La sangre aún le palpitaba en los nudillos. Había derribado a todos los guardias que intentaron detenerlo, sin matarlos, pero sin piedad. Su lobo rugía dentro de él, desbocado, pidiendo verla, sentirla, oír su voz… lo que fuera.
Llegó a la puerta de la Torre de la Luna, jadeando, con la camisa rasgada y los ojos encendidos.
—¡Aeryn! —gritó, golpeando la madera—. ¡Luna mía, soy yo! ¡Abre!
Pero la puerta no respondió.
Extendió la mano para empujarla… y se encontró con una barrera invisible. M