Mundo ficciónIniciar sesiónAlice nasceu sob o brilho prateado da lua cheia, filha da floresta e do sangue dos lobos. Forte, linda e destinada a algo grandioso, ela acreditava que seu caminho estava selado com Marco, o Alfa poderoso e sedutor que sempre habitou seus sonhos e instintos mais profundos. Mas no momento sagrado em que a Luna é revelada ao Alfa... ele a rejeita. Frio. Cruel. Impiedoso. Rejeitada, humilhada e despedaçada, Alice foge para a floresta, pensando que seu destino havia sido destruído. Mas o destino não se desfaz — ele apenas muda de direção. Nas sombras da mata, quando tudo parecia perdido, ela sente um abraço quente e protetor. Um toque que a envolve por inteiro, que acalma sua dor e reacende seu fogo. Aquele toque é do Supremo — Rafael, o homem mais poderoso, mais temido, e mais misterioso entre as alcateias. Um ser envolto em lendas, que surge apenas quando a própria Lua decide intervir. Dividida entre o ódio por Marco e a atração incontrolável por Rafael, Alice embarca em uma jornada de autodescoberta, transformação e poder. Mas há segredos ocultos sob a pele da floresta... Verdades que podem mudar tudo o que ela achava saber sobre si, sobre seu vínculo, e sobre a verdadeira razão pela qual foi rejeitada. Entre paixões arrebatadoras, laços sobrenaturais, guerras de poder e instintos selvagens, Alice precisará escolher: Seguir o caminho da fêmea rejeitada… Ou se tornar aquilo que a Lua realmente escolheu que ela fosse: a mais poderosa de todas as Lunas.
Leer másAlejandra se encontraba sentada en el borde de su cama, debatiéndose entre aceptar o no la invitación del chico que ahora era su novio.
La indecisión la atormentaba; la idea de pasar un día bajo el sol, en el yate de su novio destellaba con el atractivo del lujo y la aventura, pero había algo en su tono, un subtexto que no lograba descifrar, que la hacía dudar.
—¿Vas a quedarte aquí, mirando tu teléfono toda la noche? —preguntó su compañera de habitación, Valeria, mientras se retocaba el labial frente al espejo.
—No sé si ir —confesó Alejandra, mordiéndose el labio inferior.
—¡Por Dios, Ale! No seas mojigata, no pierdas la oportunidad de disfrutar, la vida es una sola y debes vivirla, además, no vas a ir sola con él, estarás rodeada de sus amigos, ve, seguramente, será divertido —le dijo su compañera de habitación rodando los ojos frente al espejo.
Las palabras de Valeria actuaron como un catalizador y Alejandra sintió cómo la determinación llenaba el vacío de la indecisión.
Tomó su móvil con una mezcla de resignación y expectativa, y sus dedos danzaron sobre la pantalla iluminada, enviando su aceptación a Hunter.
“Acepto ir contigo”, escribió aunque más para sí misma que para Valeria, quien ya celebraba con una risita complacida.
Sin embargo, en el mismo momento de enviarlo, no pudo evitar preguntarse si no era una equivocación, era imposible suprimir esa sensación de angustia en su pecho que la oprimía, como si una mano invisible se lo apretara.
“¿Habré hecho bien?”, se preguntó nerviosa, después de enviar el mensaje.
—Ya Ale, después de matar al tigre no puedes temerle al cuero —se dijo en voz alta, armándose de valor.
Así que suspiró profundo y caminó al baño para ducharse y arreglarse, tratando de controlar su creciente temor.
Mientras tanto, en un loft moderno y frío, Hunter sostenía su propio teléfono, viendo el mensaje de Alejandra aparecer en la pantalla.
Una sonrisa arrogante curvó sus labios mientras inclinaba la cabeza hacia atrás, dejando que la sensación de triunfo lo embriagara.
—¿Quién te escribe, René? —preguntó Mason, su amigo y cómplice de numerosas escapadas nocturnas, desde el sofá de cuero negro.
—Es Alejandra —respondió, su voz teñida de suficiencia —dice que irá conmigo al paseo donde la invité.
—Ah —Mason asintió, reconociendo el nombre—. Parece que por fin se te hizo con la niña buena. Pero ten cuidado, no todas son tan dóciles como parecen.
—Que tenga cuidado ella —la respuesta de Hunter fue un murmullo cargado de oscuridad —porque yo soy descendiente de familias poderosas.
