El amanecer en las Tierras Oscuras no tenía la calidez dorada de otras regiones. Aquí, la luz llegaba como un velo gris entre la bruma, suave y silenciosa, como si no quisiera perturbar los secretos del lugar. Aeryn se puso de pie con serenidad, el cuerpo aún templado por el último baño de luna. El barro de las runas ya se había desvanecido, pero su poder seguía grabado en su interior.
Había pasado dos semanas aprendiendo de las brujas: rituales antiguos, palabras que abrían puertas invisibles