soltó una risa leve, sin malicia pero sí con incredulidad. —¿Cambiar? Sofía, Axel Fort no cambia. Tú misma lo dijiste una vez: él no cree en los sentimientos. No es un hombre que se comprometa con nadie después de lo sucedido con Geraldine y en partes le doy la razón, se ha casado con una bruja imagínate que se encuentre con otra más bruja aun. —Sí, lo sé —admitió Sofía—, pero sigue siendo el hermano de Naven. Y aunque no lo creas, tiene su lado bueno. Y definitivamente no deseo que encuentre a una peor que Geraldine. Catalina apoyó los codos sobre la mesa y se quedó mirando por la ventana, pensativa. —Si tú lo dices. Pero me cuesta imaginarlo siendo “bueno”. Sofía sonrió al otro lado del teléfono. —Quizás no lo conoces tanto como crees. Catalina encogió los hombros, dejando el tema en el aire. —No tengo mucho que conocer. Lo veo una o dos veces al año, cuando ustedes hacen esas reuniones familiares. Siempre tan… correcto, tan distante. Si sonríe más de dos segundos es porque está cerrando un negocio. Sofía soltó una risita. —Eso sí es verdad. Pero no te negaré que tiene presencia. Las chicas de la universidad todavía suspiran por él, ¿no? Catalina sonrió con un dejo de burla. —Más de lo que imaginas. Hoy no dejaban de hablar de él. Algunas lo ven como un sueño hecho realidad… aunque la mayoría sabe que es un sueño que no las miraría dos veces. —Es su fama —suspiró Sofía—. Mujeriego, arrogante, inalcanzable. Pero también es un Fort. Y eso pesa. —Pesa, claro —asintió Catalina, tomando otro sorbo de jugo—. Pero no todo lo que brilla es oro, Sofía. Hubo un silencio breve. Catalina sabía que su tono sonaba más frío de lo usual, pero no se retractó. Axel le parecía de esos hombres que se creen intocables, incapaces de mirar más allá de sí mismos. —De todos modos, —añadió— no tiene nada que ver conmigo. Él sabrá cómo limpia su nombre o a quién engaña para hacerlo. —No seas tan dura —replicó Sofía—. A veces las personas solo se protegen como pueden. Catalina apoyó el teléfono en el hombro y empezó a recoger los platos vacíos. —Protegerse no significa destruir a otros —dijo en voz baja—. Pero bueno, no soy quién para juzgarlo. El tono en la conversación cambió cuando Sofía rió suavemente. —Siempre tan directa. ¿Sabes? Extraño eso de ti. —¿El qué? —Tu forma de hablar. Siempre dices lo que piensas, sin rodeos. Catalina sonrió con un aire nostálgico. —Supongo que alguien tiene que hacerlo. —Entonces, ¿cuándo vas a venir por Barcelona? Los niños preguntan por ti. —Cuando termine esta semana —respondió Catalina—. Tenemos demasiados trabajos en la capacitación. Pero prometo que iré. —Te espero —dijo Sofía con cariño—. Y… no te burles tanto de Axel. No sabes cómo puede cambiar la vida en un segundo. Catalina soltó una risita suave. —Lo dudo mucho, pero lo intentaré. —Eso me basta. Se despidieron entre bromas y risas ligeras. Al colgar, Catalina quedó un momento mirando el teléfono, pensativa. Su reflejo se veía en el cristal de la ventana, junto al atardecer que teñía de dorado las calles madrileñas. La idea de Axel casándose le seguía resultando absurda. Un hombre así no necesitaba amor, solo poder. Y sin embargo, algo en la voz de Sofía, esa preocupación sutil, le había dejado una sensación extraña. Sacudió la cabeza, intentando quitarse el pensamiento. —Un matrimonio arreglado… qué locura —murmuró, dejando el teléfono sobre la mesa. El día se había extendido entre reuniones interminables y silencios pesados. En el despacho principal de Fort Enterprises, la luz del atardecer se filtraba por las amplias ventanas, proyectando un resplandor dorado sobre el mármol del suelo. Axel permanecía de pie frente a la ciudad, con las manos en los bolsillos del pantalón y el ceño levemente fruncido. Llevaba horas pensando en lo que había sucedido por la mañana. Las palabras del consejero Eduardo Salazar aún resonaban en su mente: “una alianza matrimonial podría salvar su reputación”. Lo decía con una calma calculada, como quien tiende una trampa sabiendo que la presa no tiene salida. Detrás de él, la puerta se abrió sin previo aviso. —Supuse que seguirías aquí —dijo Naven, entrando con ese aire sereno que