Su apellido era sinónimo de poder y peligro, un legado que él no tenía intención de deshonrar.
—¿Quieres que te acompañe? —inquirió y el joven negó enérgicamente.
—¡No gracias! Para lo que voy a hacer no necesito ayuda.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó su amigo con curiosidad.
—Lo que hace un hombre con una mujer. Si ella está aceptando la invitación de ir en un yate a pasear conmigo, debe tener claro que no vamos a ver precisamente los pececitos —declaró sarcástico.
Rápidamente, escribió una réplica, asegurándose de que el control seguía siendo suyo: "Te recojo en media hora."
Al enviar el mensaje, Hunter se levantó, su figura alta y segura se recortaba contra el ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad. Hasta su sombra parecía impregnada de una autoridad inquebrantable.
De vuelta en su habitación, Alejandra sintió cómo su estómago se anudaba al leer la respuesta. Media hora. El tiempo se aceleraba y cada tic-tac del reloj marcaba el ritmo de sus latidos acelerados. Mientras seleccionaba meticulosamente su vestido, sus pensamientos revoloteaban como mariposas cautivas. “¿Qué hago?”, se preguntaba. “Es tarde para retroceder ahora”.
—Va a ser un día increíble —Valeria la animaba, ajustándole el broche del collar en torno a su cuello, sus ojos chispeantes de entusiasmo.
—Espero que tengas razón —dijo Alejandra, intentando convencerse a sí misma más que a su amiga.
Su reflejo en el espejo le devolvió la imagen de alguien a punto de embarcarse en un viaje incierto, con la esperanza y el temor, compartiendo el mismo espacio en sus ojos color miel.
—Confía en mí —aseguró Valeria, dándole una palmada suave en la espalda antes de empujarla suavemente hacia la puerta—. Y si no, al menos tienes una historia que contar.
Alejandra asintió, pero en su interior, la semilla de la duda había echado raíces, oscureciendo el brillo de las luces de la ciudad que comenzaba a contemplar desde la ventana de su habitación.
En el tiempo estipulado, Hunter la recogió, y cuarenta y cinco minutos después, el coche de Hunter se detuvo con suavidad frente al muelle.
Alejandra vaciló antes de bajar del vehículo, sus ojos fijos en la vasta nada que se extendía más allá del embarcadero. No había nadie a la vista, solo el yate de Hunter balanceándose ligeramente con el vaivén de las olas.
—¿Dónde están tus amigos? —preguntó con una voz que intentaba parecer segura, pero que traicionaba un temblor leve.
—Están esperándonos en alta mar —respondió Hunter con una sonrisa despreocupada—. Será más emocionante encontrarnos con ellos fuera de la costa.
La respuesta no logró calmar el vendaval de inquietud que soplaba dentro de Alejandra, pero asintió, empujada, por la corriente invisible del destino que parecía llevarla hacia adelante.
El yate zarpó con elegancia, cortando las aguas tranquilas bajo la atenta mirada de un sol radiante. Alejandra observaba el horizonte, cada milla náutica, alejándola más de la seguridad de la tierra firme.
—Relájate —dijo Hunter, activando el piloto automático antes de dirigirse hacia la cubierta interior—. Voy a preparar algo para beber.
—Algo ligero, ¿verdad? —pidió ella, recordando su propia vulnerabilidad ante el alcohol.
—Por supuesto —aseguró él, y su tono era miel envenenada.
Las copas tintinearon con un brindis silencioso mientras la noche devoraba los últimos vestigios de luz solar. Alejandra aceptó la suya con dedos temblorosos, llevándosela a los labios y notando el calor del líquido, descendiendo por su garganta.
—Me siento extraña —confesó, poniéndose de pie para alejarse de él, su cuerpo ya pesado y confuso.
—Es sólo el oleaje —dijo Hunter, acercándose con una lentitud predadora.
—¿Y tus amigos? Pensé que estarían aquí —su voz era ahora un hilo frágil, perdido en el viento.
—Te mentí —admitió él con frialdad—. Como también te mentí sobre la bebida.
Alejandra sintió cómo el mundo se inclinaba peligrosamente. Dio un paso atrás, tropezando con el mobiliario de la cubierta. El corazón le latía frenético, sabiendo que estaba sola, atrapada en mitad del océano con un hombre que mostraba su verdadera cara.
—Por favor —suplicó, retrocediendo mientras él avanzaba—, no me vayas a hacer daño.
