El amanecer se alzaba sobre los campos de Arvellum, tiñendo el cielo de tonalidades doradas y rojizas. Aeryn, ahora plenamente aceptada como Nyrea Ignarossa, caminaba entre los senderos de su aldea aliada, envuelta en un manto escarlata que flotaba como llamas al compás del viento. Los aldeanos salían de sus hogares para verla partir, muchos con ojos humedecidos, otros con el rostro erguido de orgullo. Habían sido testigos de su poder, de su justicia, y de su compasión. La deidad de fuego, la L