contrastaba con la tensión del ambiente. Axel no se giró. —Los hombres que cometen errores no suelen irse temprano —respondió con tono seco. Naven avanzó hasta quedar a su lado, observando también el horizonte madrileño. —No fue un error irreparable. Pero tienes que pensar con frialdad, no con orgullo. Axel soltó una breve risa sin alegría. —¿Frialdad? Es lo único que me queda, hermano. Por unos segundos, ninguno habló. Solo el ruido distante del tráfico llenaba el silencio. Finalmente, Naven se cruzó de brazos. —Sabes tan bien como yo que la situación puede empeorar. Los inversionistas quieren una muestra de estabilidad. No puedes seguir ignorándolos. Axel giró lentamente hacia él, con esa mirada que intimidaba incluso a quienes lo conocían desde siempre. —¿Y la solución es un matrimonio falso? ¿Un contrato más, con otro nombre? —No falso —replicó Naven—. Estratégico. Si te casas, al menos por imagen, la empresa recuperará credibilidad. Axel apoyó ambas manos en el escritorio. —No pienso dejar que un grupo de viejos codiciosos me dicte con quién debo compartir mi vida. —No se trata de compartir tu vida, Axel —dijo Naven con calma—. Se trata de proteger lo que has construido. Por un instante, los ojos de Axel se suavizaron, apenas perceptiblemente. Sabía que su hermano no hablaba desde el interés, sino desde la preocupación. Pero la idea seguía pareciéndole repulsiva. —Salazar quiere algo —dijo con voz baja—. No propuso eso por la empresa. Quiere colocar a su hija en esta familia. Naven lo observó en silencio. No necesitaba confirmarlo; ambos sabían que era cierto. —Probablemente —admitió—. Pero puedes usar eso a tu favor. Si decides casarte, elige tú con quién. No le des ese poder. Axel levantó la mirada, pensativo. La frase quedó suspendida en el aire, como una chispa que encendía un nuevo cálculo en su mente. —¿Elegir yo? —repitió despacio, con un tono que ya sonaba diferente—. Entonces, quizás el error pueda convertirse en una oportunidad. Naven sonrió levemente. —Ahí está el Axel que conozco. Axel se acercó a la mesa, tomó un vaso de cristal y se sirvió whisky. —Diles que aceptaré considerar la propuesta —dijo finalmente—. Pero deja claro que nadie me impondrá una esposa. Ni Salazar ni el consejo. —¿Entonces buscarás tú a la candidata? —preguntó Naven, más curioso que sorprendido. Axel asintió con lentitud. —Buscaré una mujer adecuada. No tiene que ser perfecta, ni mucho menos interesada. Solo alguien que entienda que esto es un trato, no una historia romántica. —¿Y cómo sabrás quién puede aceptar algo así? Axel levantó el vaso y lo giró entre sus dedos, mirando el ámbar reflejar la luz. —Las mujeres siempre muestran lo que quieren, Naven. Solo hay que saber mirar. Su tono era tan frío como el cristal que sostenía. El dolor de su pasado todavía lo acompañaba, escondido bajo esa arrogancia implacable. Después de Geraldine, había decidido no volver a confiar. Y si ahora debía casarse, lo haría a su manera, sin permitir que nadie volviera a dominarlo emocionalmente. —Bien —dijo Naven al cabo de unos segundos—. Yo informaré al consejo de tu decisión. Les bastará con saber que lo estás considerando. Axel sonrió con ironía. —Hazlo. Dales una dosis de esperanza, así tendrán de qué hablar mañana. Naven lo observó unos segundos antes de acercarse para estrecharle la mano. —Pese a todo, Axel, sabes que quiero lo mejor para ti. —Lo sé —respondió él, con un tono más sincero—. Pero no te preocupes. No dejaré que esto se me salga de las manos. Ambos se dieron un apretón firme, sin necesidad de palabras adicionales. A su modo, ese gesto era más cercano que cualquier abrazo. Naven se apartó y recogió su abrigo del sillón. —Debo volver a Barcelona. Los niños preguntan por mí, y Sofía no dejará de llamarme si no aparezco. Axel asintió con una media sonrisa. —Salúdala de mi parte. Dile que Madrid sigue tan gris como siempre. —Y tú, hermano… —añadió Naven, caminando hacia la puerta—, trata de no hundirte en tus propios planes. Axel soltó una risa suave, aunque sin humor. —Eso sería muy poco elegante de mi parte. Cuando Naven salió, el silencio volvió a adueñarse del despacho. Axel caminó hasta el