—Los Kent siempre conseguimos lo que queremos —murmuró él, su agarre como hierro en su brazo—. Y yo quiero esto.
Ella luchó, esquivó su boca que buscaba la suya con una urgencia desesperada. Las palabras eran ecos distantes, gritos amortiguados por el miedo y la adrenalina.
—¡Auxilio! Por favor, ¡Ayuda! —gritó Alejandra desesperada—, que alguien me ayude —gritó en vano.—Nadie te escuchará —respondió el chico con soberbia, para segundos después rasgar su vestido, el sonido desgarrador como un presagio de horrores venideros.
—¡¡No!! Esto no era así… Yo no vine a hacer nada más —pronunció huyendo, pero el efecto de cualquiera que sea lo que hubiese tomado ganaba terreno sobre su cuerpo.
—Te prometo que te va a gustar —dijo en tono suave, sin dejar de perseguirla
—Por favor no… —pronunció en tono de súplica, moviendo su cabeza de un lado a otro para evitar que la besara.
Una arcada llegó a su garganta mientras sintió las lágrimas quemar su rostro.
—Por favor, Alejandra, deja de resistirte, ¿En serio no sabías a qué venías? Porque si es así, eres más tonta de lo que pensaba.
El miedo la invadió, su corazón palpitó con fuerza en su pecho, mientras un sudor frío recorría su espalda, sabía que debía huir porque de lo contrario terminaría siendo abusada, y sabía que debía hacerlo antes de que perdiera el control sobre su cuerpo.
—¡Déjame! —gritó, encontrando fuerza en el terror para darle una patada certera.
Hunter se dobló por el dolor, y ella corrió, una gacela perseguida por un depredador demasiado seguro de su victoria.
Llegó a la barandilla, el vasto océano, un testigo silente de su lucha. Él la alcanzó, sus manos se cerraron sobre su piel como garras, y ella le dio un empujón desesperado, el cuerpo del chico cedió y cayó al mar.
Alejandra se quedó paralizada, la respiración entrecortada, el corazón martillando contra su pecho. Antes de que pudiera procesar su escape, la oscuridad se arremolinó en torno a ella, tragándola en un abismo sin fondo, y el mundo se apagó, mientras ella se golpeaba la cabeza.
ENTRE O ALFA, O SUPREMO E A MARCA QUE ME RECLAMAA mansão parecia respirar. Não como uma construção antiga cercada por paredes silenciosas, mas como um organismo vivo, pulsante, alimentado pelas emoções que fervilhavam entre nós três. O corredor estava mergulhado em sombras profundas, tocado apenas pela luz azulada da lua que se infiltrava pelas janelas altas, lançando reflexos prateados sobre as paredes de madeira escura.Eu ainda sentia o calor das mãos de Rafael nos meus braços — firme, protetor, silenciosamente possessivo. Zahor, dentro dele, vibrava como um trovão contido, atento a cada nuance do ambiente, a cada mudança no meu respirar. Ele sabia. Ele sempre sabia. Que algo estava para acontecer… e que aquilo mudaria tudo.Marco estava parado à minha frente, tão imóvel quanto uma estátua esculpida em puro desejo reprimido. Seus olhos escuros ardiam como brasas prestes a incendiar a noite. Korran farejava o ar dentro dele, inquieto, selvagem, faminto. A rejeição que me dera — sua
O LOBO QUE SE AJOELHA E O LOBO QUE SE ERGUEA Lua parecia maior naquela noite.Não apenas brilhante — viva.Um olho vigilante no céu, ardendo como se tivesse sido acesa especialmente para testemunhar o que estava prestes a acontecer entre nós três. A luz prateada caía sobre a floresta como uma chuva silenciosa, tocando cada folha, cada pedra, cada fragmento de ar. Tudo cintilava como se estivesse revestido por magia líquida.E no centro desse cenário quase sagrado… estávamos nós.Eu conseguia sentir a respiração de ambos — Marco atrás de mim, quente, densa, carregada de desejo e arrependimento; Rafael à minha frente, firme, impecável, com seus olhos verdes incendiados por algo que ele raramente permitia que transbordasse.Zahor e Elara sussurravam dentro de nós três, vibrando como cordas tensas prestes a se romper.Korran, porém…Korran tremia.Não de medo — Marco não conhecia esse sentimento.Mas de necessidade.Eu sentia sua energia selvagem raspando contra ele por dentro.— Alice…
