Los tambores comenzaron a sonar.
Lentos. Rítmicos. Antiguos.
Como el latido mismo de la tierra bajo sus pies. Un cuerno largo y grave retumbó desde la Torre del Alba, anunciando lo que el pueblo ya sabía: la oscuridad había terminado.
Lobrenhart estaba de fiesta.
Banderas danzaban en las alturas. El fuego purificador aún chispeaba en los bordes de la plaza del juicio, pero ahora era cálido, celebratorio. Las familias se apiñaban en círculos, los niños se alzaban sobre los hombros de sus padres,