ventanal, observando las luces que se encendían una a una en los edificios cercanos. Sabía que los rumores no tardarían en circular. Sabía también que Salazar no se rendiría fácilmente. Pero a él eso no le preocupaba. Si debía casarse, lo haría con inteligencia, no por obligación. Apretó el vaso entre los dedos, dejando escapar un pensamiento en voz baja: —Si el consejo quiere un matrimonio, lo tendrán… pero no con la esposa que ellos elijan. El reflejo de su rostro en el vidrio parecía el de un hombre decidido, peligroso. Al fin y al cabo, Axel Fort nunca retrocedía. Solo cambiaba las reglas del juego. El reloj marcaba las nueve de la mañana cuando Axel Fort se reclinó en su silla de cuero negro, mirando con gesto pétreo los documentos que reposaban sobre su escritorio. Las cifras hablaban por sí solas. El error —aquel maldito error— seguía reflejándose en los balances financieros y en los correos que inundaban su bandeja de entrada. Durante años, había construido una reputación inquebrantable: el hombre que no fallaba, el que lograba resultados incluso cuando todo parecía derrumbarse. Pero esa vez, la jugada había salido mal. Y el costo no era solo económico, sino personal. Su apellido, el prestigio de su hermano, la confianza del consejo… todo estaba en juego. Golpeó con el puño cerrado el escritorio, conteniendo la rabia que le hervía bajo la piel. No podía culpar a nadie más que a sí mismo. Había confiado en un acuerdo que se desmoronó a último momento, y ahora la prensa murmuraba, los socios dudaban y el consejo observaba cada uno de sus movimientos como si esperaran que tropezara otra vez. —Idiotas —murmuró entre dientes, apretando la mandíbula—. Todos están esperando que caiga. Su teléfono vibró, interrumpiendo el silencio. El nombre en la pantalla lo hizo bufar. Eduardo Zalazar. El mismo consejero que la tarde anterior había dejado caer la propuesta del matrimonio como si fuera una simple estrategia de relaciones públicas. “Una esposa daría estabilidad, confianza al mercado, Axel. La prensa amaría ver el renacer del hijo pródigo de los Fort”, había dicho con esa sonrisa llena de hipocresía. Axel contestó la llamada, con un tono seco. —Zalazar. —Axel, muchacho —saludó la voz al otro lado, impregnada de falsa cordialidad—. He estado pensando en nuestra conversación de ayer. Quizá podríamos discutirla con más calma esta noche. Te invito a cenar, será algo informal. El hombre se permitió una breve pausa, antes de añadir con sutileza: —Mi hija también estará presente, sería una buena oportunidad para que la conozcas. Axel cerró los ojos por un segundo. Era exactamente lo que había previsto. Eduardo no quería una cena informal; quería presentarle a su hija en bandeja, como parte del negocio. Todo en su tono lo confirmaba. —No podrá ser —respondió Axel con voz firme—. Tengo asuntos pendientes que no puedo postergar. —Vamos, Axel, no seas tan estricto. Un poco de vida social no te hará daño. —No necesito vida social —replicó el empresario, sin una gota de cortesía—. Si tengo algo que discutir con el consejo, lo haré en la próxima reunión. Buen día. Y colgó. El silencio volvió a llenar la oficina, pero ahora era un silencio distinto: cargado de tensión. Axel apoyó ambas manos sobre el escritorio, respirando hondo. Sabía perfectamente que Zalazar no se detendría. Ese hombre era como un buitre, siempre buscando el mejor momento para alimentarse de la debilidad ajena. Por dentro, Axel hervía. No soportaba que alguien intentara manipularlo. No otra vez. Una parte de él aún recordaba la sensación amarga de haber sido engañado por su difunta esposa, Geraldine. Aquella mujer lo había destrozado emocionalmente y, desde entonces, había levantado muros tan altos que nadie había vuelto a cruzarlos. Las mujeres —pensaba él— solo servían para una noche, nada más. Eran previsibles, falsas, codiciosas. Pero ahora el destino parecía ponerlo otra vez contra la pared. Un matrimonio de conveniencia, una pantalla para limpiar su reputación. ¿Casarse para salvar la empresa? La sola idea le provocaba un nudo de rabia. Se levantó y caminó hacia la pared de cristal que daba una vista panorámica de Madrid. El cielo