A Consagração da Lua TrinaO brilho sob nossos pés não era apenas luz — era memória.Símbolos antigos se acendiam em sequência, como se o próprio chão estivesse despertando de um sono milenar. Cada traço luminoso pulsava num ritmo que logo reconheci: o mesmo do meu coração. A lua, gigantesca e próxima demais, fazia o céu parecer um espelho vivo. Eu sentia tudo. Cada folha estremecer. Cada respiração de Marco. Cada silêncio de Rafael.Lyra ergueu-se plena dentro de mim, a pelagem prateada cintilando com uma dignidade ancestral. Ela não pedia permissão. Ela aceitava.Korran, atrás de Marco, manteve-se firme, cabeça baixa por um instante — não em submissão, mas em respeito. Era raro. Talvez único.Zahor surgiu como uma chama antiga atrás de Rafael, olhos verdes como esmeraldas incendiadas, calmo, absoluto, soberano.Três lobos.Um círculo.A lua abaixando-se mais um pouco, como quem deseja ouvir um segredo.Entrega, a voz ecoou. Não alta. Inequívoca.Meu corpo respondeu antes da mente. O
O Chamado Que Não Pode Ser IgnoradoA madrugada avançava lenta, espessa, como se o tempo tivesse aprendido a caminhar com cuidado dentro da mansão. Nada ali dormia. Nem as paredes antigas, nem os espíritos que agora pairavam como sombras pacientes, nem nós três — presos em um instante que se alongava além do aceitável.O toque de Marco ainda queimava em minha mão esquerda. O de Rafael, firme e quente, mantinha-se na direita. Entre eles, eu sentia o fluxo de algo primitivo, ancestral, tão intenso que minha respiração não conseguia acompanhar.Lyra estava desperta como nunca. Não inquieta — alerta.— Eles estão se aproximando — ela sussurrou dentro de mim, com uma clareza que me fez estremecer.“Quem?”, pensei.Mas antes que ela respondesse, o ar da mansão mudou.O silêncio, antes denso, se quebrou com um sutil ranger — não de portas, mas do próprio espaço. Como se algo estivesse sendo rasgado entre mundos.Rafael foi o primeiro a soltar minha mão.— Chegou mais cedo do que eu esperava
A Marca Que Não Pode Ser ApagadaA conexão não se rompeu quando o silêncio caiu.Ela permaneceu.Viva. Ardente. Pulsante.Eu sentia cada respiração de Marco como se fosse minha, cada vibração de Rafael como se percorresse minhas próprias veias. Não era apenas desejo, nem apenas magia. Era algo mais antigo, mais profundo — uma marca que não queimava na pele, mas gravava-se diretamente na alma.Lyra caminhava dentro de mim como nunca antes. Não selvagem, não confusa… mas desperta. Os olhos da minha loba viam longe, atravessavam véus que eu jamais soubera existir.Korran está ferido, ela me disse, sem palavras, apenas sensação.Zahor observa. Ele sempre observa.Abri os olhos devagar.A mansão permanecia silenciosa, mas algo nela havia mudado. As paredes de pedra, antes frias, agora pareciam carregar calor. Os símbolos antigos entalhados nos arcos do teto — que eu tantas vezes ignorara — tremeluziam com um brilho quase invisível, como se reagissem à união recém-formada.Marco foi o prime
ENTRE DUAS ALMAS, DOIS DESTINOSO vento da noite atravessava as árvores altas da floresta como dedos antigos, roçando pelas folhas com um sussurro que parecia vir de outra época. A lua cheia, pesada e branca como leite derramado, iluminava o caminho que se abria diante de mim. Havia algo diferente no ar — uma vibração que me tocava sob a pele, acordando minha loba de um jeito que eu não sentia desde os primeiros tempos da minha ligação com Marco.Lyra, minha loba, estava inquieta. Não falava — apenas rosnava baixo, como se pressentisse algo que eu ainda não compreendia.“Calma… fala comigo”, sussurrei em pensamento.Mas ela apenas respondeu com um sopro instintivo, selvagem. Impaciente.A mansão estava a poucos metros de distância. Luzes bruxuleavam pelas janelas de vidro antigo, refletindo como pequenas chamas douradas sobre o lago que cercava parte da propriedade. Era estranho — aquela casa, que tantas vezes me trouxera aconchego, agora parecia vibrar como se estivesse viva, pulsand
Último capítulo