estaba gris, cubierto de nubes pesadas que amenazaban con lluvia. Desde allí, los edificios parecían pequeños, insignificantes, como si el mundo estuviera a sus pies. Pero Axel sabía que el poder, por más firme que pareciera, podía desmoronarse en cuestión de segundos. Caminó hacia la barra que tenía en su oficina. Tomó una botella de whisky y se sirvió una copa generosa. El líquido ámbar reflejaba la luz de la ciudad, y al llevarlo a los labios, la primera sensación fue la de fuego puro recorriéndole la garganta. Quemaba, pero de una forma que le resultaba familiar, casi necesaria. Apoyó el vaso sobre la mesa baja, observando cómo el hielo se derretía lentamente. —No puedo darme el lujo de fallar —murmuró. Era cierto. Naven había confiado en él, incluso después de su pérdida con Geraldine, después de sus excesos y su fama de mujeriego. Su hermano lo había respaldado una y otra vez, asegurando al consejo que Axel era el rostro ideal para representar a Fort Enterprises en Madrid. Y ahora, su error amenazaba con manchar todo lo que habían construido. Se pasó una mano por el cabello, tenso. Podía sentir el peso de la responsabilidad cayendo sobre sus hombros, una presión constante que lo asfixiaba. El orgullo lo mantenía de pie, pero sabía que si quería sobrevivir en ese mundo, debía moverse con inteligencia. El matrimonio era un movimiento de ajedrez que podía cambiar la percepción pública. No lo quería, lo detestaba, pero tal vez era el precio que debía pagar. Dejó la copa vacía y caminó hacia su escritorio. Tomó su agenda y escribió una nota corta: “Buscar alternativa viable. Nadie decide por mí.” Esa era su regla de oro. Nadie, bajo ninguna circunstancia, impondría algo en su vida. Ni Eduardo Zalazar, ni el consejo, ni su propio hermano. Si debía casarse para limpiar su imagen, sería en sus términos, con alguien que no pudiera desafiarlo ni pedirle nada más que un apellido. A lo lejos, los truenos comenzaron a resonar sobre la ciudad. Axel observó el reflejo de la lluvia golpear los ventanales y pensó en lo irónico que resultaba todo: la tormenta afuera parecía una extensión exacta de la que tenía dentro. Apretó los labios, dejando que su mirada se endureciera aún más. Madrid seguía moviéndose bajo sus pies, indiferente, mientras él planificaba su siguiente jugada. Porque si algo sabía Axel Fort, era que no se sobrevive en el poder siendo débil. Y él no volvería a serlo nunca más. La mañana había avanzado entre nubes grises y el sonido constante de la lluvia golpeando los ventanales del despacho. Axel Fort se encontraba sentado detrás de su escritorio, con la mirada fija en la pantalla del ordenador, pero en realidad no leía nada. Sus pensamientos eran un torbellino ordenado de planes, riesgos y consecuencias. Alzó la vista hacia el reloj de la pared. Eran las once y veinte. Tomó el teléfono, marcó un número de memoria y esperó. —Quiero verte en mi oficina en diez minutos —dijo con voz cortante, sin saludar. —Por supuesto, señor Fort —respondió al otro lado su abogado, Elías Doménech, un hombre de confianza, acostumbrado a la frialdad con la que su cliente manejaba los negocios. Exactamente diez minutos después, la puerta se abrió y Elías entró con su habitual discreción. Llevaba un portafolio negro y el rostro sereno, aunque en sus ojos se leía cierta curiosidad. Axel solo llamaba cuando algo importante estaba por moverse. —Siéntate —ordenó Axel sin levantar la vista. Elías obedeció, colocó su portafolio sobre el escritorio y esperó. Axel cerró la pantalla del ordenador, cruzó los brazos y lo miró con una calma engañosa. —Necesito que prepares un contrato matrimonial —dijo al fin. Elías arqueó una ceja. —¿Un contrato matrimonial? —repitió, incrédulo—. ¿Puedo preguntar el propósito legal o… personal? Axel lo interrumpió. —No hay nada personal en esto, Doménech. —Su tono fue seco, preciso—. Necesito un matrimonio de conveniencia. Un contrato limpio, sin cabos sueltos, sin margen de error. El abogado lo observó unos segundos, intentando leer entre líneas. —¿Y qué busca exactamente con ese matrimonio, señor Fort? Axel se recostó en el asiento, mirándolo fijamente. Su voz bajó un tono, grave, cargada de determinación. —Redención pública. Necesito limpiar mi imagen después del error con la junta. Si me caso, el consejo verá estabilidad, la prensa verá compromiso y la competencia no tendrá de qué alimentarse. Pero no quiero nada más. —Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio—. No quiero amor, ni emociones, ni complicaciones. Elías asintió lentamente. —Entiendo. ¿Y qué tipo de acuerdo desea? —Uno que lo deje todo claro desde el principio. Ella será mi esposa solo en el papel. Vivirá en la misma residencia si es necesario, pero no interferirá en mis decisiones, no tendrá voz ni voto en la empresa, ni acceso a mis cuentas. A cambio, recibirá una compensación económica mensual, suficiente para mantener las apariencias. Elías tomó nota en silencio, con la precisión de quien sabe que está redactando algo importante. —¿Y si ella rompe el contrato? —preguntó finalmente. Axel soltó una breve risa sin humor. —Entonces pagará caro. Incluye una cláusula que deje bien claro que cualquier intento de demandar, filtrar información o usar mi nombre para beneficio personal será penalizado. No quiero cabos sueltos, Elías. Quiero control. El abogado lo miró, comprendiendo. —Lo que usted describe es, en esencia, un matrimonio bajo contrato privado con cláusulas de confidencialidad, separación de bienes y limitación total de derechos conyugales. Sería un documento fuerte, pero legalmente posible si ambas partes lo firman voluntariamente. Axel asintió con frialdad. —Exactamente eso quiero. Y hazlo más fuerte si es posible. No quiero sorpresas, ni interpretaciones. Cada línea debe dejar en claro que este matrimonio no tiene nada de romántico. Elías escribió unas notas adicionales antes de alzar la vista. —Puedo incluir cláusulas que regulen el comportamiento público: asistencia a eventos, acompañamiento a reuniones, presencia en actos de prensa. También puedo especificar que el vínculo podrá disolverse en un periodo mínimo de doce meses, con penalizaciones económicas para la parte que incumpla los términos. Axel lo observó en silencio unos segundos y luego asintió. —Perfecto. Quiero que sea un contrato sin espacio para los sentimientos. Ella debe saber lo que firma: una vida cómoda a cambio de silencio y obediencia. Elías tragó saliva. Aunque llevaba años trabajando con Axel, nunca dejaba de impresionarlo su frialdad. —¿Tiene en mente a la persona con la que firmará este contrato? —Aún no —respondió Axel con indiferencia—. Pero la encontraré. No me faltan opciones. Su tono fue tan natural que el abogado no supo si debía sentirse incómodo o admirado. Axel hablaba del matrimonio como de una transacción comercial más, sin un solo rastro de emoción. —Haré que el borrador esté listo esta tarde —dijo Elías finalmente, cerrando su carpeta. —Quiero revisarlo antes de las seis —ordenó Axel—. Y asegúrate de incluir una cláusula extra: ninguna de las partes podrá hablar del contrato, ni siquiera después del divorcio. Si lo hace, perderá todo. —Entendido. —El abogado se levantó—. Lo tendrá antes del final del día. Axel asintió y lo despidió con un leve movimiento de cabeza. La puerta se cerró tras Elías y el silencio volvió a ocupar la oficina, solo interrumpido por el sonido distante de la lluvia contra el vidrio. Durante unos segundos, Axel se quedó mirando la ciudad. Madrid se veía distinta desde las alturas: ordenada, brillante, ajena a sus propios dilemas. Pensó en las palabras del consejero Zalazar, en la sonrisa satisfecha que había visto la víspera, y un destello de orgullo lo atravesó. No le daría el gusto. Si tenía que casarse, lo haría a su manera. Con sus reglas. Sin involucrar el corazón, ni una sola vez más. Tomó su vaso de whisky del escritorio y bebió un trago lento. El ardor del licor volvió a recorrerle la garganta, pero esta vez la sensación no era de castigo, sino de poder. Cada decisión suya era una nueva pieza colocada en el tablero. Apretó los labios, dejando que su mirada se endureciera. El error que lo había puesto contra las cuerdas no volvería a repetirse. Esta vez, él marcaría las condiciones. Incluso en algo tan sagrado y tan corrupto como el matrimonio.






